Por Raúl AdriazolaEnviado especial a Las VegasDe niños soñamos. De grandes sólo cambiamos el rumbo de esos sueños primeros. El cine, la TV y la música nos enseñaron a anhelar ciertos lugares y paisajes. La profesión y el boxeo se aunaron y el niño que anida en el periodista cumplió, plasmó, sus ilusiones.Volar sobre toda América, exceptuando sólo Canadá y Alaska, en una larga noche, pareció una experiencia onírica. La pantalla del asiento del vuelo Buenos Aires- Dallas, mostraba como cruzábamos Argentina, pasábamos cerquita de Mendoza y remontábamos continente al norte.Luego tocó ver el paisaje desde el cielo, ya de día, y escuchar nombres de ciudades como Amarillo (Amarillo by Morning, de George Strait, es mi favorita), Houston, Albuquerque, ver el desierto extenso e imaginar a John Wayne buscando a su "sobrina" Natalie Wood, fue una misma cosa.La gran noche del MGM Grand Arena, ya con el diagnóstico tranquilizador de Yoni Barros en mano, fue otra experiencia religiosa, como lo sería para cualquier seguidor del deporte de los puños.El nocaut de Mikey García sobre el torito montenegrino y ahora ex campeón mundial ligero Dejan Zlaticanin ya prorrateó todo gasto. El duelo de estilos, sobre el ring y fuera de Leo Santa Cruz sobre el hombre del Ulster Carl Frampton, en una pelea memorable que pide tercera edición, al estilo saga de George Lucas. Y en las gradas (casi completas) canciones como Jalisco o Guadalajara compitieron con Sweet Caroline o alguna de los Rollings, todas coreadas multitudinariamente.La charla con colegas locales o irlandeses, el apretón de manos con Floyd Mayweather (selfie incluida) Abner Mares o Robert García, el pretzel con cerveza tirada, fueron de yapa, como el ir a comprar a la cafetería "two glasses of hot water" para llenar el termo y tomar unos mates con donas...El boxeo es uno solo. Es talento, sacrificio y coraje. Pero con esas luces, público, música y ambiente festivo cosmopolita, es más lindo. Es un sueño.



