Por Jaime [email protected]
Debo empezar por cumplir un compromiso con el amigo: ha muerto Víctor Fayad, el gobernador que no fue. Hasta hace pocos días me repitió que no dejara de imprimir esa frase. Con su humor ácido de siempre había dispuesto ese titular para los diarios de Mendoza. Porque sabía que le quedaba poco y no quería dejar de dar ninguna instrucción. Se murió de pie, peleando contra nadie, tirando piñas en el aire, sin entender la banalidad de una muerte que lo atrapó demasiado joven y con mucho por hacer.
Nos conocimos en la adolescencia y desde ese momento ya no pude pelearme con él, aun cuando no faltaron razones de uno y de otro lado para hacerlo, porque nos unió el afecto y la comprensión de saber que hay un hilo secreto que une o desune más allá de las palabras y las actitudes.
Lo he escuchado decir las cosas más geniales y crueles de las que pueda ser capaz un ser humano, pero siempre había detrás un dejo de ternura, de humanidad. Hasta cuando estaba equivocado (y él se daba cuenta antes que nadie) tenía el reflejo de sacar su irrepetible sonrisa cómplice, componedora.
Y claro que fue el gobernador que no fue y que la equivocada (pido perdón de antemano pero lo pienso y es momento de decirlo) fue Mendoza. La señora se equivocó, no comprendió que hubiera sido infinitamente mejor que muchos que llegaron, habría sido uno de los mejores sin dudas. Le sobraba inteligencia, coraje y capacidad.
Pero lo importante es que detrás del político superior, de esos que nos faltan cada día más, había un tipo especial, cálido y amigo de los que quería, siempre atento. Lo pienso y estuvo en tantos momentos importantes de mi vida que me duele, carajo, que no va a estar más.
Pero no quiero hablar del político hoy, porque ese está en la consideración pública y todos lo conocieron. Me interesa más ese hombre que siguió siendo siempre el adolescente que conocí. Hace no mucho viví con el Viti una situación complicada y en la que tuve que mediar. Sabía que se había equivocado con alguien que los dos queremos mucho y no sabía cómo salir de la trampa montada por él mismo. En un punto me agradeció y me pidió que no le hablara más del tema porque le dolía. Varios intentos para acercar a los distanciados fracasaron, hasta que bastó un encuentro casual para volver al cariño y la admiración que se tenían. Lo hizo con naturalidad y con ese afecto que se le salía en cada mueca, en cada palabra filosa. Ya estaba muy enfermo y ansiaba volver a amigarse antes de irse. Su corazón le había ganado la partida a su lengua una vez más.
Así era el Viti, un chiquilín, enamorado de la vida, fanático del champán y de la noche, sagaz, seductor, irónico, mordaz, amigo de sus amigos, siempre listo para dar una mano, para estar presente y reírse de todo y todos. Hasta de él mismo.



