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Se trata de los internos que trabajan en los talleres de la Unidad Productiva Penitenciaria, que se reparte en cuatro cárceles locales. Se firmaron convenios con ocho empresas, que los capacitan y les pagan.

Vendiendo sus productos unos 400 presos generaron 300 mil pesos

Por Rosana Villegasrvillegas@diariouno.net.ar

Todos cometieron algún delito que fue su pasaporte a una celda. Varios de ellos ya deben haber dejado atrás aquella primera pulsión de pasar largas horas pensando en cómo fugarse. Ahora invierten ese tiempo en recuperar su productividad en alguno de los distintos talleres de la Unidad Productiva de la Penitenciaría. Son unos 400 internos que sólo en un año han generado ingresos por unos $300.000, que sirvieron para pagarles sus sueldos y para reinvertir en materia prima para futuros productos.

Lejos en el recuerdo quedaron aquellos rústicos camiones de madera con ruedas que no rodaban o los típicos chanchitos de yeso con la camiseta de algún equipo de fútbol, que si bien servían para que los presos locales pudieran hacer terapia laboral, terminaban apilados en algún rincón, ya que nadie se interesaba en comprarlos.

Desde hace poco más de un año y con la intención de generar trabajos redituables y comercializables que sirvieran también para abrirles la posibilidad de aprender un oficio, se inauguró en la cárcel de San Felipe la Unidad Productiva Penitenciaria, que tiene allí dos galpones: uno aloja a los internos que trabajan en metalúrgica y carpintería, y el otro fue destinado a la producción de calzado de trabajo. Sólo por citar un ejemplo, en el mes de mayor producción en este último galpón se confeccionaron 1.800 pares de calzados. Ahora, con el fin de cumplir con las normas IRAM (Instituto Argentino de Normalización y Certificación) y poder vender ese calzado fuera de la provincia, se ampliaron las instalaciones de manera tal de contener a más de 40 presos, abocados a producir para la empresa Calzados Cuyo SA.

En las distintos talleres que funcionan en las cárceles de San Felipe, Boulogne Sur Mer, Almafuerte y la Granja Penal se producen borcegos con puntas de acero o termoplásticas, uniformes para empleados de supermercados locales, churrasqueras de metal, parrillas plegables para llevar en el auto, muebles de mimbres para jardín, puertas, mesas, cuchetas y hasta juguetes de madera que se donarán al hospital Notti.

“Después de un largo trabajo de concientización y varias reuniones, desde el Servicio Penitenciario hemos logrado firmar convenios con 8 empresas locales, que son quienes capacitan a los internos y aportan la materia prima para el trabajo. Si bien cuesta que las firmas confíen en el trabajo que hacen los internos, tratamos de que vean que también es un negocio, ya que no tienen que alquilar un lugar para producir y tampoco deben pagar aportes patronales, lo que hace que el producto tenga un costo de producción mucho más bajo. Y por otro lado, buscamos que los internos cumplan con la misma cantidad horaria de trabajo que tendrían si trabajaran fuera de la cárcel, con la idea de que internalicen esa responsabilidad mientras aprenden el oficio. Por otro lado, buscamos que reciban un sueldo que esté acorde con su productividad”, detalló Juan Pablo Rodríguez, jefe de la Unidad Productiva Penitenciaria.

Trabajar en la cárcel y cobrar

Si bien el dinero que puede recibir cada uno de estos presos varía de acuerdo con la labor que realiza y con lo que produce, en promedio cada uno de ellos recibe un sueldo que ronda los $1.000. Ese dinero se destina al Régimen Financiero Especial para la actividad de Producción y Comercialización de los bienes en que intervengan los internos de la Penitenciaría provincial, creado por la Ley 4.818 sancionada en 1983. Esa ley crea una cuenta Penitenciaria Provincial adonde va a parar el dinero que recibe el detenido. De ese sueldo, cada preso podrá disponer del 30% para sus gastos personales y el 70% restante conformará un fondo de reserva, con la idea de que sume un monto del que el preso pueda disponer a la hora de que quede en libertad.

“Muchos de los internos pueden solicitar también algo de dinero de ese fondo de reserva para alguna emergencia de su familia. En ese caso, el director del penal al que pertenezca envía una asistente social que corrobore el origen del pedido y se le otorga un porcentaje, nunca el total, a un familiar para que cobre lo que necesita. Es entendible que esto ocurra, porque no hay que perder de vista que estos internos al estar privados de su libertad perdieron el liderazgo de ser quien consigue el sustento para su familia, y el hecho de que puedan trabajar y tener un sueldo, aunque pequeño, les devuelve en parte ese liderazgo perdido”, evaluó Rodríguez.

El éxito de productividad de los talleres, que además nutren desde hace un año el salón de ventas de los productos carcelarios, que funciona de lunes a viernes de 8 a 18 junto a la cárcel de Boulogne Sur Mer, llevó a que el 20 de diciembre se inaugurara la primera Unidad de Alojamiento Productivo, que funciona en Almafuerte.

“Con esto buscamos un cambio de paradigma, porque en este alojamiento no hay rejas, sino que se trata de una unidad en la que los internos viven y trabajan en el mismo lugar. Ellos duermen en las cuchetas fabricadas por otros internos, y dedican entre 6 y 8 horas de trabajo diario a su producción. Nos hemos preocupado en perfeccionar lo que hacen, para que tenga un diseño y sea comercializable, de manera que ellos vean que lo que hacen es útil”, apuntó Sebastián Sarmiento, director del Sistema Penitenciario Provincial, mientras recorría con Diario UNO el flamante alojamiento. 

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