Escribí y borré mil veces tras el primer encuentro. Decidí no expresar públicamente lo que me hiciste sentir y darme (y darte) otra oportunidad. En el fondo de mi ser quería creer que la estaba pifiando feo y que me darías mi merecido. Pero nada de eso pasó.
Soy de esas que no dejan de asombrarse con tu talento. Soy de esas que eligen confiar en vos, de esas que van a llorar cuando no juegues más para la Selección y que sintieron desesperación el día que renunciaste.
Pero también soy de esas que no te quieren sensible. Tu sensibilidad no me inspira; me duele. No quiero un Messi "triste" por errar un penal. Quiero un Messi re contra caliente. Quiero un Messi con bronca, que aliente, que grite.
No quiero un Messi al que sus compañeros deban "consolar" y "acompañar". Quiero un Messi con la cabeza en alto, que haga borrón y cuenta nueva en cuestión de segundos y que se levante al día siguiente con ganas de romper todo. Quiero un Messi rebelde, que motive al resto.
No quiero un Messi "en una cajita de cristal" al que todos tengan que cuidar para que no se deprima. No quiero un Messi tapándose la cara y frotándose la frente durante el Himno. No quiero un Messi rezando antes del pitazo inicial de un partido trascendental. No quiero un Messi mirando al cielo. No quiero un Messi mudo, escondido en el vestuario. No quiero un Messi que no dé declaraciones.
Este Messi duele. Me duele. Duele porque no lo esperaba. Duele porque creí que ibas a ser un bálsamo en medio del caos. Duele porque volví a ilusionarme a pesar de no querer hacerlo. Duele porque me obligaste a creer en vos, porque creí que estabas más allá del bien y del mal. Duele porque confié en vos. Porque por momentos me convencí de que no eras de este mundo. Tanta fragilidad duele. Y por tu culpa, duele.

