ver más

Nació en una bodega

Por Rosana Villegasrvillegas@diariouno.net.ar

Los que creen en algo más allá de lo tangible, e incluso aquellos que no, podrán admitir que el 26 de agosto de 1949 hubo un presagio en la bodega Gargantini de Rivadavia. Ese día, en la maternidad que funcionaba dentro de la misma empresa, entre barricas y toneles, nació Jorge Riccitelli, hijo de un mecánico de la firma y hoy, a los 63 años, premiado como mejor enólogo del mundo 2012 por su trabajo en la bodega Norton, según la prestigiosa revista Wine Enthusiast, que se edita en Estados Unidos.

“Esta gente a mí no me conoce, no he estado nunca con ellos, digamos que los vinos han hablado por mí. La noticia de la nominación nos llegó hace dos meses y fue una sorpresa y una emoción para todos. Esta gente está testeando permanentemente todos los vinos de distintos continentes y de ahí que han decidido premiarme por lo que hemos hecho con la bodega Norton. Nosotros hemos conseguido que nuestros vinos se vuelvan competitivos. No hay que olvidarse de que dos vinos argentinos fueron incluidos este año en el top 100 del mundo según la revista Wine Espectator, –es competencia de la Wine Enthusiast– y uno de ellos es el Malbec Reserva de Norton. Además hace dos años la bodega fue nominada como la mejor bodega del nuevo mundo. Yo creo que todo esto se fue sumando y se tuvo en cuenta a la hora de nominarme y premiarme”, cuenta Jorge Riccitelli en su oficina en Norton, como justificando su premiación no sólo en su talento, sino fundamentalmente en el trabajo conjunto que hace con el equipo de 10 profesionales, entre enólogos e ingenieros, que lidera en esa bodega.

–¿Cómo fue el proceso para que los vinos que se producían en esta bodega de Agrelo, Luján, llegaran a competir con uno francés, por ejemplo?.–Yo creo que para sobresalir en esta carrera hay que salir, para aprender en enología hay que ver qué hacen los demás, hay que ver qué se hace en el mundo, aunque tengás que ir a lavar barricas y arremangarte a trabajar con ellos. Mirá, con el vino nos pasa como con el fútbol: creemos que somos los mejores del mundo hasta que salimos a competir afuera y nos damos cuenta de que no es así. En los '90, cuando nosotros empezamos con la idea de volver competitivos nuestros vinos y abrir mercados en Europa fundamentalmente vino el dueño de la empresa y nos dijo a los enólogos “Vayan a Europa y tomen y coman lo que se consume allá”. Esa era la única manera de saber qué se consumía en el viejo mundo, y entender qué tipo de vino teníamos que hacer para competir allá. Así nos dimos cuenta de que nosotros estábamos haciendo vinos con más tiempo de estacionamiento, por ejemplo, y el paladar europeo quería vinos nuevos y más frutados. Eso nos cambió la cabeza y la forma de producir. Ése fue el clic que nos llevó a trabajar de otra manera con el Malbec, por ejemplo, y con él entramos en un mercado tan competitivo como Estados Unidos, que es hoy nuestro mercado más importante. Hoy, el 50% de nuestra producción en Norton sale al mercado externo.

–Alguna vez dijo que cuando iba a presentar un vino al exterior prefería no hablar de las cualidades del vino en sí, sino de su historia y de la suya personal para que entendieran de dónde viene el vino, ¿como empezaría su historia?–Yo nací en la maternidad de la bodega Gargantini, que era un pueblo en sí mismo, con todos los servicios dentro de la misma empresa. Eran 2.000 hectáreas de vides, se decía que eran los viñedos más grandes del mundo en ese momento. Ahí trabajaba muchísima gente de Rivadavia. Y tengo el orgullo de decir que soy la cuarta generación de mi familia que trabajó en esa bodega. Mi bisabuelo fue tonelero, mi abuelo también lo fue y mi papá era mecánico y yo… yo salté el cerco y salí enólogo. Digamos que la “mala” influencia la tuve no tanto de mi padre sino de mi madre. Ella fue la que quiso que yo estudiara en la escuela Don Bosco de Rodeo del Medio, un internado porque parece que yo era un poco bravo de chico. Como será que para pasar de la primaria a la secundaria de ese colegio había que tener 7 de promedio y a mí las notas me dieron para 7,01, así que entré al secundario rayando lo justo. Ahí estudié la carrera de Enología con el padre Oreglia, que para mí es el padre de la Enología en Mendoza”.

