San Rafael es la única ciudad del país que tuvo un centro clandestino de detención en un edificio judicial. En la sede de Tribunales, que en ese entonces era conocida como la "Casa Departamental", donde fiscales y jueces debían impartir justicia y velar por los derechos y garantías de los ciudadanos, mantuvieron y torturaron a un grupo de detenidos tras el golpe de estado del 24 de marzo de 1976 que dio inicio a la última y más feroz dictadura militar. Hugo Riera estaba en ese grupo de detenidos y pudo sobrevivir para contar lo que sucedió.
Estaban hacinados en un calabozo que se usaba para mantener alojados a los detenidos que iban a un juicio o a declarar, a metros de las oficinas de fiscalías, juzgados y tribunales colegiados. Los magistrados de ese entonces no podían desconocer lo que allí sucedía.
Lo evidencia el testimonio de Hugo, que estuvo casi siete meses metido allí, en un espacio reducido sin baños ni camas, porque no está acondicionado para reclusiones prolongadas.
El hombre tenía 32 años, trabajaba en la mina de uranio "Huemul", en Malargüe, y su vida cambió abruptamente cuando fue detenido el 12 de abril de 1976. Su militancia en la Juventud Peronista lo puso en el radar de los que llevaban adelante la campaña del terror.
Hoy a sus 74 años, parado en la entrada de Tribunales, expresó que "es un martirio recordarlo. Primero estuve doce días en Infantería (de la Policía) y después me pasaron a la celda de Tribunales, donde permanecí siete meses. Me torturaron militares con algunos policías que se querían hacer ver ante los militares. Fue la primera vez en mi vida que me pusieron una pistola en la frente, me la colocaron ahí porque no entendía cómo un tipo se regocijaba golpeando a un semejante. Cómo los miraba fijo me ponían el arma en la frente entre las dos cejas y me decían: ¿qué mirás?". Algunas golpizas fueron tan brutales que estuvo sangrando en el piso.
Hugo no comprende cómo nadie del edificio judicial hizo algo para evitarlo, ya que se escuchaba todo y no podían desconocerlo. Recordó que "uno de los presos trabajaba en Tribunales, lo detuvieron ahí mismo y directamente lo pasaron al calabozo, así que los jueces sabían todo. Además nos veían del segundo piso cuando nos llevaban al baño de bomberos por el patio de atrás apuntados con pistolas y ametralladoras".
El "no te metás", el miedo o la complicidad pueden haber sido algunos de los factores que llevaron a esa situación, o todos combinados. "Habiendo leyes y jueces nosotros no tuvimos defensa, no hubo amparo y nada de ello. No se acercó ni uno", afirmó.
El miedo a desaparecer
En esa reducida celda "no sabíamos cómo pasar el día, inventábamos cualquier cosa".
Además, "teníamos miedo, el que diga que no sintió miedo, miente", ya que "te daban la libertad o te desaparecían".
Habían inventado un "método" para saber quiénes sobrevivían al salir. Acordaban con el que era puesto en libertad que les comunicara a las familias de los que se quedaban, que les enviaran una comida específica. Si esa comida llegaba, significaba que estaban bien, de lo contrario, eran malas noticias.
Compartió cautiverio con algunos de los posteriormente desaparecidos, como José "Pepe" Verón, que lo vio por última vez en esa celda cuando a Hugo lo liberaron. "Fue duro salir, queríamos salir todos juntos. Además, quedábamos marcados con el 'algo habrá hecho'. Salía a la calle y yo tenía vergüenza de que pensaran de que era un delincuente porque había estado preso y era la primera vez en mi vida que había estado detenido", concluyó.