Por Mariana Gilgil.mariana @diariouno.net.ar
Entrevista con Annie Van Leeuwen, orientadora Social y Familiar, que ayudó a que el Coro de Niños Cantores hiciera el viaje que cuenta De Mendoza a Tokio.
“Sólo es cuestión de caminar con los ojos abiertos por la vida”

La valentía y la constante y profunda necesidad de ayudar a los demás son características sobresalientes en la historia de Annie Van Leeuwen. Fue la mujer del creador y director del coro de Niños Cantores de Mendoza, Víctor Volpe, con quien estuvo casada 17 años y tuvo 3 hijos.
Ella estuvo ligada a un personaje muy destacado de la historia cultural mendocina, pero su misión no quedó ahí, sino que trascendió sus límites familiares y fue por más: ayudar y asistir aquellos que sufren. Con su figura imponente y esbelta, Annie abrió las puertas de su hogar y corazón y contó a UNO sucesos y momentos que marcaron su vida.
–¿Sus orígenes son holandeses?–Sí, aunque yo nací en Santa Fe –en Gálvez–, mis padres eran holandeses, y yo soy más bien una holandesa nacida en Argentina. Amo la libertad y a los 20 años me vine a Mendoza a vivir sola y en esa época eso era un escándalo. Fui valiente, pero también soy prudente en la vida.
–¿Por qué eligió nuestra provincia para vivir?–Mi hermano tenía una novia que vivía en San Rafael, y unas vacaciones vine a pasear con él. La madre de la chica me dijo que me podía quedar a vivir con ella, porque vivía sola. Así fue que le pedí permiso a mi papá, porque mi madre ya había muerto, y él me dejó. Cuando llegué empecé a trabajar con el arquitecto Ricardo Casnati, yo sabía hacer planos porque mi papá era ingeniero y había aprendido de él.
Después, cuando Casnati se casó y se fue tres meses a Europa, decidí venirme a la Ciudad de Mendoza a trabajar con un psiquiatra. Siempre hacía cursos y estudiaba.
–¿Qué disciplinas estudió?–Me recibí de maestra de piano, pero me gusta más el armonio, siempre he tocado en las iglesias y aún hasta hoy lo hago en la Iglesia Metodista donde soy miembro activa.
–¿Cómo ha canalizado su fuerte compromiso social ?–Pertenezco a la Asociación Cristiana de Ayuda Integral (ACAI) y esta entidad construyó diez departamentos para los jubilados de escasos recursos, es más, yo vivo en uno de ellos y soy la administradora.
Cuando ocurrió el terremoto del ‘85 me encontré coordinando un proyecto de ayuda mutua de un barrio de 100 casas en Maipú y eso lo concretamos con donaciones de países como Holanda, Alemania, Suiza, Estados Unidos. Eran fondos de asociaciones donantes que reciben dinero del gobierno a través de los impuestos.
Luego teníamos que invertir dinero en otro programa social y surgió la posibilidad de que nos donaran un terreno, donde decidimos hacer estos departamentos para jubilados. Es un programa interesante, con esta posibilidad podemos vivir solos sin depender de nuestros hijos.
–¿Cómo fue su paso por el Centro de Orientación Socio Educativo (COSE)?–Fui secretaria del director Arturo Piracés, allí estuve 20 años.
Siempre estuve inmersa en una realidad fuerte, esa es mi vida. Mi teléfono no figuraba en la guía, como una medida de protección.–¿Siempre estuvo ligada a realidades tan fuertes?–También fui parte de la creación de un hogar de encuentro para chicos en y de la calle, pero con el tiempo se politizó mucho y entonces renuncié. Ese fue un trabajo previo al que desempeñé en el COSE.
–¿Qué la movilizó en su vida a luchar y ayudar a los demás?–Una característica mía –que no sé si es buena–, es ponerme en el lugar del otro, aunque también he pasado momentos feos. En una oportunidad, un chico de la calle me quiso dar una paliza. De todos modos, siempre los he ayudado y querido mucho.
