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El insulto y los chupines no les van bien a todos

Editado por Manuel De Paz
mdepaz.2015@gmail.com

Hoy cualquier funcionario tiene el “pelotudo” o “pelotuda” a flor de labios para descalificar al opositor. Pero no todos parecen tan desorbitados como nuestro canciller Felipe Solá que le zampó ese expresivo calificativo a una senadora nacional en una teleconferencia. Ante el papelón pidió disculpas a regañadientes. Quizás debió preguntarse: “¿no habré quedado yo en ese rol que le atribuí a esta legisladora?”.

Es evidente que el habla cotidiana posee una gran plasticidad y que no suele adaptarse a muchos corsets. Ahora, por caso, se escucha a diario a muchas mujeres referirse a su “chacón” como quien habla del codo o la oreja.

 Una conocida actriz acaba de reconocer públicamente que su marido, también actor, es “el mejor chupador” de esa zona íntima. No estaba actuando cuando lo dijo, ni era en un stand up.

¿Qué intimidad ni las pelotitas de tenis? Y pensar que antes había damas que en la mar de la zafaduría le llamaban “la campeona” a su vagina. Eso, hoy, es ternura total.

Ministro superstar

El ministro de Seguridad de Santa Fe, Marcelo Saín, quien se ha hecho famoso no por su actividad política sino por su lengua deschavada, dijo la semana pasada que “todos mis compañeros del progresismo y de la izquierda siempre han sido grandes pelotudos”. Y al refutar a un sociólogo lo definió como "un gran boludo que todos los días pondera su carácter de idiota”.

Así, el gobernador santafecino, Omar Perotti, nunca va a poder tener luz propia. O se va a tener que poner a insultar como descosido. O a bajarse los lienzos, como Charly. Sofrenate, Saín.

El desboque es como los pantalones chupines o las transparencias:  no les queda bien a todos los varones o mujeres. A alguno/as les van para el traste.

La puteada o la cloaca verbal están democratizadas, pero una cosa es en boca de Enrique Pinti haciendo un monólogo, o del Gordo Lanata analizando la realidad en PPT, o de esos parientes o cumpas del trabajo que provocan empatía natural, y otra es oírlo de boca de humanos que tienen menos gracia que la muerte de Bambi.

“Chetitos del orto” fueron para la actriz Katja Aleman los caceroleros que hace unas semanas pidieron que los políticos se bajaran los sueldos.

Pringosa red

Todo pareciera ser como un alargue de la insurgencia verbal que padecemos a diario en los textos de las redes sociales, que parecen decirte, admonitorios: ¡La gente ya no  es careta, papá!

Si hasta Cristina dice Pindonga y pasa como una duquesa del conurbano sublevado. 

En Mendoza hubo un funcionario que se refería a los periodistas como “esos soretes de la prensa”. Hace unos meses lo mandó a un comunicador radial medio facho a que fuera a deponer sus excrementos. Pero como tiene fama de frontal, pasó.

Una conductora de Telefe, Verónica Lozano, dijo hace unos días que Donald Trump era “un pelotudo importante”, y tiene razón, pero no resultó gracioso porque la frase está muy gastada y te la dice a diario cualquier hijo o hija de vecino en el micro o en el feca. Vero, si te vas a zafar, hacelo, no te prives, pero que sea con más ingenio.

Me gustan los que putean o se zafan bien, con el tono exacto y en el momento indicado, sean mujeres o varones. También me gusta el buen decir, el esforzarse para no hablar con latiguillos ni lugares comunes.

Por ejemplo, me parece de lamentable pobreza la sucesión de “culiados” que los adolescentes y algunos tontos grandes utilizan en cada frase que pronuncian. Pero no me gusta hacer catecismo contra eso.

Altri tempi

Cuando yo era chico los niños teníamos pichula. Así le llamábamos al actual pito o pene. Pues bien, había una parienta que se quejaba amargamente porque su hijo usaba mucho la palabra pichula.”Por Dios -se quejaba la mujer- este niño, anda todo el día con la pichula en la boca”.

Recuerdo la anécdota cada vez que hoy escucho a tanto chico y chica hablar con total naturalidad de verga, pija o garcha dándole a esas palabras significados tan distintos. Una vez como si fuera algo buenísimo, y al instante como si fuera un bajón.

Siempre me causaron mucha gracia esas señoras de barrio que, ante cualquier entrevero verbal con una vecina o parienta, se enervaban y proferían el dramático “laváte la boca con lavandina  antes de hablar de mi familia”.

Así habría que decirles a los que se desbocan de más, a los que lo hacen en el momento más inadecuado, a los funcionarios que se olvidan que representan a una institución, a los que no tienen el timing de comprender que una puteada bien puesta o una guarrada humorística son dones que se deben usar con precioso sentido de la oportunidad.

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