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Ese confesor desconocido

Por Enrique Pfaab epfaab@diairouno.net.ar

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Principios de los '90. San Telmo, zona de conventillos en donde sobrevivían familias llegadas del interior y de países vecinos. A dos cuadras de la Casa Rosada estaba (está) el convento de Santo Domingo. Los frailes más jóvenes encaraban en ese tiempo varias misiones en villas, en zonas empobrecidas del país y también una en el mismo San Telmo.

Un par de frailes y una veintena de jóvenes militantes trabajaban en los conventillos y especialmente los sábados visitaban esos viejos edificios desvencijados, la mayoría propiedad de sucesiones complejas que alguien explotaba alquilando las piezas a las familias que, hacinadas, comenzaban a desengañarse de la Gran Ciudad.

Juan Pedro, a quien todos llamaban Pepo, era uno de esos frailes jóvenes y quien escribe era uno de esos jóvenes militantes que integraban el grupo, más por inquietud social que por fe religiosa y en tiempos en que la militancia política de base era sólo el recuerdo de otras épocas.

Como todo cura Juan Pedro había elegido como confesor a un sacerdote con experiencia. Curiosamente ese confesor no era dominico sino que venía de otra orden. Un jesuita. Jorge Bergoglio. Un cura aún desconocido.

Durante dos sábados ese hombre de hablar suave visitó los conventillos con el grupo y habló con los misioneros. En esas charlas no tenía empacho en dirigir duras críticas al menemismo. Casi las mismas que, curiosamente sin marcar diferencias, hizo después contra el kirchnerismo.

“Escúchenlo, porque es un hombre muy inteligente. Tiene una visión muy amplia”, le había aconsejado el fraile Juan Pedro a su grupo. Pepo vio lo que otros todavía no veían. Evidentemente Jorge Bergoglio era un hombre inteligente. Al menos supo cómo llevar su vida sacerdotal hasta convertirse en Francisco I.