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Riorda: "El primer generador de noticias falsas es la política. Le sigue el periodismo"

Mario Riorda, autodefinido como "activista de la de comunicación política", fue entrevistado en Radio Nihuil y dejó conceptos que son una guía de navegación para gobernantes

A Mario Riorda le gusta definirse como un “activista de la comunicación política”. Un activista intenso. Incansable. Todoterreno.

Investigar las crisis en el sector público es una de sus especialidades. Lo cual hace que su voz resulte indispensable en estos tiempos de sacudida global que no da respiro. Fundamentalmente a partir de la publicación de su libro Cualquiera tiene un plan hasta que te pegan en la cara, cuyo subtítulo resume la intención final de la obra: Aprender de las crisis.

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No conforme con su abundante y constante producción intelectual, Riorda, en un confeso acto de humildad, para la confección de este trabajo se aventuró a correr los límites de su propio saber. Entendió, dada la complejidad de los actuales fenómenos, que debía ampliar su mirada. Apeló, para ello, a la colaboración de una psiquiatra especialista en situaciones de estrés colectivo, en situaciones de emergencia y de desastre, Silvia Bentolila.

Para Riorda el año de la pandemia ha sido productivo porque logró terminar dos libros, participó en numerosas clases y conferencias, escribió para periódicos y revistas especializadas, pero, aun así, terminó absorbiendo un fuerte shock personal porque generalmente, en épocas normales, suele pasar más de 300 días fueras de su casa, haciendo entre 140 y 150 viajes aéreos al año.

Desde Córdoba, acuartelado desde hace más de diez meses, dialogó con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

Al final de esta extensa y sustanciosa charla, una cosa podemos anticipar con seguridad: sabremos muchísimo más sobre los procesos de comunicación de crisis. Una clase magistral. Una guía de navegación para gobernantes.

-¿Cómo fue pasar casi todo 2020 en cuarentena?

-Es verdad que las situaciones de confinamiento suelen afectar a mucha gente, generando traumas a futuro. Pero también es verdad que, en muchas otras personas, se produce un afianzamiento de lo que se denomina la búsqueda del yo interior o lo que más genéricamente se entiende como la búsqueda del propósito.

-El mundo en pandemia se transformó para diversos especialistas, como científicos, sociólogos, filósofos, como un gran laboratorio de crisis humana, ¿no?

-Aclaro que mi mirada es siempre crítica, siempre comunicacional. Y al respecto destaco un artículo con las enseñanzas que dejó la última pandemia que tuvimos en el mundo, la llamada H1N1. La Comisión Europea, que es el órgano rector de la Unión Europea, encargó a un grupo de once académicos un documento para saber cómo gestionaron la enfermedad en el continente.

-¿Cuál es el punto que más le llamó la atención?

-De las múltiples lecturas, me llamó poderosamente la atención un bloque del análisis. Dice que se manejaron más o menos bien desde la microbiología, la medicina, la perspectiva sanitarista, la epidemiología, pero no en otro aspecto, pues a la gestión de las crisis le faltaron las miradas o los aportes de la ciencia sociales. En particular, estuvo mucho más concentrado en un momento específico, que fue la instancia de la vacunación.

-¿Cuál fue el déficit?

-Lo que faltó ahí, fuertemente, según este trabajo, fue, en primer lugar, la consideración de una mirada profesional de la comunicación. Ocurrió once años atrás. Y tengamos en cuenta que la comunicación tiene enormes dificultades por la diversidad de medios y tipos de consumo. Al mismo tiempo, está atravesada por una cantidad de situaciones o sesgos cognitivos, que son filtros que deforman. Pero, además -y esto tiene 101% que ver con la actualidad-, le faltaron las miradas que la logística, especialmente, pudiera aportar al proceso de distribución de la vacuna. Le faltaron miradas relacionadas con la lectura ética y filosófica de las tensiones que hay entre libertad individual y responsabilidad social.

-¿Lo ocurrido once años atrás sigue teniendo vigencia en la actualidad, entonces?

-Esto que leemos hacia atrás puede cambiar, obviamente, porque la actual es la primera pandemia a escala global en términos de comunicación. Literalmente la vemos en tiempo real, atravesada por las redes. Pero la problemática prácticamente es la misma, se repite pandemia a pandemia, crisis a crisis, riesgo a riesgo.

