Análisis y opinión

Pactar, concertar, acordar, negociar, dialogar, ceder

Los argentinos debemos entender que las democracias sólo avanzan cuando las partes, sin deponer sus diferencias, las procesan de manera inteligente

En los primeros años de la década del ´50 el dirigente de la UCR Ricardo Balbín, que era diputado nacional y uno de los principales críticos del creciente autoritarismo reinante, sufrió cárcel bajo el apotegma peronista que advertía: "Al enemigo, ni justicia".

Balbín había sido desprovisto de los fueros parlamentarios y condenado a 5 años de cárcel por "desacato a la figura presidencial". Cuando llevaba un año detenido, el presidente Juan Domingo Perón comprendió su error y lo indultó.

Veintitrés años después, Balbín fue el principal orador en el velorio del líder peronista Juan Domingo Perón. Y saludó al extinto con una frase memorable: "Este viejo adversario, despide a un amigo". Ambos habían tenido gestos para con el otro en bien del país.

Sinónimos y antónimos

Pactar, concertar, negociar, dialogar, acordar, ceder. Todas esas palabras tienen que ver con una de las esencias de la actividad política. La contracara de la política pactista se encuentra en los antónimos de esas palabras civilizadas. Es decir que la mala política es desunir, desconcertar, desacordar, alterar, monologar, imponer, provocar. ¿Le suena?

Mal que le pese a los de vocación autoritaria, la democracia sólo avanza cuando las partes, sin deponer sus diferencias, las procesan de manera inteligente

En los primeros meses de la cuarentena, y quizás movido por el desconcierto que imponía no tener demasiada información sobre el manejo del coronavirus, el gobierno de Alberto Fernández adoptó una bienvenida decisión de trabajar con algunos de los principales representantes de la oposición que tenían funciones ejecutivas, en particular con el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, y con los gobernadores radicales, entre ellos el mendocino Rodolfo Suarez. j"Como dice el señor presidente...", comentaba Larreta cuando le tocaba hablar dentro de ese triunvirato que compartían con el gobernador Axel Kicillof. En los momentos de relax, el mandatario Alberto Fernández se refería al porteño como "el amigo Horacio", y cuando quería cargarlo lo mentaba como "el compañero Horacio". En los mentideros políticos les decían "el trío cuarentena". Hasta Axel Kicillof parecía menos autosuficiente.

Pará, pará, pará

Duró poco. Por un lado, porque aquí no hay una tradición acuerdista ni apego por las políticas de Estado, pero sobre todo porque Cristina Kirchner no estuvo de acuerdo con darle aire a la figura de Larreta ni demasiado libertad a Alberto Fernández. Por el contrario, estaba convencida de que el dirigente porteño tenía que ser el nuevo enemigo que suplantara a Macri.

Mientras ese acuerdo de Alberto y Larreta duró, sirvió para que el Presidente tuviese los más altos índices de imagen positiva, pero también para que la ola de apoyo beneficiase al jefe de Gobierno porteño. El mensaje de la población fue clarísimo: veían con buenos ojos que los principales políticos trabajaran juntos por la Argentina.

Fue una ilusión corta. Aquí acordar es -todavía- tener pocas agallas. El kirchnerismo temió por la palabra albertismo. Y al macrismo duro le pareció muy temprano para el vuelo de Larreta.

El factor Pilo

Cuando en 1987 José Octavio Bordón ganó en Mendoza las elecciones para gobernador, al presidente radical Raúl Alfonsín aún le quedaban dos años de gobierno. Recuerdo las sorpresas que se llevaban los peronistas clásicos por la forma civilizada y acorde a los tiempos con que "el Pilo" trataba al mandatario nacional. Eran los años previos a la caída del Muro de Berlín, a la desintegración del comunismo de la Unión Soviética y a la llegada de internet y de la telefonía móvil.

En su despacho, Bordón, decidido a representar la renovación de su partido (que había sido castigado en las urnas en el regreso democrático de 1983) colocó una foto de alguien que admiraba sin temores: el ex gobernador demócrata Emilio Civit, el gran modernizador de esta provincia en el inicio del Siglo Veinte.

Se trataba de gestos y señales que no tenían que ver con las cantinelas aburridas de la vieja politiquería sino con la necesidad de experimentar nuevos aires y de abrir ventanas y mentes.

De eso también se trata en estos momentos. Al país le han cansado las grietas, las desfachateces de los Ameri, la falta de apertura mental, las ideas apolilladas, la política como negocio personal, el caradurismo disfrazado de sentir popular. El país se merece que vayamos al rescate del acuerdo y de los pactos generosos.