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Elsa Punset: "Ser optimista sube tu cociente intelectual, te hace más creativo"

Española nacida en Londres, Elsa Punset se presenta como escritora, divulgadora y filósofa operativa. Mantuvo una jugosa charla con Radio Nihuil

Para millones de personas en el mundo la inteligencia emocional representa una puerta de ingreso a una vida mejor. Más inteligente, sí, pero también más plena, más integrada con la circunstancia de cada uno.

Una de las especialistas relevantes en esta materia, en el ámbito del habla hispana, es Elsa Punset, con una prolífica obra en diversos formatos: libros, redes, productos audiovisuales, etcétera.

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Ella se presenta a sí misma en sus cuentas como “escritora, divulgadora y filósofa operativa”. Y agrega: “Construyamos puentes, ni muros ni fronteras. Y como siempre… no es magia, ¡es inteligencia emocional!”.

Su nuevo libro se titula Fuerte, libres y nómadas, definido, en la tapa, como Propuestas para vivir en tiempos extraordinarios.

Tiempos extraordinarios. Tiempos de pandemia.

Es una delicia escucharla en cualquier diálogo abierto. Es lo que sucedió, también, con esta española nacida en Londres en los sesenta, en el programa La Conversación de Radio Nihuil, efusivamente celebrado por los oyentes.

-Su padre, Eduardo Punset, fue un importante intelectual de España, ¿no?

-Él era economista, pero, sobre todo, era un enorme curioso, un apasionado de la vida; un enorme optimista. Dedicó los últimos 20 años de su vida a entrevistar a científicos por todo el mundo para entender mejor por qué los humanos somos como somos. Y, la verdad, falta nos hace. No me extraña, escuchando las noticias que pasaban ustedes en la radio, que estemos todos tan confundidos, cansados y con la sensación de “por dónde retomamos esto”.

-Entre otras actividades, él fue ministro del gobierno de Adolfo Suárez.

-Sí, sí. Ayudó a España a entrar en la comunidad europea.

-Hay quien lo califica como uno de los grandes pensadores que ha tenido su país a finales del siglo XX.

-Probablemente sea así. Se echa mucho de menos ese optimismo que él derrochaba y esas ganas de mirar hacia el futuro. Creo que lo necesitamos muchos en estos momentos.

-Usted deja muy en claro la impronta de su papá en el libro y le sirve, de paso, para marcar la gran diferencia que existe entre ser optimista o pesimista en la vida.

-Es que parte importante de mi trabajo apunta a cómo podemos, de alguna forma, modificar lo que somos, para que nos sea más útil. Una de las cosas que olvidamos es que no tenemos un cerebro realista.

-¿Qué significa esto?

-Cuando vemos la realidad de una forma que, según pretendemos, es realista, en realidad tenemos un cerebro sesgado hacia lo negativo. Lo podemos apreciar, por ejemplo, cuando nos vamos a dormir. ¿En qué pensamos? Generalmente en las cosas que nos han dolido, las que nos han faltado, las que nos quedan por hacer y no en todas las pequeñas alegrías que salpican la mayor parte de un día normal, como ese abrazo que le has dado a tu hijo antes de que se fuese al colegio o el hecho de que tienes una casa a la que volver por la noche o que pudiste comer al mediodía o que tienes amigos.

-¿Por qué nos pasa eso?

-Porque tenemos un cerebro programado para sobrevivir que no lo memoriza bien y nos cuesta, a veces, recordar la importancia de entrenar ese cerebro en positivo.

-Usted dice, por otra parte, que venimos, de alguna manera, condicionados genéticamente hacia el optimismo o el pesimismo. Si yo tengo una visión más grisácea de la vida, ¿cómo entreno mi optimismo?

-Es una muy buena pregunta. En una escala del cero al diez, ¿qué nota se pondría usted en materia de optimismo?

-Supongamos que en la mitad: un cinco.

-Un cinco. Está bien, pero es bajito. Y es verdad que la mitad de nuestro optimismo depende de un valor genético. Pero la otra mitad podemos entrenarla. Y muy a menudo los humanos olvidamos que, de la misma forma que podemos aprender idiomas o matemática o lo que fuera en las escuelas, podemos entrenar determinados rasgos, determinadas habilidades. Podemos aprender a ser más creativos, a escuchar mejor a los demás, a ser más serenos, a ser más alegres… Y también podemos aprender a ser más optimistas.

-¿Y qué se hace con ese optimismo?

