Análisis y opinión

El espejismo del éxito: ¿por qué muchas empresas calculan mal sus ganancias sin saberlo?

Encima, la aparición de “influencers y expertos en finanzas” sumado a normativas contables basadas en convenciones agrava el problema

¿Es realmente rentable una empresa que muestra números verdes en su balance? Para la enorme mayoría de los empresarios, directivos, expertos y contadores, la respuesta parece obvia. Si el flujo de caja es positivo y los indicadores tradicionales aprueban la gestión, el negocio marcha bien.

Sin embargo, detrás de bambalinas se esconde una trampa teórica invisible que lleva a decenas de firmas a destruir capital de manera silenciosa: el uso de fórmulas neoclásicas tradicionales y rígidas más contabilidad convencional, para medir una realidad económica que es, por naturaleza, dinámica y humana.

Herramientas tan populares en los libros de administración y finanzas como la Tasa Interna de Retorno (TIR) o el Valor Actual Neto (VAN), y el margen sobre ventas, el devengado y la amortización en los libros de contabilidad convencional (extrapolado a las finanzas como es el caso de las famosas NIIF), se enseñan como verdades absolutas. Incluso enfoques más modernos como el EVA (Valor Económico Agregado) tradicional caen a menudo en el mismo error de origen.

El problema central es que estas metodologías fueron diseñadas bajo la premisa de que la economía funciona como un laboratorio de física, donde los mercados están en equilibrio/desequilibrio y las políticas económicas buscan mejorarlo/corregirlo, las tasas de interés son simples datos de pizarra y el futuro es un riesgo matemáticamente calculable.

Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de Economía, el mercado no es un sistema estático, sino un proceso continuo impulsado por el descubrimiento y la acción humana. Por ello, la gestión basada en el valor (Value Based Management) y el verdadero Value Investing exigen reformular por completo la manera en que medimos el éxito empresarial.

Decía Peter Senge, autor del famoso libro La Quinta Disciplina, que es mucho más grave no saber por qué gano dinero, que no saber por qué pierdo dinero; algo que hoy viven muchas empresas en Argentina.

La tapa del libro de Peter Senge.

La tapa del libro de Peter Senge.

Tres errores invisibles en la rentabilidad corporativa

Cuando una empresa local analiza un proyecto de inversión o evalúa su desempeño anual, suele cometer tres equivocaciones conceptuales graves originadas en la teoría convencional:

  • La ilusión de la tasa de descuento: El VAN y la TIR tradicionales exigen estimar un "costo de capital" basándose en modelos abstractos y en las tasas que fijan los bancos centrales. Pero, para el enfoque austríaco, la tasa de interés real no es un número contable; es la manifestación de la preferencia temporal de los consumidores (cuánto valoran el hoy frente al mañana). Al guiarse por tasas distorsionadas por la política monetaria, las empresas terminan aprobando proyectos larguísimos y faraónicos que, tarde o temprano, se demuestran inviables porque la demanda real de la sociedad no estaba ahí.
  • Confundir riesgo estadístico con incertidumbre genuina: Las finanzas de manual pretenden calcular el futuro asignándole probabilidades a los escenarios, como si el mercado fuera una mesa de ruleta. El empresario real sabe que el futuro es increíblemente incierto, no probabilístico, como dice el profesor Huerta de Soto: el empresario enfrenta incertidumbre inerradicable no riesgo. Calcular una TIR (si es con decimales mejor porque se ve más “científico”) para los próximos diez años en un contexto tan cambiante como el argentino o el internacional es un ejercicio de ciencia ficción que genera una falsa sensación de seguridad.
  • Un EVA que ignora la depreciación subjetiva: El indicador EVA neoclásico resta de la utilidad contable el costo del capital empleado. Aunque es un avance, sigue atado a valores de libros e inflación histórica. Un EVA con enfoque austríaco debe ir más allá: exige computar el costo de oportunidad real de los activos en el mercado actual y prever que el capital no es un bloque homogéneo, sino bienes específicos que pueden perder valor de la noche a la mañana si cambian las preferencias del consumidor.

La trampa contable: costos ficticios y proyecciones ciegas

A estos fallos de los indicadores financieros se suma un vicio diario en la gestión: la fe ciega en la contabilidad convencional. Los empresarios suelen valuar sus empresas basándose en datos contables que no reflejan la escasez real ni las leyes del comportamiento humano.

