País Domingo, 18 de febrero de 2018

Choque de planetas Gobierno-gremios

Es malo para una Nación que algunos ciudadanos que tienen ascendencia sobre otros deseen que afloren tempestades.

Mauricio Macri. 

Por José Calero

De Noticias Argentinas

Las medidas de fuerza preparadas por varios gremios para esta semana son seguidas con preocupación por empresarios locales, pero sobre todo por la comunidad internacional de negocios, que sigue sin entender muy bien hacia dónde quiere ir la Argentina.

Tras las bravuconadas del gastronómico Luis Barrionuevo y del camionero Hugo Moyano advirtiendo de que Mauricio Macri podría no terminar su mandato, quedó la sensación para muchos integrantes del establishment consultados, de que la Argentina "no aprende más".

Lejos de estar "condenados al éxito", como alguna vez intentó instalar Eduardo Duhalde, los argentinos parecen estar "condenados".

Punto

Aún faltaban seis años para que Juan Perón llegara al poder, cuando un filósofo llamado José Ortega y Gasset dio una conferencia aquí que por alguna razón se convirtió en memorable.

Su título dejó una frase muy recordada, y repetidas hasta el hartazgo, como también ocurre en esta columna: "¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!".

Dicen que Ortega estaba fascinado con la Argentina, en parte por su potencial infinito, pero también por cierta tendencia autodestructiva que advertía en su pueblo.

Ese filósofo que pasó a la historia consideraba, entre muchas otras ricas reflexiones, que el argentino tenía una "extraña insatisfacción", como si estuviese convencido de las "ventajas" de vivir en "crisis" permanente.

"Siempre me sorprende ver a los argentinos desmoralizados cuando todo está por hacerse y tienen formidables recursos económicos y humanos para lograrlo", se le escuchó decir en esa clase magistral que dio en La Plata cuando ya asomaba 1940.

Con esas palabras, tal vez incluso se anticipaba casi 70 años a lo que ocurriría en la primera parte del siglo XXI.

Fue cuando llegó a elucubrar que cierto convencimiento de los argentinos de que una buena cosecha salvaba el año, o hasta una década, abría paso en realidad a otra hipótesis temeraria.

Escribió que la "prosperidad agroganadera" parecía anular otros potenciales del país.

Y hasta advirtió, 10, 20 ó 70 años antes -podría ponerse el tiempo que se quisiera-, que por ese mismo convencimiento de contar con materias primas inagotables y el repetido argumento sobre contener "todos los climas", los argentinos entendían que finalmente siempre el Estado podría socorrer, o suplir, cualquier falencia de sus habitantes o su clase política, gremial o empresarial.

Como si ese "Papá Estado", finalmente, sería capaz de garantizar el porvenir de los argentinos para la eternidad, y además tuviese la obligación de hacerlo, cueste lo que cueste.

"Donde existe una necesidad, nace un derecho", construyó luego esa oradora extraordinaria y volcánica que fue Evita, y pareció que desde ese momento y, para siempre, la Argentina, sus habitantes, iban a estar "condenados al éxito".

Así, podrían asolar al país todos los males, fuesen dictaduras feroces o democracias débiles, empresarios de fuste o cínicos vividores de créditos incobrables, banqueros capaces de espoliarle el dinero al más débil, o gremialistas multimillonarios con afiliados pauperizados que, finalmente, como se suele repetir en estas pampas, "Dios proveerá".

Continuidad democrática y economía

Lo más posible es que Moyano, y Barrionuevo, y también el ex juez de la Corte Eugenio Zaffaroni, estén errados en sus deseos, que Macri "sobreviva" y llegue al final de su mandato.

En buena medida porque la coyuntura dista mucho de la ocurrida en el 2001, que tumbó al radical Fernando de la Rúa, pero sobre todo porque parece que buena parte de la sociedad ya se dio cuenta de que las democracias truncas terminan siendo "mal negocio" para casi todos.

Pero actitudes como las de Moyano y Barrionuevo, y de Zaffaroni, pueden resultar altamente dañinas para el bienestar del país en general, para el bien común.

Es malo para una Nación que algunos de sus ciudadanos, y más si tienen ascendencia sobre miles de personas y sus familias, como ocurre con Moyano, salgan a desear que afloren tempestades sólo por algún beneficio propio, como zafar de una, o varias, causas judiciales.

Tal vez entonces, entre tanto reclamo de derechos, y escasa admisión de obligaciones, convendría, en estas horas complicadas, y sobre todo exigentes para el bolsillo de los más postergados, echar mano de aquella frase del discurso de asunción de John Fitzgerald Kennedy, que también se hizo célebre como las palabras de Ortega.

"No preguntes lo que tu país puede hacer por ti. Pregunta lo que tú puedes hacer por tu país".

La pronunció aquel hombre que sedujo al mundo y parecía encaminarlo hacia otro nivel, hasta que dos balazos truncaron su destino en una calle de Dallas.

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