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Muerde la Letra, un club para darle cuerda a la imaginación

Por Javier Cusimanocusimano.javier@diariouno.net.ar

Es viernes por la tarde y, como desde hace tres años, Patricia, Elena, Ana María, Esteban, Manuel, Amalia, Nora, Sergio, Rubén, Silvia y Ariel se reúnen para compartir su interés por los libros y la literatura. Esta vez, y desde hace ya algunas semanas , el lugar de encuentro es en la Casa de la Palmera, sobre Rufino Ortega 162 de Capital.

Al principio se encontraban en cualquier sitio, y por este motivo durante un buen tiempo fueron saltando de café en café, hasta ir a parar a La Barca, donde les dieron la bienvenida por dos años seguidos. En este bar de la calle Espejo los mozos preparaban exclusivamente varias mesas para ellos y su continuidad los fue transformando de clientes en amigos.

Sin embargo, el comienzo del nuevo ciclo, en febrero de este año, trajo novedades para el equipo. Un tanto más organizados tomaron las riendas de un contrato de alquiler y se mudaron –sin dudarlo ni un segundo– a un sitio estable, con la ventaja de poder expresar sus opiniones con mayor soltura e intimidad que la que brinda la sala pública de un café.

Ahora las citas las realizan en una modesta vivienda ubicada a continuación de una extensión cubierta de verde, árboles y plantas. El espacio donde realizan sus tertulias literarias es muy cómoda, principalmente por su amplitud. Tiene piso de parqué y está compuesto únicamente por una mesa de madera rectangular y una ronda de sillas a los costados.

Se trata de un salón contiguo a otras habitaciones. Cada una de estas tiene la particularidad de estar repleta de esculturas en cerámica y metal. Piezas únicas por sus bellos detalles, realizadas al parecer con técnicas ancestrales y formas que recrean un lenguaje precolombino. En las paredes cuelgan cuadros de pintores mendocinos desconocidos, pero llamativos en colores y texturas.

En otras de las habitaciones hay una biblioteca con varios títulos clásicos, autores argentinos, extranjeros, manuales, textos sobre arte y enciclopedias. Al lado se alza una gran estantería con casetes y algunos discos, y se ven papeles desordenados, elementos de diseño, herramientas y mucho material para seguir trabajando en cerámica con nuevas figuras.

En resumen: el arte los rodea y la bohemia del lugar es fiel reflejo del estilo que pregonan los miembros del grupo, autodefinidos como integrantes de uno de los pocos clubes de lectura que hay en la provincia. Un espacio formado a partir de la necesidad de aprender a leer a los grandes autores y de esa experiencia, por qué no también, ensayar sus propios relatos.

“En calidad de práctica, la lectura en voz alta tiene una historia mucho más larga que la lectura silenciosa, que se hace sólo con los ojos y que es la manera más habitual de leer en los tiempos modernos” (Karin Littau).

Ariel Búmbalo es periodista y escritor, y el encargado de guiar al resto de los participantes del club, ex alumnos de sus talleres, sobre técnicas narrativas. Además del grupo de los viernes, coordina otro los sábados. Muerde la Letra se llama el club de lectura y escritura con el que busca instalar en la provincia un ámbito de formación de lectores y escritores.

“El espacio nació por iniciativa de las mismas personas que cursaron hace varios años mis talleres de escritura. Se formó un grupo muy lindo, que con el tiempo fue dando forma al goce de la lectura compartida, la investigación y el debate sobre textos y autores. Además, abre camino para el desarrollo y mejoramiento de su plan como narradores”, contó Ariel.

En las reuniones se debate sobre las páginas avanzadas desde el encuentro anterior y también sobre lo leído en casa. Los puntos de discusión rondan en torno del estilo literario del texto, la acción de los personajes, el contexto y demás aspectos, aunque es bastante frecuente que el libro derive a experiencias personales de los miembros del club.

“Empezamos leyendo a autores conocidos, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, Adolfo Bioy Cáceres, y luego continuamos con los escritores del boom latinoamericano, como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Juan Rulfo, entre otros. Lo interesante es que el grupo fue creciendo y hoy podemos avanzar sobre autores menos populares”, señaló.

“El ejercicio de leer en soledad y luego compartir las propias interpretaciones de los textos con un grupo de gente que es además amiga es muy estimulante y creo que es uno de los motivos por los cuales el grupo no se desarma. De alguna manera la lectura comentada enriquece nuestra parcial mirada”, explicó el coordinador.

El club, además de los encuentros semanales, se ha fijado el objetivo de crear su propia biblioteca con sala de lectura, disponible para el trabajo con otros grupos de lectura y escritura. También para la realización de eventos literarios como cursos accesorios sobre autores, corrientes literarias y temáticas relacionadas con la formación del oficio.

Además tiene previsto recitales de poesía y promocionar la lectura en las escuelas y otras instituciones a través de diversas actividades. Pronto comenzarán a desarrollar ciclos de proyecciones cinematográficas relacionadas con la literatura. Y sueñan con la posibilidad de una editorial para publicar los textos del grupo e invitados.

