Los buitres están en todos lados, hasta en algún banco del centro mendocino

Por UNO

Por Gustavo De [email protected]

@monodemarinis

El hombre tenía 15 luquitas producto de sus ahorros. Salió el Plan Procreauto y se entusiasmó. Pensó que era la oportunidad de tener un cero kilómetro, con el crédito que le otorgarían más lo que tenía en su cuenta. Empezó a averiguar y las posibilidades eran buenas.

Estaba por iniciar el trámite cuando comenzaron los llamados del banco. Le reclamaban un descubierto de $700 y pico “porque había superado el límite de la cuenta corriente”. “Yo no tengo ningún descubierto ni ninguna cuenta corriente”, respondía sorprendido y preocupado. Los llamados se repetían no una, sino cuatro veces al día. Encima parecía que lo gastaban porque le pedían ratificar su domicilio y a la media hora otro operario le hacía la misma pregunta. “¡¿Pero es que ustedes no anotan lo que les digo?¿O creen que cada media hora me cambio de casa¡?”, decía ya sin tanta paciencia este buen hombre.

La situación se agravó. Es que cada día –excepto los que jugaba la Selección– el celular sonaba con insistencia y como para sumar más bronca la identificación de quien llamaba era “número privado”. A todo esto ¿por qué los bancos no se identifican como todo el mundo cuando quieren contactarse con alguien?

Lo cierto es que al señor de esta historia cada conversación con los representantes del banco lo alteraba un poquito más a la par de que el descubierto crecía por los intereses. Intereses desmesurados, usurarios y buitres.

En 10 días, los $700 y pico se transformaron en el doble. El hombre se decidió a ir al banco. ¿Cuál? Uno de esos tantos del microcentro mendocino, al que no conviene nombrar. A ver si este pobre desgraciado, víctima de este sistema perverso, encima tiene que afrontar un juicio.

Ya en la entidad crediticia el trato fue mucho mejor que el de los que llamaban por teléfono. Lo atendieron bien, muy bien. Durante dos horas investigaron el historial de su cuenta, sorprendidos también los empleados por lo mucho que había crecido. “Vuelva en una semana”, le dijeron. Siete después allí fue nuestro amigo. Lo recibió el contador, un hombre de camisa muy pero muy blanca y de pelo canoso, sorprendentemente parecido al juez Thomas Griesa. El funcionario tenía preparado un informe en el que aparecían operaciones hechas a través de la tarjeta de débito cuyos montos habían ido a parar a esa cuenta corriente cuyo poseedor no sabía que la poseía. Tres compras en supermercados, una carga de nafta y una compensación (vaya a saber qué será eso) realizadas entre 2008 y 2011, sumaban $357,13. En tres años, ¡en tres años!, por los intereses, esa suma llegó a $14.449,55.

El bancario estaba tanto o más asombrado que el deudor y hasta lo consoló diciéndole que “usted ha sido víctima del sistema, que genera intereses realmente usureros, pero ha quedado entrampado por no revisar los resúmenes que llegaban a su casa”. Es verdad; el cincuentón nunca miró esos resúmenes y nunca supo que tenía una cuenta corriente y menos aún un descubierto. ¿Por qué el banco no le avisó antes? Porque el “sistema” sólo avisa cuando se supera el descubierto.

Más que enojado, caliente y con todo el dolor del alma, el personaje de esta historia real canceló la cuenta con sus ahorros. Por un momento pensó en emular al personaje de Héctor Alterio en Caballos salvajes y comprar un revólver para ir al banco a exigir que le recibieran la deuda de $357,13 más intereses razonables, pero enseguida desistió porque eso sólo pasa en las películas y aquí, por más buenas y justificadas intenciones que hubiese esgrimido, terminaría preso o muerto.

Lo mejor que hizo fue pagar. Pero mucho mejor aún fue que no bajó los brazos ni se rindió ante esto tan parecido al accionar de los fondos buitre. Es que no todo es a favor del sistema. Hoy está Defensa del Consumidor. Y allí fue, para empezar a defender lo suyo. Eso sí, nunca más lo llamaron del “número privado” para decirle “gracias señor, no debe nada”.