–¿Cómo conoció a Víctor Volpe?–Yo cantaba en el coro de Alfredo Dono, un director de coros que era muy amigo de Volpe. En esa época yo vivía en una pensión, en una casa de familia y por medio de él conocí a quien fue mi marido. Nos sentamos a charlar un día con Víctor en la plaza Independencia. Yo vivía muy cerca de ahí. Empezamos a conversar y así empezó todo. En esa época, él trabajaba en el Coro de Murialdo, pero como se había divorciado de su mujer y estaba de novio conmigo, terminó perdiendo el puesto de director del coro.
–¿Dónde se casaron?–Nos fuimos a casar a Uruguay, porque acá no se podían casar los divorciados. Fue una historia de amor, pero no siempre terminan bien.
–¿Cómo fue como mamá?–Mientras mis hijos eran niños no quise trabajar y me mantuve así hasta que el menor fue a la escuela. Yo no estoy de acuerdo con eso de que es mejor calidad que cantidad, los chicos cuando se lastiman quieren que la madre los consuele, no esperan a que la madre salga del trabajo.
–¿Qué le atrajo de Volpe?–Era muy simpático, seductor, pero los personajes públicos tienen una cara hacia afuera y otra hacia adentro. En realidad, yo le encanté a él, viví cosas lindas, pero hay otras que no son un buen recuerdo. Tenía un carácter muy difícil.
–¿A que se dedicaba en esa época?–Cuando fue el golpe de Pinochet en Chile vinieron muchos chilenos para acá y yo en la iglesia Metodista dictaba un taller de laborterapia.
Lo que hacía era arriesgado, porque esa gente había salido por cuestiones políticas de su país. Tenía un taller de costura y las mujeres cosían pantalones de jean para vender. Pero en especial, acompañaba a esas personas.–La valentía es una constante en su vida...–No sé si es valentía, es hacer las cosas sin miedo, pero sabiendo que corrés un riesgo. No pensás en eso, sino en el valor de lo que estás haciendo. Además, yo me sentía protegida por aquellos que ayudaba.
-¿Cree que su misión en la vida es ayudar?–Yo creo que sí, pero se ha dado solo y en forma natural. Por ejemplo, en Maipú, a través de la asociación que integro, pudimos pagar la cuota de los estudios de un hombre para que cumpliera su sueño de recibirse de profesor de Historia y ahora ejerce su profesión.
–Eso la gratifica...–Si porque le cambiás la vida a la gente. Las cosas me llegan y sólo es cuestión de caminar con los ojos abiertos por la vida, no es que yo las busque.
–¿Dónde cultivó esa virtud?–La traigo de mi mamá, ella hacía trabajo social, era madre de familia de seis hijos, y también era organista. Aprendí el desapego total a las cosas materiales, he manejado millones, y no tengo nada, hasta el auto que manejo es de la asociación y los muebles son herencia de mi mamá. No me falta nada y no necesito tener cosas, no se me pegó ni un pesito en los dedos. Cuando manejás mucha plata y no tenés principios muy sólidos de lo que no es tuyo, es difícil.
Por lo general no conozco la gente a la que ayudo. Las cosas se presentan y si existen las posibilidades de cambiarlas, lo hago.–¿Cómo ve la situación actual de nuestro país?–La presidenta hizo cosas buenas y malas, pero el problema –que no es nuevo en la Argentina–, es la corrupción. Este podría ser un país del Primer Mundo, pero se roba tanto en los altos niveles que no sé que va a pasar.
–¿Qué desafíos le quedan?–No muchos más, porque tengo 82 años. Estoy trabajando en un proyecto con gente de Luján, juntando bicicletas viejas que se arreglan y se donarán a los chicos del campo para que puedan desplazarse hasta el colegio.
Seguiré mientras pueda con esta misión y con el armonio, que es parte de mí y lo que yo quiero me lo da. Siento que cada vez lo toco mejor.PerfilEdad 82 años
Hijos Ana María (53), Víctor (52)y Juan Pablo (49)Su trayectoria Profesora de piano.
Es miembro activa de la Asociación Cristiana de Ayuda Integral.Se desempeñó como secretaria y trabajó en el Centro de Orientación Socio Educativo (COSE)durante 20 años. Realizó un curso de rehabilitación de chicos con parálisis cerebral en IRPI y luego trabajó con un chico que sufría esta patalogía.En Barcelona hizo un curso de dirección coral, entre otros. Fue en tres oportunidades a Europa y visitó dos veces Estados Unidos.