“Leer es un hecho que involucra lo físico . La relación de un lector con un libro también es una relación entre dos cuerpos, un cuerpo hecho de papel y tinta, el otro cuerpo hecho de carne y hueso” (McGann).

Patricia Méndez es una de las diez aficionadas a la lectura que componen la ronda de la que por primera vez formó parte en calidad de oyente. “Es llamativa la cantidad de cosas que van surgiendo en el camino. Algo que cada vez repetimos con mayor frecuencia es incorporar a las lecturas experiencias sensoriales de lo leído”, dice entusiasmada, y explica a qué se refiere con “experiencias sensoriales” mediante un ejemplo.

“Durante la lectura de La Tía Julia y el escribidor me tomé el trabajo de conseguir los distintos té peruanos que Vargas Llosa utiliza para ilustrar acciones de uno de sus personajes principales, el periodista Pedro Camacho. En el texto, Camacho es un apasionado de la hierba luisa y en una de las sesiones la traje para que todos probáramos y tuviéramos otro acercamiento a la lectura”, dice.

Ana Muratti aprovecha para dar más detalles sobre este aspecto. “Además de las lecturas incorporamos, a la par de los libros, material que nos sirve para comprender con mayor profundidad los textos. Para eso contamos en muchos casos con la ayuda de Manuel Gutiérrez, quien por su maña con la tecnología apodamos el Pirata Morgan”, dice y todos comienzan a reírse, porque saben que gracias a Manuel logran acceder a películas que no circulan en el mercado provincial.

Y entre risas y el desorden, Nora Morini le cuenta a Sergio Sevilla que “estuvo bellísima” la charla y lectura de poemas de Ernesto Cardenal. “Sin dudas, es un genio para escribir poesía de la vida cotidiana”, comenta , y Elena Fernández, sentada frente a ella, explica que hasta la utilización de malas palabras queda bien en sus poemas porque “están ubicadas con inteligencia, justo en el sitio donde tienen que estar”, describe.

“Una aprende a escribir en la medida en que se transforma en un buen lector”, explica Fernando Bermejo, preocupado por el futuro de los libros y los lectores. “A veces pienso que somos una especie en extinción, y por eso creo que son tan importantes estos espacios. Además, es una buena forma de que las edades más dispersas se unan por una misma causa entre gente de oficios variados”, subraya.

Y no se equivoca en lo que dice. De los diez reunidos, ninguno estudió específicamente literatura, salvo Ariel Búmbalo. Dos contadoras, una empresaria, una estadista, un empleado de comercio, un músico, una psicóloga, un diseñador gráfico, un mediador y una profesora de teatro son los que mutuamente se enriquecen cada viernes con sus diferentes miradas en los estimulantes encuentros de los últimos tres años.

“Los libros cambian el destino de las personas. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes; Hemingway los convirtió en deportistas. Bluma fue su víctima” (Carlos María Domínguez).

Pasaron dos horas desde que atravesé el portal que separa la bulliciosa ciudad del encuentro con el club de aficionados a la lectura. Compartir una de las sesiones habituales del grupo trajo hasta mi memoria una vívida imagen de infancia y, como si volviese hasta aquella, época recordé nuevamente, quizás, la primera vez que compartí una lectura grupal con mis compañeros de escuela.

“Hace muchos, muchos años, cuando era chico”, comenzó a relatar Osvaldo siguiendo en voz alta la lectura de un libro, “oí por primera vez lo que ahora voy a contarles”, dijo, y Enrique se acomodó más cerca de la fogata que ardía en llamas. “Fue una noche tan fría y despejada como ésta”, señalaban las páginas del viejo ejemplar de biblioteca.

“Estaba sentado junto a otros niños mirando fascinado el fuego y de repente alguien, no recuerdo quién, rompió el silencio y repitió: ¿Se preguntaron alguna vez dónde queda el fin del mundo? A nadie se le ocurrió contestar nada, por supuesto, porque aunque éramos pequeños sabíamos que el mundo es como una gran esfera gigante que no tiene principio ni fin”, hablaba la voz narradora.

“Sin embargo, la historia que escuché esa noche cambió mi vida para siempre”, subrayó Osvaldo, quien interrumpió la lectura para agregar otra leña al fuego. Esa noche mi compañero leyó el libro hasta el final y luego cada uno de los reunidos al devolvernos la mirada descubrimos que el relato, como un hechizo, provocaba en nosotros el mismo efecto que inspiró a su escritor, puesto que encarnado nuevamente en las palabras de Osvaldo, sentíamos que nuestra vida no volvería a ser la misma después del cuento. Nunca nos detuvimos a analizar el porqué del poder del libro y ahora me resulta difícil recordar su título. Sin embargo, mucho tiempo después de aquella experiencia, no me costó descubrir que los libros cambian el destino de las personas y que la lectura en grupo tiene algo de mágico y misterioso.