Análisis y opinión

Milagro del Vino Nuevo: la tradición puede ser diferente

Con guion del dramaturgo Arístides Vargas y la dirección de Vilma Rúpolo y Federico Ortega, el regreso a la presencialidad del Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia mostró que los cambios en la narrativa y puesta en escena no sólo son posibles, sino el inicio de un rumbo que estábamos esperando

Innovar no es –por fortuna- una falta de respeto a la tradición y hemos esperado muchas vendimias para que nuevos aires lleguen al teatro griego Frank Romero Day. Milagro del Vino Nuevo, con guion de Arístides Vargas y la dirección de Vilma Rúpolo y Federico Ortega, parece anunciar un camino prometedor, nutrido de sucesivos aprendizajes.

En lo personal, que Arístides Vargas volviese a estar a cargo del guion, ya elevaba las expectativas. Este cordobés por nacimiento, pero mendocino porque toda su infancia y parte de su juventud las vivió en nuestra provincia, a mediados de los sombríos ‘70 tuvo que exiliarse en Ecuador tras la llegada de la dictadura militar a nuestro país. A su reconocida labor como dramaturgo (es un referente del teatro latinoamericano), se suman su experiencia como actor y director teatral. Todos estos factores hacen que, más allá del texto, sepa de qué forma sus palabras van a poder transformarse en las diferentes escenas que componen la fiesta, en esta oportunidad, una obertura y 12 cuadros. Escribe sin ignorar la puesta o el trabajo actoral, además de su experiencia en anteriores actos centrales de la Vendimia.

Su manifiesta intención no ha sido buscar una historia formal, sino la expresión de las diversas sensaciones y situaciones que hacen a la identidad mendocina. El segundo cuadro, Humanidades, es un claro ejemplo. Remite a nuestra mitología, con Hunuc y Huar, los primeros pobladores de Cuyo y padres del primer huarpe. No faltan ninguno de los tópicos obligados en esta celebración, desde la presencia de José de San Martín hasta la Virgen de la Carrodilla, pero en esta oportunidad despojados de la antigua solemnidad que le conferían textos barrocos que buscaban erigirse en poéticos.

Vargas no sólo engarza escenas sin pomposidad en el lenguaje, sino que la puesta de Rúpolo-Ortega hace que la poética del autor se convierta en asequible. Mucho de este “milagro” lo consigue el correcto y bien explotado recurso de las pantallas, que dominan el escenario central. Aquí se ve parte del aprendizaje que dejó la pandemia, cuando el año pasado la fiesta se convirtió en una película y es muy rescatable que hayan sabido capitalizar esta experiencia y emplearla para otorgarle claridad a la narración sin que pierda su valor metafórico o simbólico. Un gran trabajo, como director audiovisual de Matías Rojo, que combinó material de animación, de archivo, fílmico y cuadros. Las imágenes se convertían, con el tríptico de pantallas, en escenografía o en soporte del texto cuando el cuadro lo necesitaba.

La integración ha sido una de las características esenciales de este espectáculo. La música (80% de ella compuesta especialmente para la fiesta), el vestuario con sus más de 7.000 piezas, la iluminación y el material audiovisual estaban en armonía, atravesados por una misma intención estética. El cuadro Memorias de Mendoza, la Cuna del Vino, que nos trajo la emoción de Pocho Sosa cantando Otoño en Mendoza, con el recuerdo en el corazón y la garganta de Jorge Sosa, resume esa armonía. La voz en vivo, los cuadros en pantalla de grandes artistas plásticos mendocinos como José Bermúdez, Luis Quesada, Alfredo Ceverino, que celebraron con su arte el paisaje mendocino y las bailarinas que con el movimiento de sus trajes emulaban el movimiento de las hojas al caer.

Por supuesto que hay aspectos a mejorar. Por ejemplo, el cuadro de La Cata y el Vino, con la pulpería de doña Melchora Lemos, tal vez hubiese sido más efectivo si hubiese sido más breve. Algunos momentos coreográficos (como el del tango) no fueron muy logrados. En este último caso, cuando requieren de mucha exactitud o simetría, se necesita de mucho ensayo para que sean precisos. Y no juzgo ni a los bailarines ni a coreógrafos por esto. En otras fiestas, como el carnaval de Río de Janeiro, están todo un año para prepararse y en la Vendimia apenas un par de meses tiene que bastar para una celebración de gran complejidad. Además son muchos los bailarines que participan no sólo del Acto Central, sino de vendimias departamentales, con lo cual las coreografías se multiplican en sus cabezas. Tal vez llegue el momento, ya que nuestra fiesta mayor es una de las celebraciones del vino más importantes del mundo, que realmente se invierta en ella y les den a los artistas más tiempo y recursos para lograr la excelencia.

Milagro del Vino Nuevo tuvo no sólo la emoción del regreso de nuestra fiesta de modo presencial, sino la de demostrar que se puede hacer tradición con nuevos recursos. Un camino que será perfectible, pero que claramente es el que hace tiempo queríamos ver.

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