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Las pistas de Francisco sobre cómo será su pontificado

Por Pablo Ordaz/El PaísEspecial para UNO

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ROMA- Frente a los 114 cardenales que lo habían elegido un día antes, príncipes poderosos de las distintas facciones de una Iglesia enfrentada y con el norte perdido, escogió las palabras más sencillas para decirles que la única solución es volver al camino, a la esencia del cristianismo.

Les pidió que tuvieran el coraje de “cargar con la cruz de Cristo”, de volver a llevar “una vida irreprochable”, de salir de sus palacios y mezclarse con la gente que los necesita. “Si no confesamos a Jesucristo”, añadió, “nos convertiremos en una ONG piadosa, pero no seremos Iglesia”.

Este papa que viene en son de paz va a dar mucha guerra. Dentro y fuera del seno de la Iglesia. Queriéndolo o sin querer, sus primeras 24 horas de pontificado dejaron un sinfín de pistas sobre sus intenciones, sobre su carácter bonachón pero también expeditivo, el mismo que demostró cuando sólo era un crío, al enviarle una carta con un dibujo y un ultimátum a su novia Amalia: “Si no me caso con vos, me meto a cura”. O cuando, nombrado cardenal por Juan Pablo II, pensó que era un crimen gastarse un dineral en el hábito reglamentario y le pidió a su hermana que recauchutara uno viejo. O cuando, en la mañana de ayer, tras su primera visita a una basílica romana para rezar en privado ante una imagen de la Virgen, le pidió al chofer del Vaticano que lo acercara a Vía della Scrofa para recoger su maleta del albergue en el que había pasado sus primeras noches en Roma y pagar religiosamente la cuenta. Antes, por cierto, había dejado plantado al sastre, había rehusado el coche lujoso que le ofrecían y había pedido que la escolta se redujera al mínimo indispensable. Salió al aire de Roma con su cruz plateada en vez de la de oro que usaba Benedicto XVI.

Estilo BergoglioGestos. Tal vez sólo gestos. O tal vez no sólo. Porque, al regresar al Vaticano, lo primero que hizo Jorge Mario Bergoglio fue agarrar papel y lápiz y escribir una carta a la otra orilla del Tíber. Al barrio judío de Roma, allá donde en las puertas de muchas casas, en el suelo, hay una pequeña placa brillante con el nombre y la fecha en que algunos vecinos fueron detenidos y enviados a campos de concentración. Allí fue donde llegó la primera carta firmada por el Papa. A la atención del doctor Riccardo Di Segni, rabino jefe de Roma. Decía: “Espero poder contribuir al progreso de las relaciones entre judíos y católicos conocidas a partir del Concilio Vaticano II, en un espíritu de colaboración renovada”. La carta fue publicada enseguida en la página web de la comunidad hebrea y la contestación llegó desde Israel. Simón Peres invitaba al nuevo Papa a visitar su país: “Será bienvenido como un hombre de inspiración que puede ayudar a traer la paz a una zona tormentosa”.

La noche anterior, tras desearles “buenas noches y buen descanso” a los miles que se habían acercado a darle la bienvenida en la Plaza de San Pedro, Bergoglio cenó con el resto de los cardenales y los retó: “Quizá Dios los perdone (por haberme elegido)”.

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