-Después de haber ido analizando diversas crisis nacionales o regionales, casos como los de Argentina, Chile, Ecuador, etcétera, de repente el mundo entero se volvió un solo caso de crisis. ¿Cómo lo tomó?

-El mundo es un caso donde, si vale la expresión, cada subcaso es criticable de uno u otro modo; donde no hay modelos ideales o faros para poder vernos. Y eso es lo notable, porque uno puede criticar al gobierno argentino, a los gobiernos provinciales o de las intendencias, pero, en general, cuando uno mira comparativamente, en verdad no hay lugar en el mundo de alguien que lo haya hecho bien.

-Pero algunos habrán hecho ciertas diferencias positivas, suponemos.

-Puede, sí, haber lugares que han tenido capacidades previas, instaladas, que le permitieron hacerlo mejor. Por altos niveles de confianza pública por parte de la sociedad. Por una condición interesante de infraestructura en la saludad pública. O por particularidades irreproducibles.

-¿Por ejemplo?

-Hablaba de confianza pública, de un sistema sanitario robusto y, particularmente, de la condición de insularidad de Nueva Zelanda. Son elementos difícilmente reproducibles en gran parte del mundo. Pero, también, el liderazgo de este país es quizá uno de los mejores casos a nivel internacional. Se trata de una persona fantástica en términos de mirada de género: la primera ministra Jacinda Ardern. Hay que decir, también, que ha posado gran parte de la gestión arriba del sistema digital de emergencias para tsunamis.

-¿Qué significa esto?

-Que quien vive en Nueva Zelanda o en buena parte de los países que permiten la trazabilidad, le delega su vida privada y el recorrido que ella haga al Estado para que lo controle, lo mire y le ponga la lupa. Hasta ahí es menos problemático en sociedades con confianza pública.

-Aun así, nada de esto es perfecto.

-Claro. Aun en sociedad con confianza pública hubo problemas, que nosotros citamos en el libro. Un caso interesante es Corea del Sur donde en muchísimas circunstancias se filtraron situaciones de infidelidad. Y quien puso la lupa sobre ello fue el Estado.

-¿Por qué?

-Porque literalmente lo que hizo fue seguir o trazar las líneas de contagio que una persona tuvo. Y por eso cayeron en situaciones de amantes o de relaciones por fuera de su familia. Por eso es interesante ver cómo aun los lugares que hicieron bien algo, en parte, como, en este caso, la implementación tecnológica para la trazabilidad, también tuvieron dilemas de libertad éticos muy potentes que lejos están de resolverse.

-Fuera de Nueva Zelanda, ¿a quién podríamos poner en el top ten mundial en cuanto a manejo de la crisis de la pandemia?

-Salvemos aquellos liderazgos que tuvieron posturas negacionistas por múltiples razones, particularmente el negacionismo anticiencia como el de Donald Trump o de Bolsonaro en Brasil. También hubo posturas negacionistas en la creencia del valor cultural o de la raza, como la de Manuel López Obrador, o la de Irán, que no quiso prohibir sus concentraciones religiosas, generalmente masivas en la calle.

-¿Cómo les terminó yendo?

-Fueron castigados rápidamente por su sociedad y por la opinión pública a escala internacional, además de los organismos técnicos, el periodismo, la mirada política comparada.

-¿Y el resto, entonces?

-Todos aquellos que en algún momento lo hicieron bien, también en algún momento lo hicieron mal. Uruguay es el caso más cercano. También es interesante el caso de Alemania, que tiene una cantidad de muertos enorme, con un sistema sanitario, junto con Luxemburgo, quizá de los más robustos de toda Europa.

-¿Qué fue lo interesante de Alemania?

-El liderazgo. Particularmente la comprensión de ciertos elementos en la gestión del riesgo, que no tienen que ver solo con la transparencia. O sea, una transparencia que dice: no solo te tiro datos sino que te digo lo que sé, pero también lo que no sé. Eso es lo que me gustó del liderazgo de Angela Merkel. No cayó en un optimismo voluntarista que a lo largo del tiempo se vuelve un problema.

-Optimismo voluntarista… algo muy habitual. Lo conocemos de sobra.