-Les recuerdo que no es simplemente más agradable vivir siendo más optimistas, sino que sube tu cociente intelectual, te hace más creativo. Ahí donde el pesimista ve la realidad y se estanca diciendo “yo no voy a poder hacer nada”, un optimista básicamente ejerce esa actitud de “voy a hacer algo” o “qué puedo hacer para adaptarme o encontrar la solución”. Yo digo, por lo tanto, que en momentos difíciles como este necesitamos una verdadera epidemia de optimistas. ¡Así que, ánimo, Andrés, a trabajar ese cinco, que puedes subir dos o tres puntos fácilmente!

-¿Y con eso qué?

-Con eso vas a mejorar no solo tu propia vida, sino la vida de las personas que te rodean.

-Lo que sucede, Elsa, es que, viviendo en países como la Argentina, con la mitad de la población bajo la línea de pobreza, con altos niveles de desnutrición infantil, de desocupación y de inflación, con la economía estancada, etcétera, a nosotros, los periodistas, nos cuesta un esfuerzo enorme mantener todo el tiempo un ánimo positivo.

-Lo entiendo, pero creo que tenemos que verlo desde otro punto de vista. Es decir, el optimismo no es una emoción, es una actitud. Uno puede estar preocupado o triste, pero puede ser optimista. Hay personas que me dicen: “Elsa, yo no voy a pagar el alquiler con el optimismo”. Entonces, yo les respondo: “¿Y con el pesimismo?”. Porque olvidamos lo nefasto que es el pesimismo de cara a la resolución de un problema.

-¿Cuál es la actitud a seguir, entonces, en este tipo de asuntos?

-Hay que dar un paso atrás. Y pensar. Esta pandemia, en ese sentido, nos ha dado una clave. Y es que, en el mundo entero, desde hace siglos, vivir no es fácil. Los humanos hemos encontrado, a lo largo de cualquier vida, siempre muchos problemas.

-¿En su caso cómo ha sido?

-Tengo la edad suficiente para haber conocido a mis bisabuelos y haber conocido, por lo tanto, a personas que han pasado por la Primera Guerra Mundial, por la anterior pandemia del 18, por una guerra civil en España, por la Segunda Guerra Mundial en Europa y realmente soy muy consciente de que estos, no solo no son malos tiempos en los que vivir, sino que, yo diría, son los mejores tiempos posibles que nos podían tocar a lo largo de la historia de la humanidad.

-Dadas las circunstancias, cuesta creerlo, ¿no?

-Pues bien, yo os hago una pregunta a todos: si pudierais elegir un momento en la historia en el que nacer, ¿cuál sería? Te doy a elegir, Andrés, entre los antiguos griegos, la Edad Media, el Renacimiento, el siglo XX, el siglo XXI, el que quieras.

-Entiendo, Elsa, que para usted el mejor momento es la actualidad, ¿no?

-Para mí, desde luego. Pero, sinceramente, ¿cuál elige usted?

-Supongamos, el período de entreguerras, durante los años locos, en París, con los poetas dadaístas, los surrealistas y otras vanguardias del aquel entonces.

-Ya. Pero con todos los problemas que suponía vivir en esa época, a menos que fueses una persona privilegiada.

-De acuerdo, totalmente.

-¿Qué es lo que yo defiendo de nuestra época? Que hace 100 años, cuando pasamos la última pandemia, murieron 500 millones de personas, con todos los problemas económico-sociales que eso significó. Ahora mismo, con una enfermedad parecida, en un año hemos desarrollado vacunas. El problema, ahora, es cuándo nos van a vacunar a todos, pero no es que no tengamos una forma de luchar contra esto.

-¿Y qué otras ventajas destaca, más allá de la pandemia?

-¿En qué época de la historia hemos vivido con el grado de alfabetización que existe? El 80% de los adultos en el mundo están alfabetizados, el 80% de los niños menores de un año reciben algún tipo de vacuna, nuestra vida se ha triplicado en muchos países en el último siglo, nunca se ha salido de la pobreza extrema en mayores números que ahora… aunque todavía quede mucho por hacer, ¿no? Realmente, son 25 años privilegiados, sobre todo para determinadas comunidades como las mujeres, las personas enfermas o los homosexuales. ¡Es la mejor época para vivir!

-Pese a todo eso, ¿significa que es una época fácil la nuestra?

