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Asegura que le quebraría las piernas él mismo para inutilizarlo. Está convencido de que Argentina recuperará las Malvinas por la vía diplomática.

Santiago Domínguez: “No dejaría a mi hijo ir a una guerra”

Por Paola Piquer, jefa de Noticias de UNO

Santiago Domínguez está convencido de que Argentina va a recuperar las islas Malvinas. No tiene dudas. Sólo le pide al Dios, en el que también cree profundamente, que le dé vida para presenciarlo. Un dato clave: quiere que la reivindicación llegue por la vía diplomática. Guerra no. Tanto es no, que de sólo imaginar que su hijo Rodrigo, de 18 años, pudiera ser reclutado para un conflicto bélico asevera: “Antes de permitir que vaya le quiebro las piernas y lo inutilizo. Yo, que ya estuve ahí, vuelvo a pelear si es necesario. Él no”.

Santiago tiene hoy 50 años. Treinta más que cuando fue llevado en un Hércules a combatir por Malvinas. A sus veinte era un mendocino más que tras pedir un año de prórroga en el servicio militar, porque estudiaba ingeniería, finalmente se abocó a cumplir con el extinto compromiso. Claro que cuando se trasladó a La Plata para formar parte de un batallón de Infantería de Marina nunca imaginó lo que vendría después.

–¿Cuál fue el momento exacto en el que se enteró de que lo mandaban a la guerra?

–Cuando estaba embarcado en un Hércules. Estando en La Plata, el 2 de abril –día en que se inició el conflicto– nos alistan para viajar a Tierra del Fuego. La misión era cubrir al Batallón de Infantería 5. Nunca cumplimos esa función. En realidad nos bajaron en Río Grande, nos tuvieron 2 días en una especie de simulacro haciendo ejercicios. Y de un momento a otro nos subieron al Hércules. Este es el punto crítico. Ahí me entero.

–¿Quién se lo comunicó?

–Un jefe inmediato. Nunca entendí cuál fue el motivo de extender esa información, porque a nosotros nos partió por la mitad de todas formas. Fue un impacto psicológico muy fuerte. Como es lógico tuve miedo, que en realidad es un factor permanente. Quien diga que no lo tuvo miente.

–¿Estaba equipado para ir a una guerra?

–Sí, pero era insuficiente. Muchas veces me preguntan si tuve frío o hambre. Con el tiempo me di cuenta de que sería ilógico pensar que pudieran darse otras condiciones. Sobre todo en Malvinas. Las postergaciones, la angustia…son inevitables.

–Cuando llegó a Malvinas ¿qué tuvo que hacer?

–Nos descargaron en el aeropuerto de Puerto Argentino y ahí estuvimos 20 días custodiando un casino de oficiales ingleses. Nos íbamos a quedar allí pero luego nos mandaron a la Gran Malvina, más precisamente a la Bahía del Elefante Marino, donde nos posicionaron para custodiar una pista de aterrizaje que para ellos era clave. Logramos defenderla hasta el 14 de junio. En el medio tuvimos que volarla, una decisión drástica. Pero también tuvimos 3 desembarcos de la Royal Navy, que es la fuerza marítima del Ejército inglés. Con ellos combatimos. Fue una experiencia muy fuerte.

–¿Cómo se peleaba en Malvinas?

–Había 3 líneas de tiradores y también un grupo de la Fuerza Aérea, pero los ingleses inutilizaron los aviones. Además, tuvimos fuego naval desde el primer día. Ellos ganaron la guerra por ese bombardeo permanente.

–¿Cómo era un día en pleno combate?

–Nuestro descanso se daba en la posición, lo que no es un dato menor, porque estar dentro de un pozo de zorro no es lo mismo que descansar en una cama. El problema es que en Malvinas el terreno no es apto para hacer estas famosas trincheras. Cavábamos un metro y salía agua: el frío y la humedad nos provocaban inestabilidad.

–¿Nunca iban a los refugios?

–Había uno antiaéreo, que usamos alguna vez. Pero pasábamos días y días en las trincheras. Eso trajo como consecuencia muchas de las afecciones de los soldados argentinos. Lo que se denomina pie de trinchera, que deteriora los miembros inferiores, con sus posteriores amputaciones.

–¿Alguna vez creyó que se moría en Malvinas?

–Sí. Un día tuvimos que hacer un reconocimiento en la pista de aterrizaje. Llovía y había 12 grados bajo cero. Era de noche y lo único que nos podía resguardar era una roca sobre la pista. De repente, dos helicópteros ingleses hicieron una incursión y empezaron a disparar. Estaba convencido de que era el momento. No corrí. Sólo disparé con mi FAL sin ninguna posibilidad de amedrentarlos. Y si no me mataron fue porque yo no era el objetivo. Sé que todo lo que vino después fue gratis, un bonus que trato de aprovechar al máximo.

–Antes de ir a Malvinas, usted tuvo varios meses de preparación en La Plata ¿qué me puede contar de esa época?