-Hay algo que leí en un libro que vengo de comprar llamado El optimismo cruel (de Laurent Berlant). Los liderazgos, en gran parte, con la idea de ofrecer una mirada esperanzadora, se convirtieron en crueles respecto de un optimismo que tal vez no correspondía. Una cosa es la esperanza de poder acomodarnos, adaptarnos, construir socialmente el riesgo para que sea un patrón cultural donde no lo era, como ha ocurrido en gran parte del mundo; y otra cosa es ofrecer la idea de un país o sociedad donde todos vamos a ser mejores que antes.

-Una cuestión eminentemente política, ¿no?

-En parte sí. El eslogan de nuestro país era Argentina unida. Se lo cambió literalmente en marzo, en plena pandemia, como diciendo: a partir de ahora vamos a ser todos más buenos y nos vamos a querer un poquito más. Algo así como la idea la fraternidad nacional, lo cual es una ficción si uno estudia comparativamente estos procesos críticos.

-En algún punto pareció ocurrir lo contrario.

-Me interesa muchísimo hablar de esto en Mendoza, cosa que no hice nunca hasta hoy. Mucha de la irresponsabilidad tiene que ver con el sector empresarial y, en particular, el de las bebidas alcohólicas.

-¿Por qué?

-Porque son los que salieron a ofrecer la idea del brindis. El concepto era: vamos a brindar mañana. Lo digo en sentido figurado. Hubo muchísimos mensajes señalando: vamos a ser más buenos, nos vamos a poder abrazar y vamos a poder brindar mañana. Todas las empresas de vino, de champán, de cerveza, empezaron a ofrecer la idea de un mundo calmado de esta disrupción, un mundo normal tras la situación atípica.

-¿Qué sería lo pernicioso del mensaje, a fin de cuentas?

-Que son visiones que se corresponden con un voluntarismo que, en sí mismo, no es condenable, pero que termina siendo cruel por el nivel de expectativas que genera.

-La decisión de Twitter y Facebook de suspender las cuentas de Donald Trump ha despertado encendidas polémicas. Hay quienes la avalan y quienes la consideran contraria a la libertad de expresión. ¿Cómo lo analizamos?

-La respuesta típica de los politólogos sería: “Es complejo”. Pero de verdad lo es. Lo primero que quiero evitar es caer ni en blancos ni en negros, porque sin duda la censura duele, es un modo de opresión. A mí me ha pasado en algunas instancias de mi vida. Es una mirada que atenta con la libertad de expresión, que es un derecho humano.

-¿Cuál es el pero, entonces?

-Que hoy, producto de la pandemia, e incluso si no existiese la pandemia, hay una serie de principios que están en plena tensión o, por qué no decirlo, en contradicción.

-¿Cuál tensión o contradicción?

-La pregunta es: si evitar la censura y garantizar el derecho a la libertad de expresión tiene que ver con un derecho humano, también podríamos entender que vivir en democracia lo es, lo mismo que tener paz social. Si particularmente, en este sentido, la regulación de una red puede ser algo dañino porque afecta la voz de un presidente, también es cierto que, si hoy yo digo una barbaridad en las redes, diez personas que de golpe me denuncian puede que me hagan suspender allí. Hay un debate abierto, no regulado.

-Claro, porque la situación puede afectar a muchos otros que no son Donald Trump.

-Es que, salvando la escala, caemos en lo mismo. A uno podría molestarle que censuren a Trump, pero la pregunta es: ¿y qué pasa con las redes sociales de aquellos líderes de países autoritarios o no democráticos? Con el mismo criterio, como ellos tienen denuncias sobre derechos humanos en varias instancias, deberían ser clausurados todos. Por lo tanto, yo no sería tan tajante. Es importante aportar al debate, ir generando procesos de regulación. Y también creo mucho, respecto de las redes sociales, en la autorregulación.

-¿Dentro de qué marco?

-Es un debate que ha surgido en relación a lo que inicialmente se llamó infodemia o la generación de fake news o la desvirtuación deliberada de contenidos. Pero independientemente de las regulaciones, que son necesarias en algunos casos, más bien hay un criterio de autorregulación colectiva que, aunque sea imperfecto, aunque sea costoso y trabajoso en el largo plazo, puede, con el tiempo, ser un poco más realista.

-Precisamente, en esta pandemia nos queda claro cómo defendernos del virus. Pero, ¿cómo hacemos para defendernos de esos virus de la comunicación, mucho más difíciles de detectar para el hombre común?

