El 8 de diciembre de 2011 mató de 71 cuchilladas a un amigo, a la madre y a los abuelos, en la casa de las víctimas. “Fue un encapuchado; vi todo”, mintió por primera vez. Hoy tiene 16 años, no vive en Mendoza y est

La noche en que un chico de 13 años se volvió un monstruo

Por UNO

José Luis [email protected]

@jlverderico

Alí y su esposa, Sara, hicieron la señal de la cruz y se retiraron en respetuoso silencio de la iglesia Nuestra Señora de la Misericordia. Ya en la vereda, el hombre de 80 años y la mujer, de 83, saludaron a amigos y vecinos y se tomaron del brazo para volver a casa, a unas cinco calles  de allí, incluida la transitada Independencia por cruzar. Aquel jueves 8 de diciembre de 2011 a la noche dejaban atrás la misa por el Día de la Virgen, feriado nacional.

Iban despacio. Ya en la calle San Pedro 1953 del barrio 8 de Mayo, de Las Heras, ella abrió la puerta con su llave y entró antes que él. Apenas echó el cerrojo, Sara y Alí fueron asesinados por la espalda. Media hora antes, bajo ese mismo techo, idéntica suerte habían corrido Mónica, la hija, y Ezequiel, el nieto. Toda la familia fue víctima del cuádruple crimen. El autor, de 13 años, vivía enfrente y era amigo de Ezequiel y conocido de los adultos de toda la vida. Según el forense, les aplicó 71 cuchilladas en total.

Esa calle, San Pedro, no está muy presente entre los habitantes de la zona, pero basta con dar la referencia de que se busca la casa de la masacre de la familia Miguel para que la gente reaccione rápidamente, sin dudar. “Sigan dos cuadras y giren a la derecha; es allá, donde están las rejas negras ¿vio?”, detallaron una señora y un vendedor.

¿Dónde está el asesino ahora? es la pregunta que brota urgente apenas Diario UNO cuenta que está abocado a reconstruir la historia. Y se ramifica: ¿con quién vive? ¿Está preso? ¿Volvió a matar? ¿Quedó internado? ¿Es peligroso?

Teniendo en cuenta que cuando ultimó a la familia Miguel era menor de 18 años, las leyes limitan la difusión de ciertos datos, como el nombre y apellido, entre otros. Sin embargo, es posible pasar en limpio que hoy el homicida tiene 16 años, que no vive en Mendoza y está bajo tratamientos psiquiátrico y psicológico, a cargo de los nuevos profesionales designados de acuerdo con el nuevo domicilio. Fue derivado por el OAL Mendoza, cuyos directivos afirman estar al tanto de su estado general. Está bien y no ha cometido otros hechos violentos, explican. Vive con un familiar directo, se supo.

Por qué no fue juzgado ni condenado tiene una respuesta teórica,  práctica e impopular: en Argentina, ningún homicida de hasta 16 años puede ser responsabilizado penalmente ni encerrado sino únicamente derivado a tratamientos médicos que acompañen el desarrollo de la estructura de personalidad.

Gusto a poco es la expresión que prefiere utilizar Patricia Miguel, hija de Alí y de Sara, hermana de Mónica y tía de Ezequiel, para sintetizar el desenlace del caso. Los mataron como a gatitos, dice. Fue terrible, agrega, y se apoya en la fe religiosa familiar para compensar la injusticia  terrenal de las leyes.

La vivienda donde sucedieron los crímenes fue desocupada, más tarde alquilada y hoy está deshabitada y cerrada herméticamente. Las hojas enormes y amarillentas que caen de las moreras completan la desolada escena. Del otro lado de la calle, en donde vivió el múltiple homicida, hay silencio y vergüenza.

Mónica era docente, nunca se casó y diez años antes de su muerte –en el terrible 2001 argentino– había adoptado un bebé que le cambió la vida, ayudó a superar hondas tristezas y la convirtió en madre: Ezequiel, destinatario de todos sus esfuerzos para que fuera sano, educado, feliz, satisfecho y buena persona. En el 2003, cuando Mónica accedió a la tenencia definitiva, Ezequiel recibió el apellido Miguel, aunque ya era uno más de la familia.

Alejandra Cuvertino evoca a Mónica, amiga desde la secundaria, aunque prefiere llamarla como siempre: Peti. “Compartimos mucho:  fiestas, cumpleaños, las alegrías de tener a Ezequiel y yo a mis hijos, y también momentos difíciles, pero jamás imaginé semejante final”. El vínculo entre las amigas se potenció y tuvo su correlato entre Ezequiel y un hijo de Alejandra, que casualidad o vaya uno a saber qué, llegaron a este mundo el mismo 20 de enero de 2001.

La noche de  la tragedia, Cuvertino y familia terminaban de armar el pino de Navidad. Hasta que Rosa, amiga, llamó por teléfono:

–Alejandra, han matado a Mónica.  

–¿De qué Mónica me hablás?

–La Peti. Han  matado a la Peti.

Rosa fue una de las primeras en enterarse. Lo supo gracias a un primo, Daniel, que había llegado a la casa de la familia asesinada a la hora de la cena invitado por Mónica, la Peti, que era su novia. Al hombre lo paralizó el despliegue infernal de patrulleros, policías, luces, ambulancias y curiosos en torno del hogar al que fue para pasar un buen momento, en familia. Pero esa familia ya no existía.

A esa hora, justo enfrente, una mujer mayor refregaba casi con desesperación las zapatillas y la ropa del nieto, manchadas con sangre. Entró un hombre y los mató a todos, le dijo el chico mientras la mujer mayor, que era la abuela, aterrada, lo ayudaba a bañarse. Y me lastimó, dijo, mostrándole un profundo tajo abierto en una mano. La primera versión de cómo sucedió la masacre comenzaba a tomar forma.

