Análisis y opinión

Sin necesidad de elegir reinas, podemos tener la mejor Fiesta del país y de las capitales del vino

Lo que hay que salvar y reimpulsar con pasión no es un concurso de belleza sino el espíritu creativo de la Fiesta de la Vendimia

Hay cosas que no resisten el paso del tiempo. La elección de la Reina de la Vendimia es una de ellas. Cada día que transcurre se convierte en algo más rancio, acartonado. En miriñaque. En atraso.

Todavía hay muchos mendocinos a los que les gustaría mantener esa elección. Están en su derecho. Es sano el debate. Lo de este columnista es una opinión, no es la opinión de Diario UNO, es del que firma, cuya percepción es que dicho concurso ya cumplió su ciclo y que se terminará cayendo, corroída su base de sustentación.

Lo que sí hay que salvar con talento y entusiasmo es la Fiesta Nacional de la Vendimia para que siga siendo el gran festejo popular de la Argentina y para que Mendoza se luzca como una de las grandes capitales del vino, pero sin necesidad de elegir reinas.

Hay que airear la Fiesta, oxigenarla. Y lo mismo le aguarda a la Vía Blanca y al Carrusel, que deberían convertirse en un ejercicio de imaginación y abrirse no sólo a las comunas sino a la creatividad de las organizaciones civiles.

Realeza trucha

Por más que se la quiera enmascarar, esa elección es un concurso de belleza. Y todos sabemos que esos certámenes están en clara decadencia. Los avances del feminismo, las luchas contra la violencia a las mujeres y la cosificación, las movilizaciones tipo "me too", y los avances en la paridad de géneros tornan a esos concursos en algo cada vez más inviable.

Otro aspecto que desentona y destiñe es todo ese ridículo protocolo de soberanas, princesas, chaperonas, esos vestuarios decadentes, esas capas recargadas, las coronas que siempre chingan, las bandas y bastones de mando; las glosas empalagosas que dan vergüenza ajena; esas declaraciones "oficiales" de las candidatas.

Todo cartón pintado, realeza trucha en una república que hace 210 años eliminó los títulos de nobleza. Fenomenal contradicción. La vitivinicultura mendocina tuvo un bienvenido vuelco desde los años '90. El vino nos ha conectado con el mundo. Ya lo hacía el Aconcagua, ese hito natural que nos destaca en todos los mapas. A los fines promocionales, el Aconcagua es nuestro Maradona; y la Vendimia y el vino, nuestro Messi.

La Fiesta que nació en 1936, y que logró convertirse en un clásico, con sus formas y hábitos, uno de los cuales fue la elección de la Reina, tuvo su tiempo y su decantación. Ahora debe acompañar esa transformación que la industria del vino experimentó hace 30 años.

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La esencia

El tema está instalado. Guaymallén ha hecho punta eliminando la elección de reinas en ese departamento mediante una ordenanza votada por la mayoría de los concejales. Ello desató una ola de críticas encabezada por la Comisión de Reinas Vendimiales que realizó una Fiesta rebelde en territorio de Maipú y que eligió una reina de Guaymallén "en el exilio", que la Provincia no reconoce.

Otros municipios ven con buenos ojos esa avanzada de Guaymallén, pero no quieren meterse en problemas. También hay jefes comunales que opinan que sólo un referéndum donde se expida el pueblo puede echar luz sobre este asunto. Y no faltan, claro, los que defienden sin dudar la continuidad de los reinados.

Lo cierto es que la Fiesta necesita menos alusiones religiosas y aflojarle a los huarpes. Lo que nos está demandando es más modernidad, más empuje, más conexión con los tiempos que vivimos. La forma más justa de respetar la tradición es renovándola. Es exprimirle lo mejor para que ese zumo enriquezca lo nuevo.

Dicen que oponerse a la elección de la Reina es atacar la esencia misma de Mendoza. La esencia de Mendoza es la tozudez de cambiar el desierto por el vergel. Mantener la esencia de Mendoza es plantar árboles. En esta provincia no hay nada más revolucionario que eso. La esencia de Mendoza es mezclar con sabiduría el progreso con la tradición.