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Trajo al mundo a 11 de sus 14 nietos

Por Luciana Moránmoran.luciana@diariouno.net.ar

Como si estuviera cometiendo una falta contra las buenas costumbres y la más alta moral, ser un personaje para entrevistar se volvía algo prácticamente imposible en los parámetros del hombre con guardapolvo sentado detrás de su escritorio, aquel que lo acompaña desde hace años, aunque no los 46 que ya lleva de ejercer la profesión.

“No me gusta esto de la entrevista... ¿Por qué me van a entrevistar a mí? ¡Hay personas más importantes y destacadas en Mendoza!”, se quejó el doctor Fontana. Pero no le quedó más remedio y se rindió.

Luis Jorge Fontana Raffo (71) es hijo de un médico pediatra y él piensa que allí nació su amor por la medicina. Hizo sus estudios primarios en el Colegio San José de los Hermanos Maristas y los secundarios en el Liceo Militar General Espejo. A Córdoba lo llevaron sus deseos de ejercer la medicina; más precisamente, a la Universidad Católica de aquella provincia.

“Luego me fui a México, donde hice una residencia universitaria. Fui jefe de residentes del hospital e hice el doctorado en la Universidad Autónoma de México. Una experiencia inolvidable”, aseguró.

-¿Por qué México?-Porque tenía la firme convicción de que el posgrado uno lo debía hacer en una residencia adecuada. En esa época no había correo electrónico y todo era por carta, que demoraban 20 días en llegar; entonces mandé cartas a México, Estados Unidos y España. En Estados Unidos faltaban como diez meses para que abrieran la postulación, en España me dijeron que no había cupo para lo que yo quería y en México, que a los seis meses podía entrar en una beca. Tenía 23 años aproximadamente. México es un país al que amo. He ido 14 veces, después de la residencia. Tengo dos hijos mexicanos que viven en Argentina y un hijo argentino que vive en México y es papá de una niña que nació allá. Hice en ese país una residencia espectacular. Todo muy organizado. Al principio me dieron un cronograma en el que sabía lo que tenía que hacer en los próximos tres años, cuándo debía cursar, qué iba a hacer en las residencias todos los años, el sueldo que íbamos a cobrar, las conferencias que debíamos preparar. Hacíamos guardias cinco días a la semana, así que me la pasaba en un hospital, que era de 110 partos diarios. Cuando vos llevás ese ritmo de trabajo, salís con una experiencia importante. Luego de terminar la residencia y el doctorado me salió la oportunidad de ir a Estados Unidos, pero me volví a Mendoza, yo estaba con mis hijos… volví.

Llegué al país en la década del ’70, con todos los altibajos que eso significa. Trabajé en el Hospital Español, también como médico de la Policía, porque no me pagaban en el Hospital Central, donde también trabajaba, por eso intenté entrar a YPF y abandoné el Central. Simultáneamente tenía el cargo en el Español. Con este país convulsionado, llegó el momento en que cerraron el servicio de YPF y renuncié al Hospital Español también, al igual que todos los que integrábamos ese equipo. Nos quedamos sin trabajo en relación de dependencia, entonces unos meses después decidimos abrir este consultorio, en el que trabajo con mis pacientes y ya no tengo más relación de dependencia.

-Volvió a Argentina en una época nefasta. ¿Cómo la afrontó, personal y profesionalmente?-Sí... Cuando llegué de México y no tenía trabajo, ingresé a la Policía; tenía dos hijos. El que era jefe de la Policía de acá había sido oficial mío en el Liceo Militar, entonces lo fui a ver y me dejó entrar. Allí estuve hasta 1978. Cuando vi que la cosa se ponía espesa con la represión, no me sentí cómodo y renuncié a la Policía, así que me quedé sin trabajo cuatro meses, porque también había renunciado al Español y a YPF.

-¿Cómo vivió esa época?-Era una época muy convulsionada. Trabajé en el servicio de Ginecología del Hospital Central, donde estuve tres años hasta que me presenté para un concurso abierto para cubrir el cargo de ginecología y obstetricia en YPF. Estuve ahí, pero decidieron cerrar el servicio y como había entrado por concurso no me podían echar. Cuando entrabas a la empresa firmabas un contrato que te decía que la empresa te podía llevar al lugar que deseara en el país, y me querían trasladar a Tierra del Fuego. Les dije que no y renuncié.

-¿Siempre le gustó vivir en Mendoza?-Sí. He viajado bastante, gracias a Dios. He comparado y he dicho que Mendoza no es una ciudad que sea una gran urbe, tipo Buenos Aires, México o Nueva York, pero tampoco es el pueblo de cinco mil habitantes: tenés de todo. Además vivís al lado de la cordillera, que me encanta; es espectacular.