-No. Vivir no es fácil. Llevamos una relativa paz en las últimas décadas en varios países del mundo, en una sociedad que le ha dado mucho la espalda a las emociones negativas, a las dificultades; que ha pretendido que vivir puede ser fácil y ligero. Y no lo es. Es lo que estamos reconociendo ahora en esta nueva crisis.

-Usted pondera esta maravillosa época, mientras nos aconseja reconectar con la naturaleza, caminar descalzos por el bosque, seguir el ciclo de la luz del día, estar con los animales, disfrutar del silencio y es exactamente lo que no estamos haciendo. Estamos todo el día estresados, ansiosos, conectados a un teléfono con auriculares, envenenando todo…

-Exactamente. Si queremos encontrar el gran fallo de nuestra época es eso: el cambio climático, el maltrato sistemático a la naturaleza y a las demás especies. Fíjese que el amor de los humanos por la naturaleza tiene sus raíces en la dependencia evolutiva porque teníamos más posibilidades de sobrevivir si estábamos cerca del agua, si convivíamos en una vegetación tupida que nos daba protección y alimentos, si convivíamos con animales domésticos.

-¿Qué nos pasó?

-Olvidamos que somos naturaleza. ¡Y estamos en guerra con la naturaleza! ¿Cómo viven las personas en las ciudades? En pisos pequeños, con luz eléctrica, ¡conectadas por estas redes sociales que llegan a ser agobiantes! No hay silencio, hay un estímulo constante que nos desgasta.

-¿La gravedad de los tiempos que corren ayuda en algo?

-Esta pandemia nos ha obligado a un parón, a repensar cómo vamos a vivir. Y ha tenido una ventaja dentro de la dureza: que de repente hemos visto que este ritmo no es inevitable. Podemos trabajar más desde casa. Se puede llevar un ritmo más tranquilo. En muchas ciudades del mundo estamos replanteándonos cómo podemos vivir de forma más natural. Todas las grandes catástrofes, históricamente, ya sea una guerra, una pandemia, una revolución, al final entrañan unos años de crecimiento y de cambio.

-¿Con cuánto horizonte por delante?

-Puede ser una década lo que tardemos en ver resultados sólidos, pero creo que estamos entrando ya en ese mirar el futuro y ver cómo mejorar el mundo en el que vivíamos hace apenas un año.

-Volviendo un poco sobre lo anterior, hay días en que pareciera que nos tocan todas las desgracias juntas, con una acumulación de hechos negativos. ¿Cómo se hace para ser optimistas en esas ocasiones, frente al aluvión de malas noticias?

-Lo primero es recordar que tenemos este cerebro que es como un colador, con agujeros muy grandes para la alegría y agujeros muy pequeños para las malas noticias. Es decir, tendemos a fijarnos en eso. Y cuando el futuro es complicado, tenemos que ayudar a nuestro cerebro a vivir más en el presente.

-Es cierto, pero no resulta sencillo…

-Me estoy acordando de una anécdota muy bonita que a lo mejor les sirve. Es de un actor, Michael Fox, el que hizo Volver al futuro. Él padece un parkinson desde los 30 años. Hoy tiene 60. Hace poco, una entrevistadora le preguntó si había entrado en depresión porque ya no podía seguir trabajando ni ocupándose de su fundación. ¿No sirve ese optimismo del que nos hablado todos estos años?, agregó. Y él le dijo: claro que sí. Pero el optimismo sirve cuando miras el futuro y piensas que puedes hacer algo para mejorarlo. A mí se me ha terminado el futuro y ahora mismo lo que tengo es presente; entonces estoy centrándome en las cosas que puedo agradecer de este presente y vivo una vida muy limitada en él.

-Una lección de vida.

-Es muy bonito lo de Michael Fox porque la neurociencia, los antiguos sabios y los budistas nos advierten acerca de esa tendencia del cerebro humano de a irse al futuro y al pasado en negativo. Y nos hablan mucho de la necesidad de centrar el cerebro más en el presente, como hacen los niños.

-En el aquí y ahora.

-Creo, efectivamente, en aprender a gestionar las cosas pequeñas ahora mismo, aprender a sacar partido, a no perder los nervios con esa maleta perdida en el aeropuerto, con ese día de lluvia, con ese atasco de tráfico, con esa preocupación de lo que pueda pasar mañana, para recobrar fuerzas en el presente, en lo que tenemos aún ahora. Ese cambio de mirada parece, como dije, una cosa pequeña, pero nos permite respirar, llenarnos de fuerza y enfrentarnos a ese futuro de una forma mucho más eficaz.

