Alberto Nisman apuntó contra Mohsen Rabbani el mismo día en que se convirtió en el investigador de la causa AMIA. El fiscal estaba convencido que el ex agregado cultural iraní en la Argentina había sido el cerebro del brutal atentado, y así lo escribió en su primer dictamen del año 2006.

Ese documento judicial sirvió de base para la acusación contra los funcionarios iraníes. Rabbani, según Nisman, había prestado soporte económico y operativo al presunto inmolado Ibrahim Hussein Berro, un joven libanés militante del Hezbollah que a sus 21 años decidió quitarse la vida a bordo del coche – bomba que explotó contra la AMIA.

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También sostuvo que el diplomático participó de la reunión clave del Comité de Asuntos Especiales donde las más altas autoridades políticas y religiosas del régimen de Irán habrían planeado el atentado terrorista.

Esa cumbre, que Nisman describe con lujo de detalles, habría sucedido el 14 de agosto de 1993 en la ciudad de Mashad, y en la misma se habría votado, entre tres opciones, el blanco a destruir con un coche bomba.

Esa misma sospecha, Nisman la siguió teniendo hasta el último día de su vida. Incluso hasta cuando le faltaban pocas horas para ir al Congreso nacional a sostener que la expresidenta Cristina Kirchner había desplegado un plan para encubrir a los ocho iraníes que tenían pedido de captura; entre ellos, el propio Rabbani.

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Nisman, como fiscal de la causa AMIA, desarrolló una teoría que excedía al desarrollo puntual y operativo del atentado.

Su hipótesis se remontó a los primeros años de la década del 80 cuando, según su investigación, se instaló una “matriz terrorista” (así lo escribió siempre) desplegada en todo el continente.

Irán era un estado terrorista que utilizaba su diplomacia para sembrar en la región bases clandestinas de inteligencia y agentes operativos que, en el caso de ser necesarios podrían ser utilizados en atentados terroristas, ya sea directamente o a través de su apéndice, la organización terrorista Hezbollah”, escribió en su primera conclusión judicial que llegó 12 años después de la voladura de la mutual judía.

Las pruebas que Nisman colectó para acusar a Rabbani siempre provinieron de informes de inteligencia que pusieron en la mira el clérigo iraní tras la voladura de la embajada de Israel en 1992. Pero veamos los elementos probatorios que Nisman aseguraba terner contra el diplomático iraní.

1) La búsqueda de una camioneta similar a la utilizada como coche bomba

Respecto a esta línea de investigación, Nisman aportó fotografías entregadas por la Secretaría de inteligencia (SIDE) y, sumó a esos documentos, lo declarado por algunos testigos que aseguraron que Rabbani recorrió agencias de autos usados para averiguar detalles para comprar un vehículo utilitario.

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2) El soporte económico

Nisman sostenía que las cuentas bancarias de Rabbani en la Argentina se incrementaron, de manera llamativa, en el primer semestre de 1994.Unos meses antes del atentado.

Y en su investigación, el fiscal aporta un comparativo con el dinero que el diplomático movió en los años 1992 y 1993. En este punto, mencionó una cuenta en el desaparecido Deutsche Bank a la cual se giraron desde el exterior 150.000 dólares en los meses de marzo y abril de 1994.

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3) Los contactos telefónicos de Rabbani

Nisman, con ayuda de la SIDE, logró establecer que “unos pocos minutos después de haberse completado con éxito el aparcamiento del coche bomba en una playa de estacionamiento cercana a la sede de la AMIA, desde el celular de Mohsen Rabbani se efectuó una llamada hacia la mezquita “At-Tauhid”.

A esta prueba se accede mediante el entrecruzamiento de líneas telefónicas captadas por las antenas activadas en la cercanía del garaje privado “Jet Parking” en el barrio de Once.

También refiere a llamadas realizadas desde un locutorio hacia la zona de la Triple Frontera por donde, según Nisman, habría entrada al país el inmolado.

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Estos tres elementos, que hasta el día de hoy siguen en discusión, fueron planteados por Nisman como pruebas contundentes que lo llevaron a inferir “la presencia de Rabbani es una de las fases clave del plan delictual, monitoreando el desarrollo y comunicando con éxito a otros miembros del grupo que participaron de la operación”.

Fuente: A24

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