Manuel González, de profesión socorrista, bajó el miércoles por propia voluntad a esos túneles que se convirtieron en infierno subterráneo para el grupo de mineros sepultados durante 70 días en el norte de Chile.

El primer humano que vieron "los 33"

Por UNO

Manuel González, de profesión socorrista, fue el primer ser humano que vieron en vivo y directo los33 mineros sepultados desde el 5 de agosto. Había bajado en la cápsula Fénix a comenzar el

operativo rescate.

Pasó allí 26 horas, trabajando en un turno extenso y sin opción de descanso. Cargado de

adrenalina, instruido sobre cada paso necesario para garantizar el éxito del Operativo San Lorenzo.

"Manolo", como lo llaman, fue el primer rescatista en bajar a la mina para asistir en el

ascenso en la cápsula Fénix. Y fue el último en salir.

Su viaje de descenso se inició con una ovación, que marcó la puesta en marcha del operativo

de rescate minero más grande de la historia. Pero fue su viaje de regreso el que quedará en la

historia: el último recorrido en la Fénix, el fin de la pesadilla, el disparador de la euforia de

un país entero que ya tenía a "los 33" de vuelta en la superficie.

La imagen de González abandonando el refugio, captada por una cámara subterránea, resultó

estremecedora: con una reverencia, se metió en la cápsula que, como un gusano metálico, desapareció

por el hoyo en la pared. El taller se vio entonces como un paisaje lunar, rocoso y desértico, donde

ya nada quedaba por hacer.

Julio Verne

Manuel González al llegar y salir de la mina

Manuel fue el primer rescatista en bajar a la mina en la cápsula Fénix. Y el último en salir.

La cara de González se ha convertido en otro de los símbolos de este rescate. En las redes

sociales, alguien escribió: "El nombre artístico de Julio Verne es Manuel González".

Él lo agradece, pero dice que en la épica de la mina San José los únicos héroes son los 33

mineros. Asegura que todos sus compañeros estaban en condiciones de hacerlo, pero lo eligieron a él

y eso es "un honor" para un socorrista de ley.

Para la tarea entrenó durante una semana. Un régimen de ejercicios, dieta y prácticas

circulando dentro de un tubo, similar a los que se usaron para hacer el encamisado del túnel.

Su viaje en la cápsula Fénix 2 fue una apuesta de riesgo, sólo apta para valientes. Era la

primera vez que el dispositivo hacía un descenso tripulado hasta las entrañas de la mina y todo

podía salir mal. Sus compañeros le sugirieron que pensara en una playa, mientras bajaba con la

pared metálica a escasos centímetros de la cara.

"Cuando llegue abajo, me emocione. Quería desahogarme con ellos, lo único que quería era

bajar y ver que estaban bien", dice.

Lo recibieron con abrazos de torsos desnudos y le impresionó verlos "en puros shorts". Pasó

26 horas a 40 grados de temperatura.

"Imagínense lo que es vivir así 70 días ", dice González.

Cada vez más rápido

El viaje en la cápsula era un trayecto de 622 metros en un estrechísimo ascensor.

A los hombres los encontró con una ansiedad controlada. Eufóricos de a ratos, pero muy

organizados.

"No estaban todos junto a la cápsula, sino por grupos, listos con sus uniformes puestos y los

elementos que les exigían en la parte medica para emprender la salida", relató el hombre, de 46

años y padre de dos hijos.

Con 20 años de experiencia en minería y 12 como socorrista en la empresa estatal del cobre,

Codelco, González sabía qué hacer. Él y sus otros 4 compañeros tenían funciones repartidas, que

cumplieron cada vez más aceitadamente, lo que en parte hizo posible reducir el tiempo de ascenso de

casi media hora al principio del operativo, a menos de la mitad sobre el final.

Los técnicos mineros se encargaban de revisar la parte mecánica y la infraestructura de la

jaula, mientras sus colegas de la Armada cubrían la parte médica. Luego, todos se unían en la

instancia final: la de dar aliento al viajero que iniciaba el camino a la superficie.

Dentro y fuera de la cápsula hubo cantos y gritos de apoyo, como una forma de combatir el

miedo por los minutos que duró el trayecto de 622 metros –equivalente a un edificio de unos 200

pisos- en un estrechísimo ascensor.

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Denuncia

Esta mina no contaba con los elementos más básicos. Trabajar un turno de doce horas con esa

temperatura, ningún ser humano lo soporta

Manuel González, rescatista

Su descenso bastó para confirmar lo que muchos trabajadores del establecimiento, en manos de

la empresa San Antonio, ya habían denunciado: pésimas condiciones de seguridad.

"Esta mina no contaba con los elementos más básicos. Trabajar un turno de doce horas con esa

temperatura, ningún ser humano lo soporta", reclama el socorrista.

El yacimiento de San José tiene, ciertamente, un triste historial de accidentes, así como una

clausura seguida de una reapertura con presuntas irregularidades en los permisos, que aún debe ser

investigada.

"Es inhumano, no se puede trabajar ahí", recalca el experto, que proviene de El Teniente, la

mina subterránea más grande del mundo.

Así se lo dijo al presidente Sebastián Piñera. Al igual que el jefe minero, Luis Urzúa,

recibió del mandatario una promesa: que los controles se ajustarán para evitar episodios trágicos

de aquí en adelante.

Sus compañeros de equipo también reclamaron de cara al futuro: pidieron más financiamiento e

infraestructura para los cuerpos de salvataje, para que cada área de un país minero como Chile

tenga un equipo de emergencias de alta jerarquía.

De vuelta al sol

Los mineros tienen una deuda con el rescatista: un novillito para el asado.

Cuando se fueron todos, primero los 33 y luego los otros asistentes, González se quedó solo.

Debía cumplir con la consigna de su labor: en un rescate, el que baja primero, sube último.

Para matar la espera, de unos 20 minutos, el hombre se puso a leer un libro de oratoria, de

los que las autoridades habían mandando a los mineros durante el encierro.

"Estaba contento pero cansado, quería llegar arriba", recuerda.

La cápsula Fénix cumplió con él su último viaje antes de convertirse en pieza de museo. Fue a

las 0:21, hora de Chile, y diez minutos lo llevaron de regreso a la superficie y a su casa.

Ahora, dice que los 33 mineros tienen con él una deuda: uno de ellos ofreció un novillito

para el asado, "y más vale que tendrá que cumplir".