-No hay posibilidad de defenderse, porque cuando uno habla de desinformación casi siempre tiende a creer que estamos frente a usinas interesadas que producen fake news o noticias falsas. Esto es verdad. Entre enero y febrero hubo nada menos que entre tres mil y cuatro mil nuevos sitios que hablaban sobre la pandemia; y solamente una minúscula parte de ellos era considerada fake. Pero aunque hubiera sido una parte mayoritaria, el gran problema es que muchas de las fake news no provienen de acciones interesadas ocultas sino de parte de voces públicas.

-¿Voces públicas como cuáles?

-En cuanto a voces públicas, no hay que dejar de pensar en la capacidad de generación de fake news que tiene la propia política. Porque dentro de la política habrá voces informadas, pero también hay voces negacionistas. Donald Trump, Bolsonaro, encarnan posturas negacionistas, anticiencia, muchas veces antidemocráticas. Y eso también genera un problema de falta de veracidad.

-¿Cómo es el panorama en general?

-Voy a citar un artículo que hice con Laura Zommer, la directora del sitio chequeado.com, en el cual, hace dos años, analizamos 1.117 noticias a lo largo de siete años en la Argentina. Abarcó los cuatro años del gobierno de Cristina y los tres primeros de Macri. El resultado fue que el cincuenta por ciento del discurso político en el país es falso.

-¿A qué tipo de discurso nos referimos?

-Al discurso sustentado en datos. Eso significa que si yo digo “quiero ser feliz en la vida”, eso no se chequea porque no tengo ningún dato ni referencia empírica para sostenerlo.

-¿Qué significa, entonces, que la mitad del discurso chequeable nacional fuera falso?

-Que en el oficialismo y en la oposición, cada vez que un político abría la boca y se transformaba en titular de periódico; o sea, aquello que nosotros leemos o que cualquiera de ustedes como equipo discute, el cincuenta por ciento de todo eso era absolutamente falso. No había un dato que lo sustentara. Y un veinticinco por ciento de esos discursos era verdadero. Dicho en criollo, uno de cuatro discursos es verdadero; es decir, que lo que se dice pueda ampararse fehacientemente.

-¿Eso es una media solo argentina?

-No. Aproximadamente cuatro quintas partes de los tuits de Donal Trump no tenían sustento empírico.

-Pero es Trump…

-La mayoría de los datos que se establecen desde la propia voz del presidente Andrés López Obrador en México en sus mañaneras, que son conferencias de prensa matinales todos los días, tampoco tienen sustento. Por lo tanto, hay un primer generador de noticias deliberadamente falsas o, por lo menos, no ciertas, que es la política.

-¿Quién le sigue en el ranking?

-El segundo gran generador de noticias, si no falsas, como mínimo, no correctas, es el periodismo.

-¿Qué significa esto?

-Que más allá de esto que digo, también está bueno que nos hagamos cargo de cuál es el peso de las grandes voces públicas. Y no me refiero a casos extremos, como puede ser el de una Viviana Canosa en una posición polemizante deliberada. Me refiero a la acción cotidiana.

-Sí, a nuestra rutina diaria.

-Claro, porque es probable que ahora cualquiera de nosotros tire datos, que son más o menos parecidos a los datos que están escritos en algún lugar, pero que no son exactos. Entonces, como se dice vulgarmente, estamos generando fruta o verdura a la hora de hablar. También es un hecho de desinformación. Así se generan fake news. Así se producen ejercicios de desinformación masiva.

-¿La política de comunicación y la logística para gestionar la crisis van de la mano o puede cada una ir por su lado?

-Uno de los errores habituales de la política es subestimar el peso de la comunicación y no entender que ésta es la propia política expresada en su modo público. Es el modo en que nos llega, que la palpamos, que la sentimos. Por eso la política casi siempre tiene un chivo expiatorio fantástico, fabuloso, muy simple, muy elocuente, que es: “Gobierno bien, pero comunico mal”. Y esto pasa en pandemia o fuera de ella. Algo típico de la mayoría de los gobiernos. Frente al fracaso político, siempre la responsabilidad es comunicacional.

-Típico. La culpa es de otro, siempre.

