Enrique Pfaab
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Alberto Trejo tenía que estar muerto. Le faltaba un tercio del cráneo. Todo el parietal derecho y el ojo de ese lado había quedado inútil. Tendría que haber muerto 15 años antes. Pero no. Allí andaba, arrastrando los pies, caminando encorvado, repasando todos los días las 17 cuadras que había de su casa al minúsculo y mugriento cuartito en donde se sentaba a leer con su único ojo sano las páginas crudas del diario del día siguiente, buscando errores.
Una noche de 15 años atrás Alberto había sido asaltado en el negocio de compra venta que tenía por esa época. Entraron dos tipos y uno le pegó un mazazo en la cabeza. “No hay nada que hacer”, le dijo el médico a Quela, su esposa. Pero después de unos meses Trejo volvió a andar. Tendría que estar muerto. Pero no. De esa encrucijada solo le quedó el abollón en el cráneo, el ojo inútil, un humor espantoso y un olor intenso, nauseabundo, como si realmente hubiera expirado. Usaba lentes y jamás limpió el cristal derecho, que se había transformado en una cosa turbia, viscosa. “Don Alberto, tiene sucio los lentes”, le decía a veces algún desprevenido. “¿Y para que lo voy a limpiar si de ese ojo no veo nada?”, respondía él entre dientes, malhumorado.
En la redacción se sentaba en su sillita rotosa y comenzaba a tildar los errores con una lapicera roja. Después se levantaba para tirar la página corregida sobre la mesa de la diagramadora y volvía a su cuartito mal alumbrado, que también era el archivo polvoriento del diario.
Antes, en los '80, cuando todavía le quedaban ganas, se dedicaba a tratar de instruir a los periodistas para que mejoraran su escritura. Después se cansó, quizá porque vio que sus esfuerzos eran inútiles, y sólo se dedicaba a tildar la página hasta salpicarla totalmente de rojo, mientras bufaba e insultaba entre dientes.
“Quela (Aurora Raquel Chalde) y Alberto Trejo fueron los primeros correctores de la zona y fueron una especie de maestros de periodistas”, reconoce Serafín Santos, un experimentado cronista de policiales ya en los albores de la jubilación. “El problema de Alberto era que no aceptaba los cambios en el lenguaje, las nuevas costumbres que terminaban siendo aprobadas por la Real Academia. Se enojaba mucho cuando se ponía en los textos alguna de esas palabrejas nuevas”.
En realidad Quela fue quien comenzó con el oficio de correctora. Había trabajado en decenas de lugares, entre ellos algunos diarios de tirada nacional. En los '60, en la época dorada de Eudeba, había trabajado en esa editorial. “Conoció a muchos escritores famosos. Me acuerdo especialmente de Paco Urondo”, dice Ana, la única hija de la pareja.
Alberto en cambio había trabajado muchos años en la Biblioteca del Congreso de la Nación, “hasta que murió Evita, en 1952, y él se negó a ponerse el listón negro. Era antiperonista por naturaleza”, cuenta su hija.
Después de vivir en la Ciudad de Buenos Aires, donde Trejo había nacido en 1925, la familia se mudó a Tres Arroyos. Allí Alberto tomó un curso y se hizo fotógrafo. Estuvieron hasta 1972. “Fue la época de López Rega. Nos fuimos a vivir a Perú”.
Quela siguió con su oficio de correctora. Incluso llegó a ser contratada por una editorial importante para hacer la adaptación de varios clásicos a una versión juvenil.
Pasaron unos años en Perú y después regresaron al país y se radicaron en la Patagonia, en donde Alberto puso su negocio de compra venta. En los '80 la pareja aprovechó uno de los primeros emprendimientos gráficos del lugar y se enrolaron como correctores.
“Los dos sabían mucho. Eran una biblioteca andante”, recuerda Santos.
Quien escribe conoció a Alberto Trejo en 1998, cuando ya tenía el hueco en la cabeza, el ojo ciego, el malhumor y ese olor penetrante. Pelo blanco y raleado, barba, lentes sucios y gruesos. Debía ayudarse con una lupa para corregir los epígrafes de las fotos y los clasificados.
Saludaba con un gruñido y prácticamente no hablaba con nadie. A veces, cuando ocasionalmente se cruzaba con el dueño del diario, trataba de sonreír y con un hilo de voz caminaba tras de él pidiendo algún adelanto salvador, un mísero aumento que lo rescatara de la hambruna de esos años perversos. Dolía verlo renunciar a su hosquedad a cambio de unas monedas, que nunca obtenía.
Los lectores de aquel diario criticaban siempre, entre otras cosas, los errores con los que salía impreso. No sabían que Alberto había trabajado 8 horas corrigiendo el 98 por ciento de ellos y que su esfuerzo no alcanzaba para desvanecer la brutalidad.
Cierta vez, cosa rara en él, se levantó de su silla y con la página policial corregida se acercó a este cronista para desasnarlo sobre la forma correcta de escribir cannabis sativa. Dio una clase magistral de 25 minutos sobre el origen de la planta, sus propiedades medicinales y alucinógenas, y la diferencia entre la marihuana y el hachís, pese a que surgen de la misma planta. “Le cuento esto porque me parece que a usted le interesa escribir bien, según he visto”, dijo antes de dar media vuelta y volver a su reducto. Desde ese día comencé a controlar las tildes rojas que dejaba Trejo en la página corregida de Policiales y busqué disminuirlas al mínimo posible. Una vez supo haber sólo tres.
Pero además de corregir el castellano también supervisaba la correcta escritura de las palabras en francés, en inglés y en alemán.
Muchas veces me levanté para consultarle algo. Y cada vez su respuesta fue clara y abundante en motivos, en los orígenes y en la historia. Era un placer escucharlo, de pronto entusiasmado por poder dar una clase más. Pero hay que confesar que era difícil soportar su olor intenso y también olvidar la urgencia de la hora del cierre.
En el tercio de cráneo que le faltaba seguramente estaba la virtud de la vigilia, porque cada tanto se dormía profundamente sobre las hojas que corregía. Quizá haya sido también la fuerte medicación que tomaba y que lo ayudaba a no sumergirse en ataques de ira, todo como consecuencia de aquel mazazo en la cabeza. Una noche cayó en un sueño tan profundo que la redacción en pleno creyó que había fenecido. Hubo que sacudirlo intensamente para que despertara.
Lo dejé de ver cuando me fui de ese diario. Hace poco me enteré de que había muerto Quela y tiempo después había fallecido él, esta vez completa e irrevocablemente.
Después conocí a otros correctores que olían mucho mejor. Traté de aprender de ellos también. Pero fue Alberto Trejo quien me hizo tomar conciencia del peso de cada palabra, una por una. Todavía intento escribir dignamente, especialmente esta crónica. Este texto que llega demasiado tarde y que Alberto no podrá llenar de tildes rojas. Pero me niego a olvidar… y a que lo olviden.
