Un mexicano llamado Jonathan Vargas Andrés es enfermero de la unidad de cuidados intensivos y trata a pacientes que padecen coronavirus en Estados Unidos. Este caso es en Caroliona del Norte, en el centro médico Winston-Salem.
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El conflicto surge porque el hombre llegó al país gracias a la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, aprobada en 2012) que brindaba la posibilidad de trabajar y estudiar legalmente en EE.UU., pero el presidente Donald Trump quiere revocarla.
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Jonathan lleva cuatro años trabajando en la misma unidad que su esposa y su hermano, también enfermeros, y la semana pasada ha visto un aumento en el número de casos.
"Trato de no pensar en eso, porque si lo pienso mucho me canso", dice Jonathan en su suave acento sureño. "Básicamente, tuve que desconectar por mi propia salud. Es el miedo más que nada", cuenta el extranjero a BBC.
El programa DACA
Jonathan, quien llegó de México con 12 años, se benefició del programa DACA, una norma de la era Obama que protegía de la deportación a los jóvenes que fueron traídos ilegalmente a Estados Unidos cuando eran niños y que les proporcionó permisos de trabajo y estudio.
En 2017, Donald Trump detuvo el programa y actualmente está siendo revisado por la Corte Suprema estadounidense. En cualquier momento, a Jonathan se le podría decir que ya no tiene derecho a trabajar o vivir en Estados Unidos.
Hay aproximadamente 800.000 beneficiarios de DACA en Estados Unidos. El Centro para el Progreso Americano, un think tank de izquierda, estima que 29.000 de ellos son trabajadores de atención médica en primera línea (médicos, enfermeros, paramédicos) y otros 12.900 se desempeñan en otros sectores de la industria de la salud y el cuidado.
Jonathan describe su trabajo como una vocación. Le encanta ser enfermero a pesar de enfrentar una pandemia a los cuatro años de haber iniciado su carrera. "Obviamente, da miedo cuando estás allí", dice. "Te vuelves muy, muy, muy paranoico con lo que tocas".
"Pero tienes que dejar ese pensamiento de lado, porque estás allí para ayudar a estas personas. No se trata de ti". Su hospital tiene suficientes equipos de protección personal. Los están usando con moderación, lo que lo pone nervioso, pero lo que es más difícil, cuenta, es tener que ver a la gente morir sola.
"Es muy triste, muy deprimente ver a las familias tener que despedirse a través de un iPad. No solo es estresante, sino emocionalmente agotador", cuenta el profesional.
Al menos en la unidad hay solidaridad, pero a veces siente que está viviendo una doble vida. "Cuando voy a trabajar y hablo con mis compañeros de trabajo, ellos no saben sobre mi estatus", dice.
"Pero luego regreso a casa y me doy cuenta de que, ya sabes, estoy viviendo fuera del radar. Ni siquiera sabes si algo de lo que estás haciendo para ayudar a tu país será apreciado. Y en un par de meses, podría ser deportado", finalizó el joven muy angustiado en diálogo con la BBC.