-Entender esto es entender que la comunicación no es toda la política, pero siempre está presente. Por lo tanto, un fracaso no tiene un problema técnico-comunicacional; tiene un problema político. Un caso interesante, que mí me gusta comparar, estuvo en la respuesta del gobierno de Mendoza, exactamente a siete díaas de haber asumido, en 2019, cuando se modificó la ley para permitir la minería.

-Sí, una prueba de fuego para el gobernador Suarez, al comienzo mismo de su gestión.

-Ahí la respuesta comunicacional no podía escindirse de la respuesta política. O, por ejemplo, los dichos de Alberto Fernández respecto de los plazos ciertos de vacunación, que fueron modificándose. Cuando se lo analiza hoy se no puede creer semejante nivel de yerro.

-¿Hubo un problema comunicacional, entonces?

-No. La mirada que falta es la política; la mirada esencialmente política.

-Por lo tanto, la pregunta que sigue es: ¿qué es la comunicación de riesgo?

-La comunicación de riesgo es pura probabilidad. Es la ausencia de certezas. Es lo probable. Lo que se recomienda, entonces, es nunca, pero nunca establecer fechas ciertas, que no dependen de uno, sino rangos.

-¿Se tomó de nota de esto? ¿Se dieron por enterados?

-El Gobierno, a casi un año, algo ha aprendido. El jefe de Gabinete viene de comunicar parámetros, para referirse a posibles nuevas restricciones. Esos rangos sirven para que la política extienda límites, pero también sirven socialmente para que la ciudadanía se autorregule. Esos rangos funcionan como una especie de semáforos hacia el rojo o hacia el verde según mi conducta o mi inconducta.

-¿Cómo fue, en resumen, el manejo de crisis que hizo el gobierno argentino? ¿Qué nota le ponemos?

-El análisis corresponde hacerlo por etapas. Particularmente creo que hubo tres etapas. Una primera, desde el momento en que se declaró la cuarentena hasta junio, aproximadamente. Este tramo, de alguna manera, transitó del éxito al exitismo.

-¿Qué tuvo de bueno este primer período?

-La actuación temprana, un consenso político multinivel, un consenso técnico bastante bien elaborado y un consenso ciudadano interesante, muy alto. Pero, a su vez, permitió que el mismo Presidente se convirtiera en el propio sistema de comunicación y empezase a dejar de lado una de las recomendaciones más importantes que tiene la gestión de riesgo y es que ese riesgo debe ser cogestionado con muchas voces, no solamente de la política.

-¿Para qué?

-Para garantizar, de alguna manera, muchos acuerdos. O que sean sustentables en el tiempo estos consensos de los que hablábamos.

-¿Qué sucedió, en consecuencia?

-Que el Presidente salió a competir con su propio nivel de popularidad. Él, transformado en su propio sistema de comunicación, convirtió ese éxito en exitismo, incluso con contradicciones, con exceso de salidas. En este sentido, me encantó -para criticarlo- un tuit de (Nayib) Bukele, el presidente de El Salvador, donde posaba literalmente como superhéroe.

-¿Qué tuiteó Bukele?

-Decía de sí mismo: “Debería dormir un poco más”. O sea, les decía a sus ciudadanos: como soy un superhéroe que velo tanto por ustedes, ¿me autorizan a dormir?

-¿Cuál es la relación con la Argentina?

-Recuerden ustedes todo el debate en torno a las ojeras del Presidente; este presidente que no descansa, velando por nosotros. Pues bien, a los efectos simbólicos, los dos mensajes dicen lo mismo. Lo preocupante, ahí, es que no se horizontalizó la comunicación sino que se verticalizó.

-¿Con qué consecuencias?

-El gran problema en esta primera etapa es que se confundió la comunicación de crisis. El Presidente intentó mostrar el modelo argentino al mundo como un caso de éxito y dejó de lado la potencia más importante que debiera tener la construcción social del riesgo, que es transformar mi hábito, mi conducta, en un fenómeno cultural, donde sea menos impositivo, menos obligatorio y pase a ser algo mucho más voluntario.

-¿En resumen?

-En resumen, esta etapa tuvo de bueno lo transparente, lo temprano, y tuvo de malo que la crisis, incluso en su tramo final como exitosa, tapó, nubló, la gestión del riesgo. O sea, que arranca bien la etapa, pero termina muy mal. Por lo tanto, le pondría un seis, por ser generoso.

