Cuando viajamos a Rosario en 2012, El Luifa y Charly, amigos y productores de televisión, no habían oído del Trinche. Cuando uno habla de él no sabe si cuenta mitos o verdades, así que simplemente les conté lo que leí, lo que escuché, lo que sabía. Esa tarde en que iba a cortarme solo, decidieron acompañarme. Y no sólo eso, se pusieron al hombro toda la producción.
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Nunca voy a olvidar aquella imagen. Con razón le decían el Gitano. Ahí me convencí de que era cierto aquello de que no necesitaba un colchón porque dormía en el piso. Estábamos a metros de su casa, por estacionar, cuando vimos al hombre de rulos canosos recostado en la vereda, con los brazos detrás de la cabeza haciendo las veces de almohada. Ahí está el Trinche -les dije- y rompimos a carcajadas. "¡Me dejaron afuera!" -dijo-, "así que me tiré a descansar un ratito". No tenía las llaves de su casa.
Leí sobre Carlovich a los catorce años. Antes no había escuchado de él. Fue en una nota de la revista Mística de Olé titulada "El Maradona invisible", con la foto en tapa de un barbudo estilo Checho Batista que, al parecer, tenía un talento comparable al de Diego. Grande fue la sorpresa cuando en su trayectoria figuraba Independiente Rivadavia. Ese fue el inicio de una fascinación por el mito y sus anécdotas.
Mi abuelo y mi viejo, consultados sobre la cuestión, dieron fe de que era un exquisito, pero ¿tanto cómo Maradona? De eso ninguno se atrevió a decir que sí, pero tampoco lo negaron. Doce años después, trasladé aquella pregunta en Rosario a taxistas, mozos, kiosqueros y a cuanta persona con que interactuamos aquel fin de semana. Llegué a la conclusión de que era crack de verdad, a pesar de la leyenda, porque estos testimonios de gente común fueron coincidentes con los de José Pekerman, César Luis Menotti, Mario Kempes y otros especialistas, excompañeros y rivales de Tomás Felipe.
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Después de un rato de charla y espera, nos pidió que lo acompañáramos unas cuadras a ver si estaba el hijo en su casa. Allá fuimos con filmadora, grabador y equipo de mate. Tuvimos suerte e ingresamos. Primero le dimos al Trinche la camiseta de La Lepra que le llevamos de regalo. "Es la única que tengo" -dijo agradecido-. No se había guardado nada, de ningún equipo. Todo el mundo le pedía las casacas y él no sabía decir que no. Los tesoros del Trinche no estaban en el placard, sino en sus recuerdos. Y sacarle un recuerdo era como intentar quitarle la pelota. El Trinche solía responder con anécdotas que no respondían las preguntas, con la habilidad que demostraba en el Gabino Sosa.
En La Lepra debutó el 21 de febrero de 1975 en la final del Vendimia contra Godoy Cruz. Estuvo ausente en los partidos previos porque rápidamente hizo su primera desaparición. Firmó contrato y se fue para Rosario. Aquel triunfo 1 a 0 significó el primer título, aunque no oficial, en su primer partido en Mendoza. Es anecdótico, ya que su carrera no se cuenta por títulos, ni goles, ni triunfos, sino por su esencia, por su juego mismo. El Trinche no parecía tener hambre de gloria, sino de jugar. No importaba el rival, sino tener la pelota, "hacer jugar" y algún gol cada tanto. Convocar al rosarino para algún partido era como invitar a un amigo a un picadito en el barrio, ese que se compromete, pero que hasta último momento no se sabe si llega.
Su estadía en Mendoza fue corta, algo más de un año entre 1975 y 1976. Suficiente para dejar huella y convertirse en Rey. Fue subcampeón en el primer torneo y campeón en el segundo, aunque se perdió la recta final tras una expulsión ante Gimnasia y concretar la última de varias desapariciones. Aquella vez ya no lo fueron a buscar y es de suponer que se quedó por Rosario. Como él mismo nos dijo, extrañaba y se escapaba, después volvía y jugaba. Y eso que en La Lepra fue su etapa más profesional. Pero en realidad, lo que encarnaba era el principio del amateurismo, el amor por el juego mismo.
A Mendoza regaló dos partidos para enmarcar. El primero en 1975, cuando se calzó la de Gimnasia en un amistoso contra Boca. Ese día jugó con el Víctor y la rompieron. Nunca más compartieron cancha, ni siquiera como rivales, pero sí varias cenas y miles de anécdotas, porque la amistad pasó por encima de la Azul y de la Blanquinegra.
El segundo fue en 1979, cuando siendo jugador de Maipú, aceptó el desafío de medirse ante el Milan como refuerzo de Andes Talleres. Entró en el segundo tiempo y parece que hizo algunas de las suyas. Algunos sostienen que bailó a Franco Baresi, pero el Trinche jamás diría algo semejante. Sin embargo, aunque se haya limitado a decir que ese partido fue comparable al de la Selección Rosarina contra la Argentina de Vladislao Cap, creo que es prueba suficiente de que dio cátedra.
Lejos de destacar su juego, el Trinche nos contó que se destaca en la cocina. Hacía asados cuando se reunía con los excompañeros Charrúas, pero su especialidad era el pollo al disco. Si hubiese sido cocinero, se habría jactado de sus dotes futbolísticos.
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El valor de la amistad era innegociable y la hospitalidad hacia nosotros no condice con las advertencias previas al encuentro. "Es hosco, pide plata por la nota, es muy difícil contactarlo". ¿Habrá sido suerte la nuestra? Nos atendió al primer llamado, nos recibió en su casa -bueno, en la del hijo-, nos llenó de anécdotas y, por si fuera poco, nos invitó a la cancha, a comer cuando quisiéramos y hasta nos ofreció alojamiento incluso en las casas de sus amigos en caso de que cayéramos muchos.
Pasaron los años y no aprovechamos ninguna de esas invitaciones, aunque no niego que la tentación estuvo. En definitiva, lo que quería saber es si el Trinche fue mejor que Maradona. Él no me lo dijo. Nunca diría una cosa así. Igual pude sacar mi propia conclusión. Me la reservo. Aprendí que ciertas cosas hay que guardárselas para uno.
Me quedo con esa imagen del Trinche recostado en la vereda. Creo que es el símbolo de esa "humildad que nos bailó a todos", al decir del Diego. ¡Gracias maestro!

