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Norma Castro tiene 81, madre de cuatro hijos y con nueve nietos, el viernes asistirá a su graduación en el CENS 3-404 Josefina Domingo Balcarce de la Quinta Sección de Capital. Con 81 años, la abuela tejedora recibirá su diploma, fruto de un sacrificio

Un ejemplo de vida

Por Javier Cusimanocusimano.javier@diariouno.net.ar

Norma Lilian Castro tiene 81 años y el próximo viernes, junto con sus 18 compañeros de aula, recibirá el tan anhelado diploma que certifica la finalización de los estudios secundarios. Fruto del sacrificio diario y la voluntad de conquistar un sueño que sostiene desde la juventud, se lanzó hace tres años a la aventura de retomar los estudios y cursar 30 materias orientadas a la Seguridad e Higiene Laboral.

Jubilada, madre de cuatro hijos y abuela de nueve nietos, fue toda su vida ama de casa, pero además se dedicó durante más de 50 años a tejer obstinadamente, primero por placer y luego para rellenar los ingresos del hogar. De su vientre nació Fernando Rule, el conocidísimo defensor de los derechos humanos y testigo directo de la tortura durante la última dictadura militar. Fue uno de los que ilegalmente encarcelados compartió su celda con el escritor y periodista Antonio Di Benedetto.

Fue en el CENS 3-404 Josefina Domingo Balcarce, de la Quinta Sección de Capital, donde Norma pudo tejer su anhelo que, una y otra vez, la vida por diversos motivos le arrebataba. Oponiéndose al pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad no se dejó abandonar por los comentarios en contra que llegaban hasta sus oídos y tomó la posta de la aventura en 2010.

En unos días asistirá a su fiesta de graduación como primera escolta de la Bandera. Para los profesores y alumnos, “la abuela del curso”, como la llaman cariñosamente, es un ejemplo de vida y su historia se alza en un mundo de frustraciones cotidianas como una fuente de inspiración que, como explica el que fuera director del colegio durante su cursado, Jorge Sotelo, no tiene comparación con otros casos en la provincia. “En la veintena de años que llevo en la docencia y al frente de distintas escuelas de Mendoza nunca conocí una historia similar a esta”, confiesa el profesor con una importante cuota de admiración y orgullo, después de acompañar su proceso de aprendizaje desde el comienzo y hasta su final feliz.

En primera persona

“Cuando era jovencita hice hasta tercer año del Colegio Normal porque a los 17, en mi época, las mujeres no tenían por qué estudiar. Eso lo sostenían por igual padres, novios y maridos. Las mujeres nos teníamos que quedar en casa y hacernos cargo únicamente de los niños y el hogar. Por ese motivo no pude seguir. Pero siempre soñé con volver a la escuela y recibirme”, cuenta la señora con una lucidez y energía dignas de un adolescente.

“En el ’78, cuando se creo la Dirección Nacional de Educación del Adulto (DINEA), volví a sentir una oportunidad e intenté inscribirme. Inclusive la excusa en ese momento fue poder entusiasmar con el ejemplo a una de mis hijas que tenía ganas de abandonar los estudios. Para alentarla, le conté que yo misma me sentía arrepentida y que su decisión estaba equivocada por muchos aspectos”, continúa diciendo.

Luego explica que en este segundo intento volvieron a sucederse las prohibiciones y las posiciones en contra. Entonces, reprimida por el entorno y con 47 años tuvo que volver a desistir de la posibilidad resurgida, y por desgracia del destino quedó nuevamente truncada la más profunda de sus ambiciones. “Sentía que me quedaba a mitad de camino de alcanzar mi sueño”, reconoce de inmediato Norma que, insistente, nunca pudo quitarse la idea de terminar el secundario de una vez.

Decenas de calendarios quedaron detrás desde aquel último tropezón y sus hijos, que fueron creciendo a la par del ritmo constante de dos agujas en movimiento, pronto abandonaron el nido dejándola sola en su hogar de Godoy Cruz. Hasta que en diciembre de 2009, en un asalto de melancolía, encontró una libreta de calificaciones mientras revolvía con uno de sus nietos recuerdos apilados en una caja de cartón repleta de fotografías, cartas, ilustraciones y algunos objetos memorables.

“Tengo la costumbre de guardar de todo, y cada tanto abro las cajas en las que tengo mis papeles y me pongo a releerlas”, dice, y describe que esa tarde su nieto de 17 le preguntó porqué no se animaba a retomar los estudios. “Me festejó mis notas y, animada por los elogios, le conté a mi hija, y ella me dijo: ‘Tiene razón, ¿porqué no seguís?’. ‘A dónde voy a ir’ fue lo primero que se me ocurrió en decirle, y con su ayuda iniciamos una búsqueda por internet”, relata.

“Cuando me dispuse a estudiar nuevamente no faltaron vecinos y familiares que pusieran el grito en el cielo por lo que estaba haciendo. Pero esta vez no les di importancia, y después de muchas idas y venidas terminé conociendo el CENS Josefina Domingo Balcarce y a su director, que me lo mandó el Señor desde el cielo. Nunca voy a olvidarme el momento de las inscripciones. Jorge me dijo: ‘Quiero que seas la primera en anotarte’. Esa respuesta fue para mi increíble, porque sentí después de mucho tiempo como si me hubiesen abierto los brazos de par en par y me dieran un abrazo de corazón a corazón”, recuerda Norma.

“Hoy me faltan palabras para explicar lo que he recibido en esta escuela. Es algo que no tiene precio, porque acá además de estudiar logré encontrar afecto, y gente con la cual poder charlar y discutir sobre el mundo con fundamento y con verdad. Con los años siento que nada es por casualidad, que fue San Jorge quién me guió hasta este lugar. Me resultó muy fácil estudiar, aunque el último año se complicara bastante. Pero a pesar de todo doy gracias a Dios de los chicos con los que me he cruzado estudiando, porque son unos salvajes bárbaros, pero buena gente y los quiero como si fuesen una familia”, concluye la abuela tejedora. 

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