Por Lucio A. Ortiz
Hay artesanos que aprovechan cualquier ocasión, una feria, una gran fiesta popular para vender sus pulseras y collares. Hay gente que va a poner sus puestos de choripanes, de lomitos. Están los que siempre están, para vender gorros, banderas, cornetas y todo lo que haga ruido o tenga colores de una camiseta. Y los más simples que se ofrecen para vender helados, sanguchitos o la comida típica del lugar. Todos tienen que viajar cientos de kilómetros y trabajar para volver con platita fresca a la casa.
Y en el Mundial de Brasil, ¿qué pueden vender los visitantes que lleguen secos y con bolsillos flacos? Es muy simple si hay un argentino dispuesto a ganarse un peso de manera honesta y que elude con una gambeta larga a los oficios y a los vendedores ambulantes comunes.
Es el caso de Julián y de Diego. Uno de Montegrande del partido de Esteban Echeverría, en la provincia de Buenos Aires. El otro de Las Toninas, una zona del partido de La Costa, que limita con San Clemente.
¿Qué hacen? ¡Qué los hace diferentes? Imagínense a Diego, el de Las Toninas, con la peluca negra a rulos, imitando al Diego más famoso de la historia. Y nada menos que frente al Maracaná, en el emblemático estadio de Río de Janeiro. Vestido como Maradona en el Mundial ’86, el muchacho de casi 40 años, hace ejercicios de calentamiento, partea el aire, expira y se cree Diego. La gente de Colombia, Costa Rica, Chile, México, Alemania y otros se saca fotos con el loco lindo.
Me acerco y le digo, por lo bajo, al caradura: “Vos tenés más huevos que Diego en el ‘86”.
Y el Diego imitador entiende el mensaje y contesta: “Claro mi viejo, para vestirse así y en este lugar hay que ser un valiente”, mientras recibía unos reales de “colaboración” de un belga.
Y el otro argentino en cuestión, Julián, sin disfraz, pero encarando a cada persona que pasa por la peatonal que une la estación del estadio ofrece: ”Una foto con la copa del mundo, a colaboración”. Y la gente se prende, una réplica de plástico de color dorada, es un objeto tentador para negarse. El muchacho se ofrece a sacarle las fotos con las mismas cámaras de los turistas y se gana unos reales.
Si esto no es ingenio, el ingenio dónde está.
Fuente: Diario UNO Mendoza



