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Embalsamado para siempre

Por Rolando Graña Especial para UNO

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¿Cuánto tiene que hacer un presidente para que lo embalsamen? Porque presidentes muertos hay muchos, pero presidentes embalsamados pocos, muy pocos, apenas 17 en todo el mundo, sólo uno en Venezuela.

Perón y Evita fueron embalsamados por amor y mutilados por venganza. Lenin en la Unión Soviética, Mao en la China alguna vez comunista y Ho Chi Minh en el Vietnam orgulloso que expulsó a los norteamericanos también fueron embalsamados y, según soplaran los vientos ideológicos, exhibidos, aunque nunca mutilados. Hay una ley política no escrita que dice que para que un líder resulte embalsamado tiene que haber hecho algo importante, fundacional, revolucionario, algo grande, en fin. El problema es que los que hacen algo grande provocan también grandes rechazos.

Así las cosas, el recién fallecido y futuro embalsamado presidente de Venezuela Hugo Chávez reúne todos los requisitos para no volver al polvo común de los mortales, sino para permanecer exhibido y relleno de formol y siliconas. Chávez, igual que Perón y Evita, hizo algo grande, dividió aguas, fue adorado por millones y odiado por algunos menos.

Mucho se discutió estos días sobre qué hizo Chávez por esos millones de venezolanos que lloraron ante su cadáver. Un extranjero recién lo empieza a entender cuando se detiene en las calles, pregunta, mira y compara. Veamos.

En Argentina estamos acostumbrados a que los anuncios de los gobiernos rara vez deparen verdad y eficiencia. Salvo el Fútbol para Todos, los diversos programas “para Todos (y Todas)” terminaron diluyéndose poco después de los discursos y un par de spots. ¿En qué quedó por ejemplo el “Carne para Todos”? En nada: tuvieron que suspender el programa porque estaba mal organizado. Pocos camiones, gente que se atropellaba por comprar.

En Venezuela, esas cosas el chavismo se las toma más en serio y las concreta. Hoy estuve por ejemplo en el Abasto Bicentenario, un verdadero shopping del Estado, no lujoso pero que funciona.

Aquí conviven locales privados con locales de empresas públicas insólitas para nosotros. En una misma planta, las hamburguesas de Burger King tienen de vecinos a una tienda de ropa de mujer con un insólito logo que reza: Ministerio del Poder Popular. Aquí se venden desde cachondas bragas hasta jeans elastizados a precios populares. Enfrente hay un localito de perfumes artesanales (no del Estado) y al lado, con la infaltable rotunda cara de Chávez, otro local ofrece barata la línea blanca: heladeras, cocinas, lavarropas de una marca propia fabricada por el Estado que cuestan la mitad que los importados afuera.

Adentro, ya en el supermercado propiamente dicho, también se venden heladeras importadas pero a lo que ellos llaman “precio justo”, esto es, compradas por el Estado, el famoso Ministerio de Poder Popular, y revendidas a la gente al costo o con un mínimo margen de ganancia. Así, un LCD Sony Bravia de 32 pulgadas termina costando 6.200 bolívares, eso es, unos $7.000, 20% menos de lo que costaría en una tienda privada. “Abastos” similares al Bicentenario hay varios en la ciudad y en todos sucede el folclore de la especulación y la reventa. Familias o grupos de vivos entran y salen, acopian y venden a más del doble en sus barrios lo que aquí compraron barato. Así y todo, en las góndolas no parece que falten productos.

En Venezuela hay un bruto déficit de producción de alimentos. Casi todo se importa. Hay pocas empresas nacionales y las extranjeras no quieren dejar parte de sus utilidades al socialismo bolivariano. Entonces el Estado termina fabricando cosas insólitas: helados, jugos de frutas, pañales y hasta toallas femeninas. Chavistas y antichavistas compran por igual en estos supermercados que, hay que decirlo, no alcanzan a enfriar una inflación anual que ronda el 30%. Pero si cambiara el gobierno en 30 días, ¿quién se animaría a desmantelar estos supermercados populares? ¿Quién quitaría a los médicos de los barrios? ¿Quién detendría los planes de vivienda?

Ese es otro caso interesante, el de las casas. A 20 minutos de Caracas, entre las montañas, al propio Hugo Chávez se le ocurrió fundar una ciudad popular. La llamó Ciudad Caribia y con el tiempo vivirán allí unas 50.000 personas. Las casas son dignas, mucho mejores que las pocas que se entregan en Argentina. Los que las reciben no pagan nada y cuando llegan ya tienen heladera, cocina, lavarropas, juego de sillones, cama y colchones.

Hay escuelas, banco, cíber, peluquería y súper. Gracias al petróleo en alza, Chávez construyó muchas, pero muchas casas en sus 14 años de gobierno. Esas casas efectivamente llegaron a los que las necesitaban y no a los amigos del amigo del puntero.

Para ellos, para los que recibieron la casa, para los ancianos que cobraron su primera pensión, para los que vieron estudiar a sus hijos, para los que salieron de la calle (Caracas es una ciudad sin homeless, ni cartoneros ni limpiavidrios), es lógico que Chávez merezca devoción y ser embalsamado.

Los que no lo quieren ni embalsamado ni en foto son los que ven en el chavismo (que no es un comunismo a la cubana ni mucho menos) un freno a su desarrollo o sus libertades. Es que el chavismo (como el kirchnerismo) no logra frenar la inflación ni la inseguridad y así, más allá de odios ideológicos, ha perdido mucho arraigo en las clases medias urbanas.

En treinta días habrá elecciones en Venezuela. Entonces se verá si Chávez, como Perón, puede hacer ganar unas elecciones después de muerto. Y se verá también si su canonización, embalsamamiento y estatua siguen vigentes después de las urnas.