Un hombre alto, todo de negro, encapuchado y armado con un cuchillo los había matado uno por uno. Excepto al amigo de Ezequiel. “Yo me salvé porque alcancé a esconderme detrás de la mesita del televisor, lejos”, relató como único sobreviviente de una tragedia masiva perfectamente atribuible, en ese momento, casi la medianoche, a un hecho de inseguridad. Según el chico, el asesino había ingresado a la casa de la familia Miguel por la puerta principal, había matado y finalmente huido por los fondos y los techos.

Pasadas las 23, las redacciones mendocinas ya no funcionaban como hasta una hora antes, al ritmo del feriado: se habían vuelto un hervidero. Ojo, que mataron a una persona en Las Heras, advirtió un cronista. Un minuto después, esa misma persona, celular en mano, dio un grito –ya nervioso–, para decir que no era sólo un muerto, sino dos.

–¿En un asalto?  ¿En qué calle?

–No, no, en una casa.

–Que vayan un fotógrafo y una periodista. ¿Dónde es?

–En la calle San Pedro del barrio 8 de... Pará, pará que me suena el celular... Me están pasando datos...

El cronista se alejó dos pasos para hablar en privado.

Suspenso. Incertidumbre. ¿Habrá sido un error? Ojalá.

El periodista cortó la llamada y miró al entonces jefe de cierre de UNO: “Los muertos son cuatro. Toda una familia”. Y el tiempo pareció detenerse.

Aquella noche trágica, Alejandra Cuvertino, shockeada por la noticia que acababa de recibir, le dijo a su marido que debían ir a la casa de la Peti. ¡Sacá el auto! ¡Dale, dale, rápido!

“Pensamos que sólo la habían matado a ella. Al llegar, la esquina ya era un mundo de gente. Había autos de la Policía, un cordón policial cortaba el acceso a la casa, se veía la baliza de una trafic de la Científica. Yo corrí hacia la casa, imagínese”.

“Señora, oiga, no va a poder pasar”, le advirtió un oficial parado en la vereda, delante del enrejado, junto con otros cinco pares en barrera. Los vecinos estaban furiosos porque ya había trascendido la versión de que el asesino había ingresado desde la calle y huido por los techos. Un caso de inseguridad. Tremendo. La gritería vaticinaba el caos inminente.

–Siga, Alejandra, por favor...    

–Bueno, en la zona ya se escuchaba todo tipo de comentarios. Hasta que supimos que los muertos eran Mónica y don Alí. ¿Y el Eze? ¿Y Sara? pregunté, y así nos enteramos de que se los habían llevado al hospital. Los habían encontrado dentro de la casa y estaban muy delicados.

–¿Les dijeron cómo había ocurrido?

–Nadie sabía nada. Yo, sinceramente, no podía creer que nadie hubiera escuchado tantos tiros y no hubiera hecho nada.

–¿Disparos?

–Sí, yo creía que había sido a los tiros. Hasta que nos enteramos de que no había sido con una pistola ni con un revólver. A la Peti, al Eze, a Sara y a  don Alí los habían atacado con un arma blanca.

–¿Ha vuelto a esa casa?

–Nunca más.

Y el caos se desató por un piedrazo. Las autoridades políticas y policiales fueron blanco de insultos, patadas y manotazos. ¡Nos van a matar a todos estos hijos de puta. Hagan algo!, retumbó. Todo eso mientras se desarrollaba la investigación criminalística, que incluyó la recolección de pruebas –sangre para futuras pruebas de ADN y huellas–; más una microscópica recorrida por toda la casa y zonas aledañas, en busca de testigos.

La fiscal Claudia Ríos llegó advertida de que un adulto no identificado había dado muerte a los Miguel. Y de que había un único testigo: el chico de 13 años.

Los cuerpos de Mónica y Alí estaban tendidos en el piso manchado con sangre, los peritos trabajaban sobre ellos y sacaban fotos y tomaban datos para la planimetría. Sara y Ezequiel habían dejado de existir rumbo al hospital.

Los pesquisas buscaron pruebas dentro de la casa, en el patio y en el ingreso. Encontraron un reguero de sangre que salía de la vivienda, surcaba el patio, trepaba la pared y continuaba ya fuera de la propiedad. Y fue como un hilo de Ariadna que a la luz de los reflectores policiales los condujo directamente al otro lado de la calle, a la vereda de enfrente, más precisamente a la casa del único sobreviviente, el chico de 13, amigo de Ezequiel y el conocido de los Miguel de toda la vida.

Se lo veía tranquilo. Limpio. Lo acompañaba la abuela paterna,  que lo había criado desde pequeño. Que tuviera parte de la mano derecha herida fue clave. El único sobreviviente estaba cortado. Y sangraba. ¿Sólo eso le había ocurrido a manos de un hombre que mató a cuatro personas a cuchilladas cerca suyo? La duda fue determinante.

–Sí, me lastimó –dijo el chico–. Y yo me salvé porque me escondí detrás de la mesita del televisor, insistió. Lo vi, estaba todo de negro, encapuchado. Salió de la casa por el patio.

–¿Sólo esa herida te hizo? ¿Nada más?

– (...)

El trapo que tan prolijamente le había colocado la abuela para detener la hemorragia ya estaba empapado de la misma sangre que había tejido el hilo conductor que atravesó la calle y llegó hasta la casa.

–Bueno, las cosas no fueron como dije. Ahora sí voy a decirles la verdad… (Continuará)

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