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En estos canales de riego tan nuestros suelen esconderse desde pericotes hasta delincuentes en fuga. Una nueva entrega de las imperdibles Crónicas Insólitas de Mendoza. Por Enrique Pfaab.

No sólo de agua vive la acequia

Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar

Para la Real Academia Española una acequia es una “zanja o canal por donde se conducen las aguas para regar y para otros fines”. Para el mendocino tipo esta definición es mezquina. Allí, en esa “zanja o canal”, hay un universo casi infinito y misterioso de especies zoológicas y botánicas que nadie todavía se ha animado a catalogar. Los más interesantes son algunos especímenes humanos que, de manera frecuente o esporádica, utilizan las acequias para los más diversos fines.

Más allá de ser el juntadero de mugre preferido de los desaprensivos, también es el escondite predilecto de los niños y los delincuentes, baño de emergencia, plataforma política municipal, lecho de borrachos y cofre provisorio de robos y hurtos.

“Me acuerdo que una vez un ladrón de estéreo salió, corrió y de-sapareció”, dijo un viejo policía al mentar alguna de sus experiencias relacionadas con esta particularidad mendocina. “No lo podíamos encontrar hasta que apareció gritando, debajo de un puente. Un perro sucio que parecía un fantasma lo había mordido”.

De estos canales, principalmente de los urbanos, surgen ratas enormes, olores nauseabundos, borrachos perdidos, damas sin calzones e historias como éstas.

El comisarioPasó hace una punta de años. No hay muchos que recuerden la situación. Fue en San Martín. Las reglas de admisión a la Policía de Mendoza exigen tener un estado físico aceptable. Al menos controlan que el peso esté de acuerdo con la estatura. Esa exigencia sólo se mantiene al momento del ingreso, luego se diluye y al menos a 30% de los efectivos en actividad les sobra sebo.

La gordura extrema era la realidad del comisario que por esa época estaba a cargo de la jefatura de la unidad sanmartiniana. El hombre había salido de la comisaría para supervisar en persona un procedimiento que se estaba haciendo en plena madrugada en un barrio cercano. El robusto policía bajó del móvil frente al domicilio en donde se los había convocado y al cruzar una precaria alcantarilla ésta no resistió el peso y se vino en banda con uniformado y todo.

El oficial que había quedado en la guardia recuerda que “un policía entró corriendo y, agitado y preocupado, me dijo: Señor oficial, tengo un problema. El comisario se quedó atrancado”.

A los efectivos que tiraban de los brazos del jefe se sumaron otros cuatro. “Estaba muy gordito, además el culo se le había quedado trabado entre las dos paredes de hormigón de la acequia. Estuvimos como 20 minutos. Mientras unos tiraban los otros empujaban”, recuerda el que era en ese momento oficial de guardia y que hoy está al borde del retiro. “Se juntó un montón de gente que gritaba y alentaba en medio de las bromas. ¡Rompan la bordelesa!, gritaba uno. Finalmente lo sacamos, con el pantalón rajado en el fondillo y una manga de la camisa arrancada.

El juez

Los que atienden el teléfono en las comisarías reúnen en cada guardia un puñado de pedidos insólitos. Uno de estos operadores de ocasión recuerda una situación ocurrida en una noche larga y tranquila de mediados de los \'90 en la Comisaría 25, de San José. “Un quiosquero nos llamó diciendo que estaba tirado un hombre de traje en la acequia que se negaba salir, totalmente ebrio”. Quizá porque había otras cosas más importantes que atender o simplemente por olvido o desidia, el llamado no fue correspondido con el envío de un patrullero. A la media hora el mismo quiosquero, ahora ofuscado y con tono imperativo, volvió a pedir la presencia policial.

“Fuimos y ahí nos encontramos con el señor tirado en la acequia. Antes de que se llenara de barro inmundo y podredumbre el hombre había tenido un costoso traje oscuro. En la mano sujetaba todavía con fuerzas un par de expedientes y un Código Penal”. El extraviado sujeto era un juez provincial del fuero penal. “Por supuesto, me niego a recordar su nombre”, se escudó el memorioso policía.

Si te aman, no conduzcasEn el anecdotario de la Comisaría 7ª hay también algunos casos dignos de mención. Uno de los más recordados es el que tuvo como protagonista a un conductor y a la señorita que lo acompañaba.

En una madrugada fría, al girar en una bocacalle el hombre hizo un mal cálculo y se metió en la acequia.

No fue un caso grave, a no ser por la curiosa lesión que sufrió el conductor en su miembro viril.

Debido a la insistencia policial para labrar lo más fielmente posibles las actuaciones del caso la pareja tuvo que confesar que ella venía practicándole ciertas caricias lingüísticas en las áreas pudendas y cuando el auto cayó a la acequia lo mordió sin querer. 

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