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Mal que les pese a las autoridades de las cámaras empresarias y de comercio de Mendoza, comprar ropa y calzado en la megaferia La Salada de Cuyo, en Santa Rosa, significa pagar menos de la mitad de lo que se debería desembolsar para adquirir la misma mercadería, de similar calidad, en locales comerciales ubicados en la zona de influencia de los mercados persa de la ciudad. También se consiguen artículos de electrónica, de bazar y de limpieza, productos alimenticios y hasta muebles a precios notablemente bajos.
La persistente llovizna de este sábado no amilanó a los miles de compradores que todos los fines de semana llegan hasta el kilómetro 962 de la Ruta Nacional 7, donde nace la calle Los Plumeros, en Santa Rosa. En un predio de 58 hectáreas ubicado a un costado del Parque Industrial, se levantan las carpas del Megapolo La Salada de Cuyo, el pomposo nombre del emprendimiento que comanda el porteño Jorge Castillo, CEO de La Salada “original”, que atiende sólo los sábados de 5 a 17. Remeras, pantalones, ropa deportiva y de niños, zapatos, carteras y decenas de artículos más se ofrecen generosos sobre los mesones, a precios casi imposibles de conseguir en el comercio tradicional. El regateo es constante, aunque la actitud de los comerciantes varía con el correr de las horas, pasando de la inflexibilidad total al comienzo de la mañana a acceder a pequeños descuentos hacia el mediodía y un aire de “liquidación” a partir de las 15, cuando la mayoría de los feriantes comienzan a embolsar la mercadería para abandonar el lugar hasta el fin de semana siguiente. “¡Dale, que quemo todo! ¡Te dejo los 2 por el precio de 1!”, gritaba un hombre cuarentón blandiendo en el aire como si fueran banderas dos pantalones de jean. Cada prenda costaba hasta hacía apenas dos minutos $120. Sin factura Decir que los feriantes de La Salada de Cuyo no entregan factura por sus operaciones de venta es una verdad de Perogrullo. Como mucho se puede obtener un papel con la suma de los artículos comprados que atestigüe cuánto se gastó, pero no más que eso. Es justamente esta informalidad –y la consecuente evasión de impuestos– lo que molesta sobremanera a instituciones como la Federación Económica de Mendoza o la Unión Comercial e Industrial de Mendoza. Las mismas vienen advirtiendo la situación desde que el emprendimiento de Castillo desembarcó en la provincia. Tres pasillos, un patio Cuando estén terminadas las obras, el Megapolo contará con tres naves de 144 metros de largo por 44 metros de ancho. Allí funcionarán los puestos de venta, más un espacio donde estarán los baños, las duchas y un sector de cambiadores. Pero mientras tanto, la megaferia se organiza en tres hileras de unos 100 metros de largo en paralelo con la ruta 7, de las cuales la mitad queda bajo el cobijo de unas carpas que parecen de circo y el resto a la intemperie. Sobre el final, como haciendo una especie de L sobre la calle Los Plumeros, asoma el patio de comidas. Allí se puede comer comida rápida (hamburguesas, panchos, lomos, choripanes, pizza y empanadas) y otras más elaboradas (carne a la olla, pollo asado, etcétera). A esto se suma una buena oferta de alimentos típicos de Bolivia, como el api: una bebida caliente elaborada a base de granos de maíz morado, muy dulce que se bebe como un té; o las sopas peruanas que levantan hasta a un muerto. Vigente La polémica. El desembarco de la megaferia en Mendoza activó fuertes reclamos del sector comercial mendocino que compra y vende en blanco. $150 en nafta hay que cargar para ir y volver a La Salada de Cuyo en Santa Rosa. Si el vehículo funciona con GNC, ese importe se reduce a la mitad.