–Uno se imaginaba que el servicio militar era un trámite administrativo, pero no era así. La instrucción que tuve en esos meses me permitió sobrevivir en Malvinas. Fue una instrucción rigurosa. Los que llegaron a Malvinas en tandas posteriores, y que no habían alcanzado a tener instrucción, esos chicos morían porque eran tuvieron que improvisar.

–¿Cómo vivió la rendición, el 14 de junio?

–No sólo fue furia, más bien fue una mezcla de indignación con alegría. Instintivamente sabíamos que estábamos recuperando la vida. Claro que primero nos toman prisioneros a unos 300 efectivos. Estuvimos 15 días en tierra y después nos subieron al buque inglés Saint Edmund. En el buque nos juntaron con los militares de alto rango como (Luciano Benjamín) Menéndez y (Martín) Balza. El objetivo era hostigar a la Argentina para que firmara el cese de actividades. Fuimos una especie de canje. En el buque estuve 16 días.

–¿Cómo fue el trato de los ingleses hacia los prisioneros?

–En tierra la experiencia fue muy mala. Los británicos son, entre otras cosas, alcohólicos: nos sacaban en plena noche haciendo una línea de soldados elegidos dedocráticamente, pasando frío, hambre. En el buque el panorama cambió, porque estaba la Cruz Roja Internacional. Empezamos a recuperar nuestros derechos. Cuando se firmó el cese de hostilidades, el buque tomó rumbo a Puerto Madryn, donde quienes nos esperaban se desvivieron por atendernos. De ahí fui a Buenos Aires y esa misma noche me tomé un tren a Mendoza.

–¿Quién lo esperaba en Mendoza?

–Mi padre, mi madre, mis dos hermanos menores y mi novia. No podría expresarte lo que significó para mí el reencuentro…

–¿Hacía mucho que no hablaba con ellos?

–La última vez que hablé con ellos fue el mismo 2 de abril. Yo había salido de franco y me fui a visitar a una familia de amigos que había conocido. Y esa fue la última vez que escuché su voz, hasta el 17 de agosto que pisé suelo mendocino. No recibía cartas, pero sí las lograba emitir.

–¿Se casó con esa novia de la Estación San Martín?

–Me casé con Silvia en el '89 y tuvimos un hijo, Rodrigo, que hoy tiene 18 años. Formé mi familia con postergaciones de mi parte, porque le destiné mucho tiempo a la causa y se lo seguiré destinando, aunque eso me llevó entre otras cosas a separarme de mi esposa. Pero no me arrepiento. Es una gesta diaria basada en la convicción. Mi compromiso está con los muertos, es tinta indeleble. Los que quedamos tenemos que demostrar que no fue en vano.

–¿Cree que Argentina va a recuperar Malvinas alguna vez?

–Claro, así será. Yo espero poder vivirlo. Creo que hay una justicia divina que lo va a propiciar. Soy muy creyente.

–¿Aun con una guerra de por medio?

–No creo en la guerra, tanto que si a mi hijo, que es mi mayor amor, lo convocaran para un conflicto, yo mismo le quiebro las piernas y lo inutilizo. No permitiría que viva lo que yo viví. No soy un fanático nacionalista. Mi vida sí la entrego, pero porque ya la ofrecí una vez. La de él no.

Chile, los militares y la discriminación laboral

–¿Qué le quedó como materia pendiente a raíz de ser un ex combatiente?

–Lo intelectual. Quisiera completar lo que me falta de la carrera de Ingeniería. Esa meta no me deja tranquilo.

–¿A qué se dedica en la actualidad?

–Soy jefe del área de Veteranos de Guerra del PAMI.

–¿Cuál es el objetivo de la Asociación Veteranos de Guerra Civiles de Mendoza, que usted preside?

–Propiciamos actos conmemorativos. Otra actividad importante es el marco educativo. Brindamos charlas ad honórem en escuelas, tomando contacto con las nuevas generaciones, y aquello que el Estado no les brinda se lo brindamos nosotros. En lo personal, soy uno de los fundadores de la organización. Al principio éramos un grupo de voluntarios, pero desde el '86 destinamos todo nuestro tiempo libre a esta causa. En ese momento estaba todo por hacer. Después rindió sus frutos, porque la legislación vinculada al tema fue gracias a nuestra lucha. Como te decía, ingresé como un simple colaborador, luego fue vicepresidente y desde 8 años soy el presidente.

–Se cumplen 30 años de la gesta de Malvinas. ¿Cree que estamos en un contexto malvinense? ¿Cómo vive la decisión de Cristina de reivindicar la soberanía?

–Si tengo que ser sincero, no es muy favorable mi opinión. Y en esto los ex combatientes pensamos igual. Todos los aniversarios que terminan en cero generan más efervescencia.

–¿No termina de creer lo que dice la Presidenta?

–Me solidarizo con esta suerte de posicionamiento respecto de la discusión de la soberanía, pero demoraron demasiado. Hasta hace 3 años Malvinas era una especie de utopía. Para nosotros nunca lo fue.

