Análisis y opinión

Perimetrales afectivas, o cómo decirle "disculpe, la cocina ya está cerrada" al hambriento emocional

Hay personas que llegan a nuestras vidas como si buscaran comida a las 12 de la noche. Pero esto no es un delivery emocional

Hay vínculos que no empiezan con amor, sino con hambre. Y así como hay personas capaces de ir a pedir un sánguche de milanesa a las tres de la mañana, hay otras que parecemos -o hemos parecido- un fast food afectivo abierto las 24 horas.

Pero un día, aprendemos a cerrar la cocina a horario. Y ahí empieza nuestra salvación.

El fast food afectivo ya está cerrado

Algunas personas llegan a nuestras vidas como esos famélicos que entran a un bar a las doce de la noche, desesperados de hambre. No vienen por vos, ni por tu carta de platos. Vienen por lo que sea, un pedazo de pizza de ayer o unos fideos fríos.

Durante años fui eso: el "abierto las 24 horas" de otros. Pero, alerta spoiler: el precario emocional no venía por mi -tampoco lo haría por vos- sino porque sabía que le iba a abrir. El drama -para ellos- empieza con el cartel “Disculpe, la cocina ya está cerrada”. Y ahí el hambre se transforma en bronca. Porque no era amor: era urgencia.

mujer megáfono
A veces vale salir con un megáfono, por si no se han enterado

A veces vale salir con un megáfono, por si no se han enterado "hola, chicos, la cocina ya cerró"

Todo lo entendí en la puerta del teatro

Todo esto lo pensé un sábado a la noche. Estaba tomando un café, y reflexionando sobre la vida, un plan conmigo misma que siempre funciona. De repente, me escribió un amigo: "Tengo una entrada libre para una obra, ¿vamos?" Le dije que sí, obvio. Los mejores planes son los que salen sin premeditación.

Cinco minutos después ya estaba cerca del teatro. Me sobró tiempo para esperar en la entrada. Y entre la gente, me cruzo con una chica que conozco hace años. Siempre me cayó bien. No es una nena, pero tiene toda la vida por delante. Me alegró verla, aunque al saludarla noté esa expresión de frustración que no necesita explicación.

Me tiró una excusa de salud. No le creí. Pero tampoco es cuestión de apurar a una persona que no te quiere contar algo. Quizás lo único que necesite es que no se lo preguntes. Opté por el viejo recurso de la pregunta con confianza: ¿Eso es todo lo que te pasa? no tardó en contarme de que no lo era.

Lo que le pasaba tenía nombre, apellido y más de 45 años. Un señor que le rondó durante mucho tiempo hasta que ella, un día, bajó la guardia. Y ahí empezó el infierno.

cocina cerrada
Si no lo entiende en castellano, decíselo en otro idioma

Si no lo entiende en castellano, decíselo en otro idioma

La hambruna amorosa come de cualquier lado

Ella me decía, casi con culpa, que no entendía cómo había llegado a decirle que sí. Que venía bien. Que había hecho terapia. Que había decidido estar sola. Que estaba firme. Pero ahí apareció él: el precario emocional, con su menú de historias tristes, su soledad acumulada y su necesidad urgente de afecto.

No era amor. Era hambre. Era un pedido desesperado al delivery emocional. Y muchas de nosotras —sobre todo las que crecimos con novelas de las tres de la tarde con final feliz— Nos creemos muy lúcidas, pero todavía pensamos que el amor es un taller mecánico emocional. Traeme al roto que te lo tuneo.

Y no. Después de los 45, todas y todos venimos un poco rotos, sí. Nadie llega virgen al afecto. Pero eso no habilita a nadie a instalarse en la vida de otro para saquear lo que no encuentra en la propia.

Poniéndole una perimetral afectiva al que no te registra

Ella igual fue al teatro. Me dijo: “Me pareció que tenía que venir”. Y eso, para mi, equivale a un pequeño triunfo. Aunque su expresión no era de felicidad precisamente, estaba ahí. Presente. Resistiéndose a mandar un mensaje lastimoso o a revolcarse en el drama doméstico. Le vi en los ojos ese brillo de quien ya sabe, aunque aún no lo diga: la próxima, no te abro la cocina a cualquier hora.

Por eso, celebro mis límites. Abrazo mi terapia. Hoy me agradezco a mi misma haber aprendido a decir que no. Poder poner una perimetral afectiva a tiempo. Es ese límite invisible pero vital que evita que el precario emocional se instale con su tupper de demandas afectivas, sus historias sin procesar, sus hijos, su ex, la madrastra, el perro con ansiedad y su necesidad de ser salvado.

Poner límites no es crueldad. Es dignidad. Es salud pública emocional.

Disculpe Lacan, me quedo como Benedetti

Siempre me gustó una frase de Mario Benedetti: “La soledad también es un homenaje al prójimo.” Y es cierto. A veces, no invadir la vida de otro es el acto de amor más profundo. Por eso, con todo respeto por Lacan y sus acólitos, nunca entendí eso de que “amar es dar lo que no se tiene a quien no es.” Don Lacan, si no tengo y si no es, mejor me quedo en mi casa tomándome una sopa Knorr y no ando rogando que me abran la cocina a último momento para deglutir cualquier cosa.

No todo vínculo tiene que ser salvación. No todo contacto humano tiene que terminar en drama. A veces, estar sola un sábado a la noche, contestar “la cocina ya está cerrada” con una sonrisa y aceptar una entrada al teatro es la versión más elevada del amor propio.

Así que sí: las perimetrales afectivas también son necesarias. Y si no sabés por dónde empezar, empezá por bajar la persiana del bar. Porque una cosa es dar amor. Y otra muy distinta, alimentar al hambriento emocional con lo único que te queda.

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