Dirigió al subcampeón mundial. El entrenador del Club Mendoza de Regatas condujo al seleccionado
argentino sub 19 a la final del Mundial de Chaco. Fotos

Testa y el premio al crecimiento permanente

Por UNO
Si algún distraído aún pregunta quién es Luis Testa, la respuesta es fácil: es uno de los mejores entrenadores del vóleibol argentino, ya consagrado a nivel mundial. Sólo eso. Y por ello fue honrado con el premio UNO Ovación a la Trayectoria.

Este puntano, que apenas ha superado el medio siglo de vida, tiene como último y máximo logro haber llevado al seleccionado argentino sub 19 a la final del Mundial, donde se quedaron con la medalla de plata tras perder con Polonia en un cerrado tie break, demostrando que todo el camino previo a su designación como DT de un seleccionado nacional fue siempre un camino de ascenso, donde jamás se tomó una pausa ni dejó nada librado al azar, aunque él mismo diga que “siempre he tenido suerte y he encontrado las personas que han sabido ayudarme”.

Luis trabaja desde el año 1991 en el Club Mendoza de Regatas, y el equipo masculino lleva 15 años saliendo campeón local (sólo interrumpido en el 2007), y participando en las distintas ligas nacionales, además de dirigir a los seleccionados mendocinos de distintas ramas y categorías con todo éxito.

Josefina, su mamá, nunca imaginó que su bondad, su solidaridad y vocación de servir cuando se llenaban el patio y la casa con gente que traía enfermos a que Doña Gorda, o la Boba, como la llaman sus nietos, y les curara el empacho, la ojeadura u otros males y dolencias, allá en la capital puntana, volverían retribuidas con creces en uno de sus cinco hijos: Luis Aldo, para hacerlo que fluya en la vida, impulsado siempre por su gran contracción al trabajo y búsqueda de la perfección.

Mi filosofía es “trabajar mucho y buscando la excelencia. Siempre apostando a la disciplina, el orden, el respeto, basado en la credibilidad. Me gustan mucho las ideas de Miguel Ángel Cornejo –tiene más de 38 libros editados sobre excelencia corporativa, humana y social–, que tiene un libro muy bueno sobre liderazgo y excelencia. Desde el 2001, cuando daba cursos de técnico, les hacía escuchar a los asistentes los casetes de Cornejo”, comentó el Pelado, quien sabe lo que es amalgamar y aprovechar distintas fuentes de conocimiento para su actividad.

Inquieto

Luis da una clara muestra de cómo es al contar sus experiencias de niño. “A los 8 o 9 años nos pasábamos el día jugando a la pelota en una canchita cerca de casa, el club Sacachispas. En la escuela Don Bosco estábamos todo el día. Estudiábamos y jugamos al vóleibol, al fútbol y ahí descubrí el tenis de mesa, al que llegué a jugar muy bien. Soy muy competitivo. En el año ’81 me perdí el inicio del campeonato porque me dio fatiga muscular, imaginate si era inquieto”, explicó.

“No puedo quedarme quieto. Practiqué fútbol, y era bastante bueno. Estuve en la Primera allá en San Luis, donde jugué en el club Lafinur (donde luego jugaría también al vóleibol) y llegué a enfrentar a Juan Gilberto Funes. Cuando vine a Mendoza y comencé a trabajar en el club Guaymallén entrené varios meses en la primera, que tenía como técnico a (Haroldo) Cortenova”, rememoró el entrenador.

El amor por el vóleibol

“Mi amor por el vóley comenzó gracias a un profesor que teníamos en la secundaria (Don Bosco), el Negro Funes, que nos motivó a otros siete para hacer un equipo. Éramos los “ocho locos de vóleibol”, fuimos al campeonato argentino en Chapadmalal, tras ganar los intercolegiales, y de 24 equipos salimos 23º.

Después comenzamos a mejorar, hicimos cursos con el profe Negro Funes y así crecí en este deporte”, explicó Luis.

Y volviendo a su idea de haber tenido suerte, Testa contó cómo la vida lo encaminó: “Terminé el secundario en el ’82 y un amigo me entusiasmó para que fuéramos a la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea, en Córdoba, pero así como fuimos, volvimos.

Previo, y para no perder el año, tenía un plan B, y empecé a estudiar ingeniería en minas, pero creo que hasta me enfermé de cursar eso. Evidentemente no era lo mío”, contó para agregar: “Me di cuenta de que quería estudiar educación física.

Tuve que elegir entre Río Cuarto o Mendoza, y elegía acá, por la historia en el deporte que tiene la provincia”.

Lejos pero contenido

“Fueron años duros, luego de un año de estar acá, me pagaba los estudios trabajando en una distribuidora de productos Johnson y los fines de semana dirigía un equipo femenino en Lafinur. En segundo año un amigo me invitó al club Guaymallén y ahí hice de bañero y comencé a trabajar con el vóleibol. Junto con Cecilia Romano creamos ocho divisiones que fueron creciendo en competitividad. Allí conocí a los Giménez Riili, que junto con Jorge Saguán apoyaron mucho nuestro trabajo”, contó el Pelado.

Respecto a la bondad de la gente que lo acogió en Mendoza recordó: “En ese club me sentí como en mi familia. Dormía en una pieza donde se guardaban las cosas de la pileta.

Almorzaba con Caty y Eduardo, encargados del camping, y me trataban como un hijo. La comida no era mucha, y a la noche me llenaba comiendo uva en una finca cercana. Para no tomar frío en invierno, me bañaba en la casa del Canguro Pizarro y lavaba la ropa en casa de los Pastor. También me alojaba a veces con la familia Narváez, y tomaba mate en lo de los Forconese o los Arancibia. Un compañero del instituto, Marcelo Socías, viendo que me enfermaba y estaba a fines de año muy cansado, me “internaba” en su casa en la época de los exámenes y ahí comía y dormía bien y me recuperaba. Eso fue lo que más

me ayudó en mi carrera, la contención que me dio esa gente hermosa, que me abrieron las puertas de sus hogares”.

“No puedo dejar de recordar a Cacho Castillo, un lechero que vivía cerca del club y me llevaba en su Rastrojero hasta el centro, porque cursábamos en la UTN. A principio de año iba a su casa, le hacía arrancar la chata y lo esperaba mientras se levantaba.

Cerca de fin de año estaba tan cansado que venía al club, entraba a la pieza y me despertaba. “Vamos que falta poco”, me alentaba”. Luis sigue dando amor, como aprendió en su casa materna, con sus padres, Aldo y Josefina. A pesar de ser un encumbrado entrenador de la elite internacional, sigue buscando la inserción de los niños, apoyando el minivóleibol, al que considera “la base para que el deporte crezca cada vez más alto”. Da cursos, y trabaja con el entrenador Gustavo Gómez,

de la Federación Mendocina, con el vóleibol inicial.

 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed