Enrique Pfaabepfaab@diariouno.net.ar
Todas las historias se parecen. Todas tienen cosas en común. La muerte es una de ellas. Y también esa curiosa manía de la vida de repetirse una y otra vez.
Murió y vivió una y mil veces
Pero hay otra teoría. Una teoría que es mucho más interesante. Allí se sostiene que la vida gira en círculos. Que el mismo sujeto o sus descendientes vuelven a pasar una y mil veces por el mismo punto. Quizá el andar o el lugar sufran algunas variaciones, pero siempre es el mismo sitio y el mismo caminante. Al menos la sangre del caminante es la misma sangre.
Rosa vivía en un pueblo cerca de Ulm, en el estado de Baden-Wurtemberg, en el sudoeste del territorio alemán. Francisco José había sido bautizado con el nombre del último emperador de Austria y había nacido en Viena. Eran los últimos años del siglo XIX.
Rosa era miembro de una familia numerosa. Francisco era hijo único. Aquella era educada con la rigurosidad de la época y no salía de su casa. Franz aprendía el oficio familiar de la botánica y la jardinería y le ayudaba a su padre.
No está claro cómo se conocieron. La versión más creíble es que Francisco viajó a Alemania en busca de mejor destino y trabajó para la familia de Rosa. El caso es que se enamoraron y al poco tiempo se casaron y tuvieron su primer hijo: Andrés.
En 1914, escapando del inicio de la Gran Guerra, la familia viajó en barco hacia América y recaló en Buenos Aires. Franz no tuvo muchos inconvenientes en encontrar trabajo. Tenía un oficio que por ese entonces era apreciado. Hacía pocos años Carlos Thays había inaugurado en la Capital Federal el Jardín Botánico y en ese año 1914 su sucesor, Benito Carrasco, inició la Escuela de Jardineros y necesitaba profesores. Franz fue a ocupar un puesto para transmitir conocimientos prácticos.
En esas siete hectáreas y especialmente en los cinco invernaderos, Franz parecía haber encontrado su lugar. Mientras trabajaba allí y con ayuda de su familia europea, compró una manzana en Martínez, en el Gran Buenos Aires. Allí construyó su hogar y también su propio vivero.
Andrés creció saludable. En 1928 nació su hermana Rosa y en el '33 su hermano menor Francisco. Hasta allí todo era prosperidad y armonía, salvo algunas disputas matrimoniales que tenían a la mujer como vencedora gracias a su carácter duro y capaz de adoptar medidas extremas en medio de la discusión, como sacar a su marido fuera de la casa a empujones y cerrar la puerta desde adentro y dejarla así hasta que el hombre claudicara.
Todo iba bien. Pero la guerra volvió en 1939. Tal vez porque Andrés era un joven arrebatado o porque su madre también le imponía cierto sacrificio hacia su tierra de origen, el muchacho decidió esta vez hacer el camino inverso. En lugar de escapar del campo de batalla resolvió ir hacia él.
Las hostilidades en Europa se habían iniciado el 1 de setiembre del '39 con la invasión alemana a Polonia y antes de fin de año Andrés ya estaba allá. La aventura militar del joven fue breve y trágica. Murió al poco tiempo en el frente de batalla. Dicen que cayó el 9 de abril de 1940 en la Operación Weserübung, cuando Alemania invadió Dinamarca y Noruega.
La muerte de su hijo primogénito fue un duro golpe para Franz, del que nunca se recuperó totalmente. En tanto Rosa ejerciendo su matriarcado mandaba ropa y víveres por encomienda a Alemania. Ya terminada la guerra esos envíos serían agradecidos con la remisión de un reloj cu cu completamente tallado y hecho a mano, pieza por pieza. En la parte delantera del reloj, uno a cada lado de la puerta por donde salía el pajarito, se podía ver a una pareja de viejos. Las figuras gesticulaban y parecían estar en medio de una discusión marital.
En 1947, mientras Franz les enseñaba el oficio a sus hijos, contrajo una feroz pulmonía. La humedad constante de los invernaderos y su afición al tabaco se transformaron en una combinación mortal que lo llevó a la tumba en poco tiempo.
La familia vendió la manzana en donde estaba la casa y el vivero y alquilaron una vivienda en San Fernando. Esa hectárea en Martínez fue comprada por empresarios cinematográficos que instalaron allí los estudios de Argentina Sonofilm.
Rosa siguió manejando la familia, pero con más rudeza que antes. Mandó a trabajar a sus hijos. Gracias a que Franz había sido un excelente maestro su homónima hija mayor consiguió trabajo en la tradicional Florería Embassy, de la calle Esmeralda de la ciudad de Buenos Aires. En tanto el menor de los hermanos fue empleado inmediatamente en un vivero. La tierra y las plantas no suelen seducir a la juventud y tener a un chico de 14 años con experiencia era (y es) toda una rareza y eso fue aprovechado por los dueños del lugar.
La viuda murió años después. Mientras su hija Rosa seguía trabajando en la florería por décadas, su hijo menor viajó al sur y vivió allí muchos años trabajando de jardinero, se casó y tuvo dos hijos. Rosa en cambio estuvo soltera hasta los 50 años cuando, para unas vacaciones, viajó a Alemania y conoció a un viudo amable, sin preocupaciones. Se casó con él y no volvió nunca más a la Argentina. Todavía vive allí, a orillas del río Rin, en la ciudad de Mannheim en el mismo estado de Baden-Wurtemberg donde había nacido su madre.En tanto Francisco enviudó y ya de grande, como a los 75, decidió regresar a la zona del Gran Buenos Aires donde había nacido, allá por Martínez, San Fernando y Tigre. Murió al poco tiempo, quizá porque ya no tenía plantas que cuidar.
Lejos de todo, lejos de esa historia y de esa cultura y sin haberse conocido, hoy un nieto de aquel jardinero nacido en Viena planta otra madreselva en un jardín mendocino.