-Las crisis como esta, según dice, representan una oportunidad. Ahora bien, ¿la actual pandemia podrá cambiar en algo el individualismo creciente que se observa en muchas sociedades?

-Una comunidad, como una persona, tiene que articularse en torno a una serie de valores. Y, en ese sentido, como ciudadanía, como especie, estamos todavía un poco en la adolescencia. Tenemos mucha fuerza, pero no mucha capacidad para pensar de una forma colectiva y generosa. De nuevo digo que una crisis como esta nos invita a pensar cuáles son nuestros valores, cómo queremos vivir.

-¿Cuál sería la clave, entonces, para esa reflexión?

-La lucha más difícil de la humanidad ahora mismo es contra la indiferencia, contra la desesperanza, contra la codicia o contra el cinismo; el cinismo, que desgasta tanto y aporta tan poco. Ese cinismo corrosivo que no quiere tener esperanza y ni ponerse manos a la obra.

-¿Cómo se lucha contra eso?

-Ese cinismo es una actitud propia de adolescentes que se dejan llevar por el miedo y la impotencia. Frente a eso necesitamos estrategias para vivir, necesitamos organizarnos. Y tenemos los medios en esta sociedad. Tenemos la tecnología para que nuestras ideas den la vuelta al mundo en segundos. Necesitamos esas ganas de encontrar soluciones y no dejarnos llevar por la desesperanza.

-Al capítulo 4 de su libro usted lo llama “la revolución de la cuidadanía”. ¿El término cuidadanía lo acuñó usted?

-No. No sé de quién es exactamente porque cuidadanía es una palabra que escuché en una conferencia hace mucho tiempo y me pareció absolutamente maravillosa. Es de esas palabras que uno encuentra como enterradas, como una especie de pequeño trozo de oro en una mina. Y le di muchas vueltas antes de ponerme a hablar sobre ella.

-¿Cuál es el concepto que extrajo de cuidadanía?

-La idea de ciudadanía es que vivimos en una sociedad que le da una importancia enorme ¿a qué? ¿A qué diría usted que le hemos dado importancia en las últimas décadas?

-A la innovación tecnológica, a la acumulación de objetos, al consumo…

-Al consumo y el crecimiento insostenible. ¿A quién hemos recompensado en nuestra sociedad? ¿Quién se lleva todos los aplausos? ¿Quién se lleva todo el dinero?

-Hoy, las grandes empresas tecnológicas…

-O ni siquiera tecnológicas. Me da un cierto miedo cuando veo que los fondos buitre se están metiendo hasta en la agricultura. Es decir, estamos utilizando la tecnología para seguir exprimiendo la Tierra y el sistema. Entonces, cuando hablo de cuidadanía me refiero a poner en el centro de nuestra sociedad los valores de los cuidados, lo que realmente importa a las personas; a que empecemos a pensar de forma diferente cómo vivimos y cómo convivimos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos. Es un momento fantástico para hacer eso porque el otro sistema no está funcionando, claramente.

-Le mencionaba la palabra “cuidadanía” porque el gobierno argentino ha lanzado toda una campaña nacional fundamentada en ese concepto.

-(Ríe) Pues yo no les di la idea. O espero que sí, si es una buena campaña. ¿Qué reclama el gobierno con esa palabra?

-Es un mensaje para que la gente se cuide, no baje la guardia y siga manteniendo el alerta frente a la pandemia.

-La palabra implica esto, cuidarnos los unos a los otros, pero también mucho más: cuidar el planeta donde vivimos y dar el valor que les corresponde a determinadas profesiones y prácticas; ser conscientes de cómo vivimos y porqué.

-En este capítulo 4 de su libro al que aludimos hay una cita de Yuval Noah Harari que dice: hoy “no somos más felices que en el pasado”.

-Sí. Eso lo sabemos. Aprovecho para decir que probablemente Harari es “el” autor, al que deberíamos estar leyendo ahora mismo porque es una persona con una visión extraordinaria.

-Coincidimos. De ahí la cita.

-Lo que señala Harari nos lo viene diciendo la ciencia desde hace ya un tiempo. Curiosamente, a medida que crece la calidad de vida en el mundo entero, sobre todo en muchos países, la salud mental no mejora ni su percepción de la felicidad.

-O sea, tenemos abundancia de algunas cosas, pero serias carencias de otras.

