Por Patricia Losadalosada.patricia@diariouno.net.ar
Hoy, en Amanece en la ruta. Una caminata por una ciudad desconocida nos puede sorprender con una bella escultura más típica de un museo que en una calle y al aire libre.
Esculturas de Dalí y Botero lucen en calles de Madrid y Andorra

Una caminata por una ciudad desconocida nos puede sorprender con una bella escultura más típica de un museo que en una calle y al aire libre. Por ejemplo, en la avenida Meritxell, la principal del Principado de Andorra, uno de repente se encuentra con una maravillosa obra de Dalí: Noblesse du temps (Nobleza de los tiempos) ubicada a la intemperie, precisamente en la Plaza de la Rotonda, por encima de un puente donde pasa el río Valira.
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La bella obra del genial artista catalán lleva en ese lugar tres años y está intacta, no ha sufrido ni pintadas en aerosol, ni a nadie se le ocurre escribir sobre ella algún grafiti o hacerle otros daños menores.
Luce brillante ya que está hecha con bronce y mide 4,90 metros de altura por 1,70 y 2,60 metros de profundidad y longitud, y pesa 1.400 kilos.
La escultura pertenece a una de las series de relojes derretidos que fueron creadas por Dalí para simbolizar el paso del tiempo.
El reloj, que se funde en torno de un tronco de árbol, luce encima de una corona, que según el artista representa el dominio del tiempo sobre la humanidad.
No son muchas las obras escultóricas de Salvador Dalí que fueron hechas por sus propias manos. Los estudiosos de su obra señalan: “Dalí como escultor puede parecer extraño. Sabido es que lo suyo era la pintura, pero su afán por el dinero lo llevó a convertirse en escultor por contrato, si bien ya había tenido contactos con el arte escultórico”.
En EspañaOtra de las obras que llama la atención y sorprende al transeúnte mientras pasea por la Plaza de Colón y la calle Génova, de Madrid, pertenece al artista colombiano Fernando Botero.
Se llama Mujer con espejo y fue un regalo que el autor realizó luego del éxito de su exposición en esa ciudad, que tuvo lugar en la primavera de 1994.
Como la mayoría de las obras de Botero, la escultura de una mujer mirándose al espejo, se destaca en la bella zona madrileña. Esta realizada con bronce fundido y sus dimensiones son 82,5x353x125cm.
Si bien la mayoría de la gente llama a sus esculturas “las gordas de Botero”, al autor nunca le gustó la expresión “gordas”, ya que según él lo que busca con este tipo de obras es solamente darle un gran protagonismo al volumen.