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El DT más internacional de Mendoza. El entrenador cordobés está radicado en Maipú y cuenta detalles de su vida. Es odontólogo, pero no ejerce y tiene su palabra como un compromiso a cumplir
 

El mundo expresivo de Milanese Commisso

Lucio A. Ortizortiz.lucio@diariouno.net.ar

Su presencia no pasa inadvertida como tampoco su voz y la tonada cordobesa. Han pasado los años de aquella primera aparición en 1984 como ayudante técnico de Gualberto Muggione en Atlético Argentino, pero Víctor Milanese Commisso habla como si todavía viviese en “Córdoba capital”. Por eso afirma: “A pesar de estar radicado en Maipú hace años, nunca olvido mis raíces, ahí me crié y aún tengo muchos amigos”.

Sus convicciones y su carácter entre una sumisión externa y una caldera por dentro, lo han llevado a destacarse en el mundo del fútbol. Claro que la tranquilidad a veces explota y se lo acusa de malhumorado y de “técnico raro y conflictivo”.

En la revista Don Balón, en Chile, escribieron: “Algunos lo tildan de versero. Otros van más lejos y dicen que está loco. Y más de uno de sus pupilos sostiene que es un genio. Opiniones hay de todos los gustos, pero está claro que Víctor Milanese Commisso es un entrenador atípico, al que verdad vale la pena conocer”.

Nunca se guardó nada. Abre la boca y lo dice todo, de frente “Porque sostengo los códigos del fútbol, yo doy mi palabra y eso es lo que vale, aunque para otros la palabra, a veces, no es una promesa a cumplir. Yo doy la palabra y eso es una firma. La cumplo”.

Comenzó a trabajar como director técnico cuando “Muggione se fue de San Martín y me dejó a mí. Hice una gran campaña y lo llevé al Regional”.

Es orgulloso de todo lo que aprendió : “me recibí con promedio 10 y mención especial como director técnico. Pero en la práctica le enseñó mucho don Ángel Labruna al que conocí en su etapa de Talleres de Córdoba y después en River. También viví muy cerca del Coco Basile, en Carlos Paz, cuando dirigía a Racing de Córdoba”.

De padre militar y madre profesora de piano proviene Víctor que jugó de volante creativo en Avellaneda de Córdoba, y luego en Belgrano, Rosario Central (“Estuve en un amistoso con Flamengo”), Olimpia de Paraguay, Palmeiras de Brasil y Chaco For Ever. Mi carrera se terminó ahí porque mi vieja odiaba el fútbol y quería que terminara de estudiar. Me recibí de odontólogo en Corrientes, había empezado en Córdoba, pero nunca me gustó. Yo quería ser abogado pero en mi casa no permitieron que estudiara eso”.

Cuenta que “sólo ejercí seis meses y lo puse en práctica una vez en San Martín, cuando lo atendí a Logiácomo”.

Acá en Mendoza se habló siempre del pase de Pedro Ojeda en 1986 a Coquimbo Unido de Chile. ¿Cómo fue? Y aclara: “Nazar (dirigente de Gimnasia) nunca fue dueño del pase porque la esclavitud se abolió en 1813, y nadie es dueño de otra persona. Perico pasó a préstamo de Gimnasia a Godoy Cruz para el torneo ‘85/86 y el 30 de junio de 1986 quedó libre. Yo sólo fui el contacto para que arreglara en Chile”.

Sigue contando: “Después lo ayudé para que arreglara en Instituto, en Racing Club y en Numancia de España, pero nunca gane un peso por eso. Lo ganó Perico”.

Sostiene que: “Yo te puedo armar un equipo sin que el club gaste un peso, porque tengo los contactos con los propios jugadores”.

“Yo les hice ganar plata a varios clubes y nunca me quedé con plata de nadie”, dice fuerte con su tonada cordobesa entre intimidante y graciosa”. Así es Milanese Commisso. Tómalo o déjalo. Va de frente 

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