Esa mañana del 24 de marzo me levanté tarde y me di cuenta que no había ido a la escuela. Desperté cerca de las 10, mi casa estaba en silencio, fui a despertar a mis padres y me contestaron: "andá dormir, no se puede salir de casa, los militares dieron un golpe de Estado".
Alegre de la vida porque ese día no tenía que estudiar me fui a dormir, a soñar con la pelota de fútbol y dos horas más tarde me desperté, tenía tan sólo 10 años y no imaginaba que esa día empezaba la peor noche de la historia argentina.
Si hasta en el Mundial 78 festejé sin saber que a una veintena de cuadras de la cancha de River había un campo de concentración en la ESMA. Hombres y mujeres secuestrados y yo festejando los goles de Kempes y Bertoni que nos dieron el primer título Mundial de fútbol.
Y mi vida siguió, hasta que en la década del 80 todo cambió. La guerra de Malvinas, el retorno a la democracia y el primer juicio histórico a los comandantes de las Fuerzas Armadas. El libro Nunca Más y la historia incomprensible de los 30.000 desaparecidos.
Y las secuelas empezaron a verse, un deterioro económico que se hizo visible en el gobierno de Alfonsín y que aún hoy muestra a una Argentina pendular y repleta de grietas.
¿Pero cómo pasó todo esto delante de nosotros y nadie hizo nada? Esa fue la pregunta que me hice por años hasta que entendí que la única solución era la Justicia y no perder la memoria.
En estos días volví a escuchar historias tremendas, de esas que sólo se ven en las películas. Torturas, desapariciones, bebés robados y lágrimas de madres que aún buscan el cuerpo de sus hijos.
Sin lugar a dudas el 24 de marzo empezó la noche más oscura. Terminó en 1983 pero aún sigue la grieta, hay adversarios, silencios incomprensibles y recuerdos cada vez más añosos. El desafío para el futuro es no olvidar, tener memoria y construir justicia para recuperar nuestra identidad y dejar de lado la maldita grieta.