–¿Qué debería hacer un gobierno para reparar el olvido y la indiferencia?

–Ya no esperamos nada, ni siquiera el reconocimiento, porque es tarde. Desde el Estado se entiende como reconocimiento el resarcimiento económico. Nuestros compañeros se siguen suicidando, por más dinero que les pongan encima. Por el contrario, lo que necesitamos es mejorar las condiciones de salud y los mecanismos prestacionales, sobre todo en materia de salud mental. Yo vivo mi propio conflicto interno y sé de qué se trata. Los suicidios posMalvinas tienen una incidencia muy grande.

–Da la sensación de que el combatiente de Malvinas está más atormentado que los que han peleado en otras guerras…

–No tenga dudas. El problema es que nunca hubo un plan para contener en tiempo y forma el famoso estrés postraumático. Y hasta el día de hoy Argentina carece de un plan de ayuda psicológica efectiva para los veteranos de guerra. En PAMI hay un programa específico, pero no hemos conseguido un profesional capacitado para abordar esta problemática.

–¿Se ha sentido discriminado por ser un ex combatiente?

–Totalmente: en lo laboral y también lo social. El mito para cualquier empleador es decir “este tipo está loco, me puede armar un problema dentro de la empresa”. Mi primer intento fue en Pescarmona: presenté el currículum y ya estaba adentro. Había un ingeniero muy hospitalario y sabía que era veterano. Me dijo que entraba en 15 días, pero tuve la mala idea de adjuntar al currículo el certificado de ex combatiente. Al rato me llamaron y me dijeron que no iban a tomar gente. La mayoría de mis compañeros sigue sufriendo esto.

–Si hubiera podido elegir, ¿hubiera ido a Malvinas?

–Es muy tramposo lo que me pregunta. Después de vivir la experiencia, yo ahora vuelvo a Malvinas en cualquier condición, porque no tolero esta usurpación, esta impunidad con la que se manejan en el Atlántico Sur, como si fuera su propiedad.

–Argentina ¿tiene alguna posibilidad de recuperar las islas?

–Confío en que la solución llegará por la vía diplomática. En esto debo reconocer la gestión de Cristina, que se aproxima a una posibilidad histórica. El gobierno del primer ministro británico David Cameron está cercado en este sentido, porque hasta Estados Unidos ha admitido que las islas son argentinas.

–¿Cómo vivió y vive la posición de Chile en este conflicto?

–Chile nos traicionó y posibilitó que tengamos 323 muertos del Belgrano. La base de Punta Arena le da la posición exacta al satélite norteamericano. Ellos fueron incondicionales con Gran Bretaña. Lo del Belgrano no fue un hecho de guerra, fue un crimen de guerra, porque estaba fuera de la zona de conflicto y ellos lo destruyeron igual. En aquella época estaba la figura de Pinochet, pero todo un pueblo lo respaldó y aún hoy lo respaldan.

–¿Ha vuelto luego a Malvinas?

–No, no quiero. No me pueden imponer ir a golpear la puerta de mi casa, porque es mi casa. Me imponen el pasaporte. ¿Por qué? Es un acto de repudio que hacemos veteranos en todo el país: es nuestro propio boicot.

–Usted es consciente de que muchos argentinos no creen que las Malvinas sean argentinas…

–Es por falta de información, pero por suerte se está empezando a revertir. Yo creo que desde el Estado se ha desinformado y lo siguen haciendo. Sin ir más lejos, lo que sucede con el informe Rattenbach, un escrito realizado tras la guerra. La presidenta lo desclasifica para demostrar que no fue una decisión del pueblo, pero ¿sabe qué? Yo lo leí en el '87. Aparte la historia no se puede alterar. Podemos criticar al gobierno de facto y a Galtieri, que no era la mejor persona para encarar la guerra. Pero también admitamos que fuimos muchos los que fuimos a pelear. Y no podemos descalificar a nuestros muertos y a quienes volvimos con vida y no tuvimos nada que ver con la dictadura.

–¿Qué opina de los militares argentinos?

–Les tengo respeto. Y he aprendido a separar. Por ejemplo, Aldo Rico es una persona impresentable. Pero en Malvinas el tipo peleó y trompeó espalda con espalda con los soldados. No era el oficial adentro del búnker comiendo caviar. Lo mismo (Mohamed Alí) Seineldín o (Martín) Balza. El problema de Balza fue no reconocer los fusilamientos, que existieron, cuando respondía a la gestión de Menem, que le había pedido cordialidad con Gran Bretaña y desmantelar las Fuerzas Armadas. Esto último lo cumplió a rajatabla. Por su culpa hoy no podríamos hacer ni siquiera la guerra fría.

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Santiago Domínguez Presidente de la Agrupación Veteranos de Guerra de Mendoza. Foto: Nicolás Bordón / Diario UNO
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Santiago domínguez. asegura que el estado sigue desinformando sobre la guerra. Foto: Nicolás Bordón / Diario UNO

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