Laura Zuliánzuliá[email protected]
Para ellos es como viajar en el tiempo. Cuidan sus máquinas con gran dedicación para mantenerlas en su estado original. La solidaridad caracteriza al grupo, que integran chapistas, pintores y mecánicos, todos siempre listos para colaborar.
Tres décadas de pasión y nostalgia inalterables
Adentro no tiene calefacción, ni aire acondicionado y mucho menos equipo de música. Pero lejos de ese confort de la modernidad, lo que sí hay es nostalgia, pasión y la experiencia única de sentir que se puede viajar en el tiempo al menos en algunos pocos kilómetros. Subirse a un auto antiguo es remontarse a la década de 1930, es volver en el tiempo.
El de Rodolfo Valente (62) es un Ford A Tudor de 1930. Tiene volante a la derecha, y un asiento delantero rebatible casi en su totalidad que le da permiso al pasajero que va atrás para que suba y se acomode. En la máquina de Rodolfo el color que predomina es el marrón y está combinado con manteca, por eso sus compañeros del Club de Automóviles Antiguos de Mendoza (CAAM) lo cargan y le dicen que el suyo es la Bananita Dolca. Subirse a un auto antiguo es no pasar desapercibido. Por la calle desentonan con el resto, pero nadie deja de mirarlos. Al de Rodolfo en sólo algunos metros más de un curioso se da vuelta para verlo porque el contraste con el pasado es innegable. Hoy este club cumple 30 años de vida y lo festeja con un rally que recorrerá las rutas de Tunuyán, Tupungato y Luján. A los miembros de CAAM, más que la pasión por los autos, los une una gran amistad. “Nosotros somos un club de clase media, y a diferencia de lo que muchos creen esto es muy barato, mucho más barato que un psicólogo y que un caballo de carreras, porque el animal come todos los días”, cuenta riéndose Rodolfo, que es el vicepresidente del club. Una de las únicas condiciones que tienen estos amantes del pasado es que los miembros deben tratar de mantener sus autos en la forma más original posible. Dentro del mismo club hay pintores, chapistas y mecánicos y todos colaboran para que esto sea posible y siempre a muy buen precio. Hoy el club que preside Oscar Monje (90), tiene más de 70 autos y otros 15 en proceso de restauración. El mismo Oscar llegó a tener 11 autos antiguos. Uno como el de su papá Un día, cuando Rodolfo tenía unos 7 años, se enfermó y el médico le indicó que hiciera reposo. Su mamá para entretenerlo le pasó un álbum de fotos y a él le llamó la atención un nene “regordete con pinta de insoportable” que estaba sentado en el guardabarro de un auto igual al que tiene él hoy. “Cuando le pregunté a mi mamá me dijo que ese nene era yo y de ahí siempre me quedó en la cabeza el tema del auto. Mi papá tenía uno como el mío pero modelo ’29, él me contaba que cada vez que salía la familia a pasear me llevaban a mí ahí paradito al medio entre los asientos delanteros”, comenta Rodolfo mientras maneja hoy su Ford igual a ese en el que alguna vez estuvo sentado y que descubrió en esa foto. Desde ese momento y con esos recuerdos intactos, hace 30 años logró tener su propio coche. “Mi papá me dijo que un proveedor de él lo tenía a la venta, así que no lo dudé, lo compré y lo restauré”, cuenta el hombre que es uno de los socios fundadores del club. La simpática historia de La Rosarito La Rosarito es una Ford A de 1930, muy similar al auto de Rodolfo, pero ésta es una coupé. Su dueña, Gladys Román (64), es la única mujer propietaria de un auto antiguo en el club y se integró al club de una manera un tanto especial. “Tengo el auto desde 1996. Un año antes conocí a la gente del club. Ese día en que nos encontramos yo iba a Lavalle a la fiesta de la Virgen del Rosario y en el camino vi seis autos antiguos que me llamaron mucho la atención y uno de ellos me hizo acordar a uno que tenía mi abuela y me emocioné muchísimo”, cuenta Gladys, la tesorera del club. Así, llena de curiosidad, decidió seguir la caravana de autos pensando que ellos irían a la misma fiesta a la que ella tenía pensado llegar. “En un momento, en la entrada a Lavalle se paran todos los autos, y yo también me paro. Me bajo y les pregunto si van a la fiesta y Oscar me contesta: ‘¿Pero qué le pasa m’hijita? ¿cómo se le ocurre que vamos a meter estas joyas en esos médanos?’”, recuerda la mujer y prosigue: “Yo les dije que iba a Lavalle y Oscar me dijo que con el auto que tenía me iba a quedar en el medio de los médanos y me invitó a que me fuera con ellos”. Entonces Gladys, sin mucha más opción, se subió en la baquet de Oscar para continuar viaje con la gente del club y dejaron “a buen resguardo” el auto de ella en la estación de servicio de Lavalle. Oscar y Rodolfo interrumpen el relato de Gladys y dejan al descubierto una vez más la camaradería del grupo: “Yo tenía ganas de tirarle los galgos”, dice Oscar, y el vicepresidente retruca: “Tenía el sí fácil la mujer”, y todos se ríen por un largo rato. El destino quiso para Gladys que se encontrara con los miembros del CAAM en medio de su camino. “Ella un día me preguntó cuánto valía el auto y me dijo que me lo iba a pagar de a poco. Entonces se quedó con el Ford A”, cuenta Oscar, y Gladys agrega: “Como todo se inicia con mi ida a la Virgen del Rosario y mi autito es una coupé, le puse La Rosarito”.