-Pasemos a la segunda etapa.

-La segunda etapa arranca con Vicentin y llega hasta el velorio de Maradona. Es la etapa en donde la Argentina cruje en perspectiva del consenso, donde se hace presente una de las cuestiones más peligrosas que tiene la gestión de riesgo y es que sea obnubilada o tapada o minimizada o subestimada por muchos sesgos cognitivos. Y el que más destaco es el sesgo de confirmación.

-¿A qué llamamos sesgo de confirmación?

-Es que mi mirada, el modo en que me paro frente al riesgo, está atravesado preferentemente por mi perspectiva ideológica, partidaria o política.

-Un ejemplo, para ilustrar.

-Que haber votado a Alberto Fernández da tres veces más chances de colocarse la Sputnik, llamada vacuna rusa, y haber votado a Macri da tres veces menos. ¿Qué hay ahí? Un sesgo de confirmación. Fue la etapa donde empieza a romperse el consenso fuertemente, donde la oposición también sale de la perspectiva del consenso, donde se quiebra toda la mirada que tiene que ver con cualquier atisbo de unidad.

-¿Qué nota ponemos aquí, profesor?

-Para el oficialismo un cuatro y para la oposición un uno.

-Todos bochados. ¿Y la etapa tres?

-Es la que estamos viviendo. Tiene un punto de origen doble: por un lado, el velorio de Maradona y, por el otro, el anuncio de las vacunas. Esta es la etapa del relajamiento, donde los gobiernos, hasta la explosión de fiestas clandestinas, habían bajado los brazos e incluso habían silenciado su postura respecto de la gestión de la pandemia.

-¿Qué etiqueta le ponemos a este tercer tramo?

-Está marcado por otro sesgo cognitivo que en inglés se denomina your hell y en español se llamaría tu infierno, pero que en países de América Latina como Argentina podría entenderse como qué mierda. Esto se aplica mucho a la psicología de los alimentos. Quiere decir: yo vengo haciendo un fuerte sacrificio, con privaciones, y a partir de un punto equis, generalmente no planificado, digo “¡qué mierda!”. Entonces me relajo y genero procesos de autocomplacencia.

-¿Cómo se materializó en la acción de gobierno?

-Tras el anuncio estábamos todos esperando la vacuna; con el velorio de Maradona dijimos “¡ya está!” y hubo un relajamiento desde todo punto de vista, empezando por el peor de los relajamientos, que es el de protesta o acto de rebeldía social, preferentemente en el sector juvenil.

-¿Qué hacer a partir de esto?

-Hay que mirar lo que pasa en Europa, que tiene la virtud para nosotros de ser un espejo por adelantado del futuro que se nos viene. Así pasó desde el inicio de la pandemia.

-¿O sea?

-Que Europa, en este momento, está en un proceso de fuertes niveles de restricciones con mucho menor nivel de legitimidad.

-¿Qué significa?

-Que hay incomodidad ciudadana, pero los gobiernos apretaron muchísimo más. ¿Y qué aprietan? Evidentemente, la libertad. La libre circulación. Es muy feo este escenario, pero también es realista.

-¿En consecuencia?

-Insisto en esto: que la comunicación por rangos, con transparencia, lo que hace es funcionar como una especie de mecanismo de autorregulación para que uno vea qué tan cerca estamos de pasar a un semáforo rojo o qué tantas chances tengo de vivir un poquito más libre, más sueltito en términos de restricciones porque estamos cerca de un fenómeno de semáforo verde.

-¿Conclusión?

-Habiendo pasado tanto tiempo, los países no se dedicaron a construir socialmente el riesgo y cualquier acción gubernamental hoy es vista como una imposición, como una acción que te obliga, que te genera una especie de pesadumbre sobre la cual reaccionás negativamente. Por eso vuelvo a insistir: Europa tuvo como respuesta a este problema una restricción, encima, con control de las fuerzas de seguridad, lo cual no es nada simpático para ver como adelanto de lo que pueda venir en la Argentina.

-Pregunta final: ¿Mario Riorda se va a poner la Sptunik?

-¡Por supuesto! No soy población de riesgo y, además, he tenido el covid. Pero, cuando me toque, cualquier vacuna que sea aprobada, definitivamente sí.