En un principio los hoteles y restoranes eran propiedad de franceses, pero tras la llegada del tren también abrieron sus puertas algunos cuyos dueños eran italianos, como el café y restorán italiano de José Domenichini, que estaba situado frente a la imprenta.
Hotel Unión
Poco después también abrió sus puertas el hotel Unión, de Blas Galeota y hermanos. Eran de nacionalidad italiana y se sentaban en la vereda del hotel a jugar a las cartas con los parroquianos y amigos.
El hotel poseía un hermoso patio utilizado en los días veraniegos como comedor. Anexa estaba la pastelería y confitería, donde se vendía un insuperable surtido de masas especiales, dulces y pasteles, elaborados con todo esmero.
Los días domingos hacían empanadas con servicio a domicilio. Habían construido un primer piso con muchas habitaciones que daban a un patio.
Al lado del hotel instalaron el cine Unión, donde comenzaron a pasar las primeras películas de cine, recientemente inventado. Pasado un tiempo fue vendido a don Antonio Campi y cambió de nombre.
Hotel Rex
Años antes de 1940 fue comprado por el señor Antonio Campi, quien demolió la vieja estructura para construir el hotel Rex, que tenía salida a dos calles, Hipólito Yrigoyen y Pellegrini. Publicitaban que era el más cómodo establecimiento en el progresista departamento. Las comodidades que ofrecía eran ubicación para 150 pasajeros, agua caliente, fría y calefacción central, con excelente cocina.
Lo que más destacaba era que estaba ubicado en pleno centro. En este antiguo y siempre nuevo hotel, muchas generaciones de sanrafaelinos concurrían a bailar en un amplio salón con grandes ventanales a la calle, lugar donde hoy hay salones comerciales.
En 1953 el hotel pertenecía a la sociedad formada por Campi, Sueta y Fiocchi. El dueño actual es un hijo de Morandi, nieto de Campi, quien dejó su propiedad a sus herederos. Uno de ellos vendió su parte, la que tenía salida a calle Pellegrini, a la Casa del Maestro.
Posada Estación- Hotel Galileo
Con la llegada del tren se hizo necesaria la construcción de mayor cantidad de hoteles, pues llegaba mucha gente de visita con la pretensión de adquirir tierras en la zona. Así fue que, a pocos metros de la estación del ferrocarril, nació la Posada de la Estación, de menor precio que los hoteles Club y Centenario, más accesible para los inmigrantes.
No he obtenido el nombre del dueño, pero sé que posteriormente se transformó en hotel Galileo, en un principio perteneciente a Mateo Silengo. Así aparece en la guía telefónica de 1924, con el teléfono Nº258. La manzana donde estaba ubicado pertenecía a la señorita Catalina Vittone.
Posteriormente fue adquirido por Manuel Fernández Otero, que al poco tiempo se lo vendió a Pedro Casquero, quien había vivido mucho tiempo en El Escorial, donde poseía un almacén de ramos generales. Decidió trasladarse a la ciudad con su esposa y abrieron una pensión en terrenos del señor Iaccarini. La señora era excelente cocinera y preparaba los platos en la pensión. Cuando le ofertaron el hotel no lo pensó mucho y se hizo el traspaso del Galileo.
Atendía muy bien a sus pasajeros y para servir en las mesas compraba el vino de Bodegas Hansa y el Sileno de Juan Balbi.
Como este hotel era bastante grande, contrató cocineras; primero fue Hermelinda y luego Luisa. Durante un tiempo fue su propietario hasta que decidió trasladarse y lo vendió.
Con el tiempo el hotel pasó a llamarse El Comercio y fue propiedad de Rosendo Felipe. En 1924 aparece en la guía de teléfonos el hotel El Comercio que pertenecía a Ulzurrum, Andía y Cia., como esta guía no da el domicilio, no sé si es el mismo que cambió de ubicación y de dueños.
Hotel Casquero
En 1940 se remataron unos terrenos enfrente de la que sería la terminal de ómnibus de San Rafael y don Pedro Casquero adquirió dos lotes en la manzana situada en calle Coronel Suárez, entre Avellaneda y Godoy Cruz. Ahí don Pedro hizo construir un pequeño hotel que tenía 19 habitaciones, cómodas y sencillas. El constructor fue Manuel Lozano. En la planta baja había instalado un bar y restorán, la cocinera volvió a ser su esposa. Le puso por nombre su apellido: hotel Casquero.
Su hijo Julián trabajó junto con él y a su muerte continuó con el hotel.
Años después lo alquiló a don Nicanor Martínez.