-Evidentemente, estamos frente a una visión demasiado utilitaria de lo que es un ser humano. Tener un techo sobre la cabeza y un sueldo son cosas fundamentales, por cierto. Pero somos más que eso. Y debemos reconocer que necesitamos que nuestras vidas tengan sentido, que sean creativas; necesitamos tener tiempo de calidad para poder conciliar muchas cosas diferentes como el trabajo, la familia, etcétera.

-¿Y a usted cómo le ha ido en esta tarea?

-Pienso cómo he tenido que educar a mis hijas compaginándolo con horas y horas en las oficinas, pasándolo mal realmente y sin estar con ellas el tiempo que quería. Si pienso en las próximas generaciones, espero que esta pandemia nos esté abriendo la posibilidad de trabajar muchísimo más desde casa. ¡Qué alegría que las cosas puedan cambiar de prisa cando queremos que cambien!

-¿Cuántas hijas tiene, Elsa?

-Dos. Una de ellas ya está en primero de Medicina y otra, pequeña, que quiere ser artista.

-¿Cómo se llaman?

-Tiziana, la pequeña, y Alexia.

-¡Qué bonitos nombres! De resonancias clásicas.

-(Ríe) Un poco. Quería que tuvieran algo hermoso ya nada más nacer.

-Usted, en el libro, aconseja a cada lector hacer una película para entenderse mejor. ¿Qué tipo de filme le gustaría protagonizar? ¿Con qué género se siente más identificada?

-Yo soy una gran romántica. Creo que me iría hacia cualquier vida que entrañe descubrir cómo somos los humanos, cómo podemos mejorar. Me da igual que sea una excavación arqueológica o un paseo al Polo Norte. ¿Y usted, Andrés, qué elegiría?

-En este momento, quizá alguna de ciencia ficción. Viajar en el tiempo, por ejemplo.

-¡También! ¿Cómo se imagina usted el futuro?

-Complicado. Y esto lleva a otro punto. ¿Por qué las utopías hoy no interesan? ¿Por qué proliferan libros, películas y series sobre distopías, como Black Mirror, El cuento de la criada y un largo etcétera? ¿Por qué nos atraen tanto esas tramas?

-Por el cerebro que tenemos programado para sobrevivir. ¿Por qué las noticias suelen ser malas y no dan buenas noticias? Pues, porque es lo que engancha, lo que llama la atención. Veía, por ejemplo, que la CNN ha bajado su audiencia como un 40 o 45 por ciento en Estados Unidos desde que no está Trump. Es decir, que ya no es tan divertida, tan llamativa ni tan preocupante la vida política, por lo que dejamos de mirar la noticias.

-Entre las cosas que usted hace para su cuidado personal menciona el yoga, una práctica con gran auge en el mundo en estos momentos. ¿A qué lo atribuye?

-Creo que necesitamos ese mirar hacia adentro, esa paz. El yoga trabaja más la flexibilidad que la fuerza, lo cual refleja una necesidad mental de ser más fluidos, de ser nómadas, de poder cambiar de ideas, de no dar tanta importancia a lo que nos separa. Con mi pareja empezamos todos los días con diez o quince minutos de yoga. Antes iba a clase, pero ahora con la pandemia no se puede. Pero tenemos una de las cientos de app que hay y encuentro comodísimo hacerlo desde casa.

-¿Y qué le aporta esa práctica matutina?

-Me ayuda a empezar el día con unas intenciones, porque los humanos somos seres muy automatizados. Siempre hacemos y decimos lo mismo. Entonces, tienes que parar y preguntarte qué quieres hacer cada día. Estos minutos iniciales de yoga te hacen más flexible física y mentalmente, y sirven para centrarte en tu intención de hoy.

-Hoy, en la Argentina al menos, la gente está muy irascible. Se enciende la mecha por cualquier nimiedad. ¿Cómo se hace para bajar los decibeles en una sociedad?

-Es totalmente verdad. Me viene de pasar a mí con una sobrina. Yo le hice una broma y ella me malentendió. Estamos todos listos para saltar. Me recuerda a la jueza del Tribunal Supremo norteamericano, Ruth Bader Ginsburg, fallecida hace poco. Ella contaba un consejo que le dio su suegra el día que se casó. Le dijo: “A veces es mejor estar un poco sordo”. Esto la ayudó a tener un largo matrimonio.

-Sabias palabras…

-Esto vale también para el pesimismo y la frustración que nos rodea ahora mismo. Ser un poquito pacientes cuando oímos algo que no nos gusta, bajar un poco la guardia. Todo el mundo la está pasando bastante mal, con un miedo a la incertidumbre muy alto. Regalémonos algo de cariño.