-¿Siempre quiso ser ginecólogo?-Hay algo importante de remarcar con eso. Cuando me recibí había una sola especialidad: ginecología y obstetricia. Diez años después se empezaron a separar en ginecología por un lado y obstetricia por el otro. En esa época las hice cuando estaban juntas. Una vez que se separaron, la ginecología también se volvió a separar entre los que hacen fertilización asistida y los que hacen la parte de mastología, dos subramas de la ginecología. Como yo tuve la suerte de hacer las dos cosas en México, a esta altura de mi vida puedo poner un fórceps, hacer una cesárea o un plapso ginecológico, porque hice todas las especialidades.

-¿Por qué decidió ser médico?-Me surgió porque siempre uno tiene la imagen paterna. Mi padre era pediatra, de la época de Humberto Notti, entonces estaba permanentemente con el tema de la medicina y me gustaba.

-¿Cuántos partos ha atendido en su vida?-Más de 23.000. Al menos hasta allí llegué contando hace unos diez años... Después me cansé y no los conté más.

-¿Cómo se compone su familia?-Tengo seis hijos: Graciela María, Luis Jorge, Juan Antonio, Natacha, María Luisa y María José. Y 14 nietos. Atendí los partos de casi todos. Mi esposa se llama Marta Rasino.

-¿Cómo es eso?-Atendí 11 de los partos de mis 14 nietos; de los otros tres, uno es mexicano. También atendí el parto de mis dos hijos menores.

-O sea que fue el obstetra de todas sus hijas...-Sí, pero jamás lo pedí. Cuando me decían: ‘Papá, estoy embarazada’, jamás –entre comillas, subrayado y con negritas–, jamás dije que las quería atender. Abríamos la botella de champán, salud, felicitaciones y a los diez días habían sacado turno como cualquier otra paciente y las tenía sentadas frente a mí. Así que les atendí los partos a todas... los partos y las cesáreas.

-¿Qué es lo que más le gusta de su profesión?-Me gusta todo. Lo único que no me gusta es que no tengo horarios, que es un motivo por el cual muchos colegas no quieren ser obstetras. Por ejemplo, si se acerca un fin de semana largo y viene un amigo y me dice: “Vámonos a Chile”, le digo: “No, porque la señora Juana de los Palotes está por tener y no la puedo dejar”. Es decir, si a vos te han visto nueve meses y te internan para tener su parto y te dicen: “El doctor está en Chile”, el balde de brea que te echan: “Usted me abandonó”. Entonces estás muy atado, y cuando uno tiene que salir, ya sea por estudios, vacaciones o cualquier cosa, tiene que avisar, y no hay peor cosa que decirle a tu paciente unos meses antes: “Yo para la fecha de tu parto no voy a estar”.

-¿Tiene alguna anécdota especial?-Lo que aprendí en la residencia en México; no se me olvidan más esas palabras . Es que nunca hay que perderle el miedo a un parto, porque ahí se te viene una complicación, pese a que los adelantos tecnológicos de hoy en día te allanen mucho más el camino.

-¿Recuerda el primer parto que atendió?-Fue en Córdoba, cuando estaba terminando la carrera. Me dijeron que tenía que hacer guardia en la clínica, y llegó una paciente a punto de parir y la atendí. Si a veces las atienden policías, ¡cómo yo no iba a poder!

-¿Qué le gusta hacer más allá del trabajo?-Me gusta mucho el tenis, así que atiendo todos los días de la semana y tres veces juego al tenis, que es mi terapia. Y salir con amigos también, hacer deportes... Me vuelvo loco con los nietos. ¡Son tantos que me mareo! Además me gusta mucho leer. Soy un fanático de Eduardo Galeano. He leído muchísimos libros de él y le tengo muchísimo respeto como escritor. El último que leí fue Patas arriba. Te lo recomiendo.

La herenciaLuis Jorge Fontana es nieto de un mendocino que se destacó en su rol de legislador, rol en el que se desempeñó durante más de 20 años: Julio César Raffo de la Reta (1883-1967). Era abogado. Comulgó con las ideas liberales, democráticas y conservadoras de Carlos Pellegrini. Sin embargo, también reconocía las conquistas del peronismo.

La madre de Luis se llamaba Marta Leonor Raffo y es hija del primer matrimonio de Julio César con Elvira Capdevila.

Fontana tiene una gran admiración hacia su abuelo, a quien recordó como un hombre íntegro y honesto. Esta percepción les fue transmitida también a sus hijos, que sienten un profundo respeto por su bisabuelo.

Una anécdota con la que Fontana ilustra el sentido del humor de Julio César cuenta: “Un día me había hecho la sincola. Mi madre se había desesperado. Me buscaron por todos lados, pero mi abuelo me encontró. Me dijo: ‘Lo felicito, m’hijito, pero la próxima vez hágalo mejor’”.

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Del álbum familiar. Cariño. Con su gran amigo Aldo Giordano, ex fiscal de Estado (fallecido).
Del álbum familiar. Cariño. Con su gran amigo Aldo Giordano, ex fiscal de Estado (fallecido).