Gustavo De Marinis
demarinis.gustavo@diariouno.net.ar
Han pasado en Mendoza ya tres juicios, y buena parte del cuarto, por delitos de lesa humanidad y cualquiera podría pensar que ya está todo dicho y que nada puede sorprender. Pero no: ni está todo dicho ni se terminan las sorpresas. Cada testimonio aporta algo nuevo, a veces muy importante y en otras ocasiones, no tanto.
Esta semana hubo seis nuevas declaraciones con lo cual suman 33 los testigos que han pasado por las audiencias del megajuicio en Tribunales Federales. Curiosamente, coincide el número de audiencias desarrolladas desde el 17 de febrero: 33.
Entre quienes fueron convocados en las dos últimas sesiones estuvo Carlos Abihaggle, conocido político, ex funcionario de gobiernos justicialistas. Fue detenido en marzo de 1976 cuando era subsecretario de Servicios Públicos del gobierno de Alberto Martínez Baca y docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCuyo.
Uno de los puntos llamativos de su relato fue una anécdota ocurrida en el Liceo Militar, transformado en centro clandestino de detención y sitio en el que llegaron a estar juntos cerca de 100 militantes políticos. Allí estuvo el dirigente gremial y docente Arturo Marcos Garcetti, quien había logrado llevar consigo una guitarra. Enseguida, tratando de aliviar el padecimiento de estar preso sin razón alguna, unos cuantos compañeros de cautiverio armaron una especie de banda a la que llamaron Las Voces del Barracón, en alusión a la barraca en la que pasaban sus horas.
Obviamente, el grupo musical no duró mucho. El jefe del Liceo Militar –se trataría de Carlos Tragant– frustró rápidamente la intentona artística. Abihaggle lo definió como de mal carácter y cruel a ese hombre que se enojó cuando escuchó la música y les dijo: “La guitarra también queda presa”.
Más allá de lo chistosa que hoy puede resultar esta historia, una vez más se pudieron apreciar dos de las improntas que están dejando estos juicios: por un lado, la maldad extrema de los represores y, por otro, la capacidad de quienes fueron víctimas para contar con humor hechos que lejos están de ser graciosos.
Claro ejemplo de esto dio Osvaldo Aberastain, secuestrado y torturado en el D2, centro clandestino de detención que funcionó en el Palacio Policial. Recordó que un día lo sacaron de la celda chica que ocupaba y lo llevaron a otra más grande, donde ya había otras dos personas. Todos estaban en pésimas condiciones: con la ropa rota, sucios, lesionados por las torturas, flacos... No se podían ver, porque estaban encapuchados, pero sí sentir y escuchar. De pronto, se sumó un cuarto hombre y todo indicaba que venía otro más en camino. Entonces, uno de los que estaban desde el principio en ese calabozo, lanzó: “¡Ah! ¡No! Si traen otro más, yo me las tomo”.
O sea: no los pudieron quebrar. Les robaron, les pegaron, los torturaron, violaron a hombres y mujeres, qué no les hicieron y, sin embargo, no los vencieron. Y por los que no sobrevivieron están sus compañeros, para tratar de llegar a la verdad de lo que pasó con ellos y quiénes fueron los responsables de lo que les sucedió.
Elio Berdejo (con un testimonio cargado de angustia y por momentos controvertido), Adriana de las Mercedes Espínola, el abogado Francisco Rafael Giménez Herrero y Oscar Matías Perdomo fueron los otros cuatro testigos de esta semana. Los cuatro sufrieron detenciones ilegales y los cuatro dejaron sus aportes para seguir transitando el camino que busca llegar a la verdad. El martes que viene es la próxima cita. Puede asistir cualquier persona presentando su DNI.