–¿Cómo fueron esos principios? Una vez que se recibió ¿consiguió trabajo en el momento o le costó insertarse en el mercado?–Volví a Gargantini como enólogo, pero con toda la humildad, dispuesto a aprender, por supuesto. En ese momento estaba de enólogo Roberto Bou, de quien aprendí mucho. Para que te des una idea ya era el año 1978 y en ese momento me ofrecieron ir de segundo enólogo a otra firma importante de Rivadavia y me ofrecían de sueldo $15.000 moneda nacional –no es esa cifra de ahora–; digamos que en aquel momento alcanzaba para mantenerme a mí y a mi mujer, porque estábamos por casarnos. Era una oferta tentadora. Entonces cuando se enteraron en Gargantini de que me iba a ir, no dejaron que me fuera y me ofrecieron pagarme lo mismo, pero a los 15 días me llamaron de la bodega Etchart de Cafayate (Salta) y me ofrecieron $90.000 de sueldo, así es que partimos para allá. Eso fue obra y gracia del ingeniero Juan Argerich, que era el asesor de Etchart.

–Y estando en ese lugar maravilloso y en esa bodega por demás reconocida, ¿qué lo trajo otra vez a Mendoza?–El desafío me trajo de vuelta. Hacía 14 años que trabajaba en Etchart cuando en 1992 me convocaron de bodegas Norton. En ese momento quien estaba al frente de la bodega era uno de los herederos de Swarovski, uno de los magnates del cristal en el mundo –la empresa que nació en la República Checa, se fundó en 1895 y es una de las líderes mundiales en el corte de cristal, actualmente incluye esculturas, miniaturas cristalinas para joyería y alta costura para fabricantes y artistas– y cuando me reuní con él me dijo que esperaba de mí que hiciera con el vino lo que ellos habían logrado hacer con el cristal. Ni más ni menos. Era un desafío más que importante para mi carrera y con mi equipo nos lo tomamos muy a pecho. Tanto que hace 20 años trabajo acá y hemos logrado estas cosas. Yo creo que uno de los secretos es trabajar en equipo.

–¿Y cuál es el próximo desafío?–Seguir trabajando con calidad, mientras apostemos a la calidad vamos a seguir creciendo en el mercado. Y aprendiendo constantemente. Yo siento que tengo 63 años y me queda un montón por aprender de enología, en todos los sentidos. Yo soy de los que piensan que para que el vino hable bien de nosotros hay que entender que es fundamental el trabajo de todos los que lo hacemos: desde la gente que cuida el viñedo, pasando por el que lo cosecha hasta el que custodia el proceso en el laboratorio. Yo me siento respaldado por un equipo que me acompaña comandado por Pablo Minatelli. Es un cuerpo de enología de 10 chicos jóvenes, entre enólogos, ingenieros agrónomos y licenciados en Enología. Para mí es muy simple: si te rodeás de gente que sabe tenés la chance de aprender algo, si te rodeás de ... digámoslo de manera sutil, si te rodeás de gente que no quiere o no sabe trabajar, vas a ser uno más y lo único que puede pasar es que te caigas siempre más abajo.

–Para finalizar, no puedo desaprovechar la posibilidad de que me recomiende un buen vino o, si prefiere, ese vino que mejor habla de usted...–Mirá, hace poco me preguntaban si titubeaba cuando estaba frente a la góndola para elegir un vino, y no. La elección es muy simple si empieza con “N” y termina con “N” seguro es buen vino (risas). Para hablar en serio, yo te recomendaría hoy el Norton Doc, que es un vino que habla muy bien de nuestro trabajo, obviamente también lo hace la línea premium. Por otro lado, si lo elegís en unos días y te gusta el espumante te diría que elijás el Vintage, que es un espumante que va a salir las próximas semanas y en el que hemos implementado un sistema de fermentación en botella.

–¿Se puede perdonar a quien le pone hielo o soda?–Yo digo que mientras se tome vino que cada uno lo tome como quiera. Depende mucho del momento, en una noche de velas no le vas a poner soda al vino, pero un domingo al mediodía en Mendoza, con 30 grados de temperatura, por ahí se puede perdonar.

MÁS LEÍDAS