No cualquiera con una bola roja en la nariz es un payaso al que dé ganas de aplaudir

Por UNO
@paolapiquer

En las redacciones de los diarios hay anécdotas de coberturas, ideas o notas que se escriben que quedan grabadas para siempre en la memoria de quienes allí trabajamos. Lo mismo debe de ocurrir en los estudios de abogados, las escuelas o las comisarías, claro está.

Pero no me digan que no es maravillosa la posibilidad de googlear el artículo y que inmediatamente te salte el texto en la pantalla de la computadora, sólo para traerlo a colación casi seis años después.

Aprovechándome de esta herramienta, voy a desempolvar una opinión que publicó en noviembre de 2008 el secretario de Redacción de UNO, Manuel de Paz, vinculado al trabajo de los artesanos, que por esas horas estaban movilizados, junto con otros artistas, para evitar que la Municipalidad de la Capital vendiera el teatro Mendoza.

De Paz aseguraba en su columna dominical que, a su criterio, había buenos artesanos y malos.

La frase imborrable que sintetizó esa dicotomía rezaba: “Como en el periodismo o en el mundo de las cosmetólogas, entre los artesanos también hay mucho chanterío. Hay gente que llena una botella con polvos de tres colores y cree que con eso queda juramentado ante el mundo como un artesano genial. ¿Tenemos la obligación de darle un espacio en la vía pública a un supuesto artesano que agarra un palo de parra, le mete un cable por dentro y lo transforma en velador?”.

Estas 75 palabras valieron una protesta al día siguiente, un lunes por la mañana, en calle Pedro Molina, de Ciudad. Muy enojados, una veintena de supuestos afectados/víctimas de esos conceptos arrojaron piedras y realizaron pintadas en contra del periodista.

Hago esta larga introducción porque mi intención es emular a Manuel justo ahora que terminaron las vacaciones de invierno en Mendoza.

En mi rol de madre asistí durante el receso invernal a varias de las presentaciones que se ofrecían para entretener a los menores. Algunas gratuitas; otras, pagas.

También charlé con papás y mamás que hicieron lo mismo con sus chicos.

La conclusión que saco es que no cualquiera que se pone una bola colorada en la nariz y se pinta la cara es un payaso. Ni que un grupo de aficionados que se sube a un escenario para representar una adaptación de un cuento pueda autopromocionarse como “elenco de teatro para el público infantil”.

Vergüenza ajena daban algunos. Llegó a ocurrir que en una de esas funciones, cuando el protagonista preguntó con ese ridículo tono que sube y baja con el que los adultos solemos hablarle a los sub 10: “¿Y quieren saber si la princesa se salvó?”, la respuesta de la audiencia fue “no”. O más bien: “Nooooo”.

Aun así no me amilané y seguimos de ronda. En un momento terminé dentro de una carpa que se anunciaba como planetario. No pretendía que proyectaran allí imágenes 3D que simularan el recorrido de los planetas alrededor del sol, pero tampoco que obligaran a los menores a seguir durante 25 minutos un power point de mala calidad, 10 puntos por detrás de cualquier trabajo práctico de estudiantes de secundaria, y que la imagen “envolvente” resultara ser un par de puntos blancos sobre un fondo negro que, según el relato que emanaba de un parlante que no funcionaba bien, eran las estrellas.

Por suerte también se vieron cosas para aplaudir de pie en salas, plazas y parques de Mendoza.

No obstante, creo que el Estado, sea el Ejecutivo provincial o las municipalidades, que son quienes auspician la mayor parte de la oferta infanto-juvenil durante las pausas de invierno, y también los privados, deben ser más cuidadosos a la hora de definir qué ofrecer en cartelera.

El público al que apuntan es tan sincero como despiadado. No se venden por un par de globos. Son capaces e inteligentes como para manifestar que no les interesa que un par de pseudoactores, mal vestidos y dando raros saltos alrededor de una magra escenografía, les revele cómo termina la historia.