El error más común es trabajar sobre una estructura ficticia de costos. La contabilidad convencional registra lo que se paga, no lo que las cosas realmente valen (y encima el devengado que agrava todo). El caso más claro ocurre cuando un industrial o comerciante toma la factura de la energía eléctrica o el gas para calcular sus márgenes, sin contemplar que ese precio está subsidiado artificialmente.

Al evaluar la gestión con costos anestesiados por el Estado, el empresario cree que su negocio es viable, cuando en realidad está consumiendo su propio capital. Si el subsidio cae o las tarifas se sinceran, la rentabilidad "de papel" se evapora instantáneamente porque la estructura productiva se montó sobre un espejismo.

Los profesionales suelen trazar líneas rectas en Excel asumiendo que si la demanda sube 5%, los ingresos subirán proporcionalmente. Al hacer esto, olvidan por completo la praxeología de Ludwig von Mises (la ciencia de la acción humana).

Los profesionales suelen trazar líneas rectas en Excel asumiendo que si la demanda sube 5%, los ingresos subirán proporcionalmente. Al hacer esto, olvidan por completo la praxeología de Ludwig von Mises (la ciencia de la acción humana).

El segundo gran desacierto radica en cómo se proyectan esos balances hacia el futuro. Los profesionales suelen trazar líneas rectas en Excel asumiendo que si la demanda sube 5%, los ingresos subirán proporcionalmente. Al hacer esto, olvidan por completo la praxeología de Ludwig von Mises (la ciencia de la acción humana).

Mises demostró que la economía no se compone de variables macroeconómicas automáticas, sino de personas que actúan individualmente, eligen y cambian de opinión de forma constante. Una proyección contable lineal no puede anticipar cómo reaccionarán los consumidores individuales ante un cambio de precios, una innovación de la competencia o una crisis.

Los seres humanos no somos números en una ecuación. Respondemos a incentivos de manera subjetiva. Proyectar flujos de fondos ignorando que el mercado es un entramado dinámico de decisiones humanas es el camino directo al fracaso empresarial.

Hacia una gestión basada en el valor real

Para dejar de destruir riqueza de forma invisible, la mirada corporativa debe mutar desde la ingeniería financiera hacia la función empresarial pura. El valor de una empresa no está determinado por lo que costaron sus máquinas o por una proyección matemática de flujos de fondos abstractos descontados a una tasa abstracta (WACC neoclásico y para todo el período, tema que da para otra nota).

El valor es un juicio subjetivo del consumidor.

Una firma solo es verdaderamente rentable cuando el valor de lo que produce (según la valoración actual de sus clientes) supera con creces la suma de los costos de oportunidad de todos los recursos invertidos para lograrlo. Si una empresa, por ejemplo, presume una TIR de 25% anual, pero sus recursos materiales y humanos rendirían más adaptándose de inmediato a una nueva tendencia de consumo que la empresa prefiere ignorar, esa empresa está perdiendo valor, aunque el dueño festeje (de estos casos he tenido muchos en mi actividad profesional).

Ni hablar si encima pierde dinero real. No saber medir el valor y la rentabilidad es tan malo como perder dinero.

El desafío para el empresariado es abandonar la obsesión por las planillas de Excel que prometen predecir el futuro de forma matemática. El verdadero valor se gestiona agudizando el ojo para detectar desajustes en el mercado, manteniendo estructuras de capital flexibles para reaccionar a la incertidumbre (otro tema que merecería una nota) y entendiendo que la rentabilidad no es un promedio estadístico, sino el premio que la sociedad otorga a quienes logran satisfacer las necesidades del prójimo mejor que nadie.

En la economía real, el único balance que cuenta es el que se reescribe todos los días en la mente de los consumidores.

En pocas palabras

  • Empresas calculan mal: muchas empresas subestiman la rentabilidad real al usar métodos financieros tradicionales, ignorando la naturaleza dinámica de la economía.
  • Errores comunes: se analizan la ilusión de la tasa de descuento, la confusión entre riesgo y incertidumbre, y un EVA que ignora la depreciación subjetiva y los costos reales.
  • Gestión basada en valor: la verdadera rentabilidad se logra al alinear la producción con la valoración subjetiva del consumidor y la flexibilidad ante la incertidumbre del mercado.
Resumen generado por Thinkindot AI

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