Guevara fue ultimado en plena selva boliviana junto a su ilusión de trasladar a toda América Latina la experiencia de la revolución socialista hecha en Cuba.

A 43 años del asesinato del Che

Por UNO

Tirado en el piso mugriento de una escuela, Ernesto Guevara supo que había llegado su hora. MarioTerán, sargento de ejército boliviano, dio un paso atrás, cerró los ojos y disparó la primera

ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo y comenzó a perder muchísima sangre.

La segunda ráfaga lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón. Ya estaba muerto.

Eran las dos y cuarto de la tarde del 9 de octubre de 1967.

Guevara había sido asesinado en plena selva boliviana junto a su ilusión de trasladar a toda

América Latina, y en especial a su Argentina natal, la experiencia de la revolución socialista

hecha en Cuba.

Disfrazado con anteojos y bigotes, con un pasaporte falso de ciudadano uruguayo, el Che había

entrado en Bolivia unos meses antes con la idea de organizar una guerrilla.

Tras una primera batalla exitosa, sus fuerzas comenzaron a debilitarse mientras los

campesinos, en los que había depositado toda su expectativa, no lo apoyaban o, directamente, lo

delataban.

Cayó detenido el 8 de octubre en la Quebrada de Yuro. Un día después fue fusilado.

En el operativo, como prueban hoy de manera irrefutable los documentos desclasificados por el

propio gobierno de los Estados Unidos, intervinieron agentes de la CIA.

Como una maldición que se propagó por años, muchos de los militares bolivianos que tuvieron

participación en la captura y muerte del Che, compartieron un destino trágico de muertes violentas

y extrañas.

Su cadáver permaneció oculto (se dijo que había sido cremado) hasta que los restos fueron

hallados en 1997, enterrados a un costado de la pista de aterrizaje de la localidad de Vallegrande.

Hoy descansan en Cuba. Su mito, en cambio, no tiene reposo. "Póngase sereno y apunte bien:

¡va usted a matar a un hombre!": la última frase del Che

Fuera de las cuatro paredes del aula de escuela de La Higuera, los oficiales que no se habían

animado a matar a Guevara esperaban ahora poder alzarse con el cadáver para llevarlo como trofeo de

guerra al general Alfredo Ovando Candia, comandante en jefe del ejército y luego presidente de

Bolivia. Ovando estaba en Vallegrande, a unos kilómetros al norte de La Higuera, y ardía en deseos

de mostrar el cuerpo del Che a la prensa internacional.

La historia oficial aseguraba que Guevara había sido muerto el día anterior, 8 de octubre, en

un enfrentamiento con las tropas regulares. Era una mentira sostenida desde el palacio de gobierno

de La Paz por su entonces titular, el general René Barrientos, quien decidió que Guevara debía

morir no bien supo de su captura y lo dio por muerto en un tiroteo con el ejército. En realidad, y

Barrientos lo sabía, Guevara estaba vivo, herido en una pierna.

La mentira se sostuvo durante algunos años y se convirtió luego en leyenda. También en error

histórico. Cada vez que se recuerda la muerte de Guevara un 8 de octubre se avala la historia

oficial inventada por quienes lo asesinaron un día después.

Esos últimos minutos de la vida del Che fueron reconstruidos años más tarde, cuando el ex

ministro de Gobierno Antonio Arguedas huyó de Bolivia con fotocopias del Diario del Che y contó

cuanto sabía a la agencia cubana Prensa Latina.

Las últimas horas de la vida de Guevara pudieron ser reconstruidas por otros testimonios

igualmente valiosos. Entre los oficiales del ejército boliviano que en La Higuera esperaban que se

enfriara el trofeo de guerra había uno que no era ni capitán ni miembro del ejército ni boliviano.

Vestía uniforme y grado de capitán, pero era un mercenario cubano de 26 años, reclutado por la

Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), Félix Rodríguez Mendigutia, que se

hacía llamar Félix Ramos.

A principios de los años 70, Rodríguez fue instructor del Ejército Argentino convocado por el

entonces general Tomás Sánchez de Bustamante, que lo había conocido en Vietnam. En los años 80,

Rodríguez fue uno de los agentes operativos de la CIA que instruyeron al ejército salvadoreño que

luchaba contra el izquierdista Frente Farabundo Martí. Estuvo ligado al coronel estadounidense

Oliver North en el escándalo Irán-Contras, por el que Estados Unidos proveyó de armas a Irán y

financió a la guerrilla opositora en Nicaragua.

Según describió en sus memorias, Rodríguez intentó salvar la vida de Guevara. Pidió por él al

coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la VIII División del ejército que había cercado a los

guerrilleros. Según Rodríguez, Zenteno Anaya le dijo que sus órdenes eran matar al Che y que fueron

inútiles sus esfuerzos por convencer a los militares bolivianos de que Guevara era más importante

vivo que muerto. El hombre de la CIA fue entonces a ver a Guevara, a quien sabía con los minutos

contados, para hablar con él. Como respuesta recibió una ráfaga de odio: "A mí nadie me interroga",

le dijo el argentino. Al igual que el sargento Terán, Rodríguez no pudo evitar sentirse impactado

por la personalidad de Guevara que, aun en la derrota, parecía irradiar una extraña fuerza:

"Comandante —le dijo adjudicándole grado militar— no vine a interrogarlo. Nuestros ideales son

diferentes. Pero yo lo admiro. Usted fue ministro en Cuba. Ahora, mírese: está como está por creer

en sus ideales". La conversación siguió unos minutos, Rodríguez se hizo tomar una foto junto a

Guevara, herido pero de pie, y el Che dio otra muestra de lucidez: "Usted no es cubano", le dijo a

Rodríguez.