Cuando salió de la secundaria, en su General Alvear natal, Marisa Peiró nunca se imaginó lo que viviría con apenas 18 años.

La mendocina que recibió y atendió al primer herido de la guerra de Malvinas

Por UNO

Cuando salió de la secundaria, en su General Alvear natal, Marisa Peiró nunca se imaginó lo que viviría con apenas 18 años. Corría el año 1980 y ella decidió alistarse en el Ejército. Su intención era estudiar medicina, pero por algunas circunstancias de la vida se anotó en enfermería. Por fin, ingresó a las Fuerzas Armadas, y fue seleccionada entre 1.600 jóvenes para integrar el hospital naval de la base General Belgrano, en Bahía Blanca. Con orgullo, cuenta que obtuvo el primer promedio nacional. En 1982, mientras se encontraba estudiando, estalló el conflicto bélico en las islas Malvinas, y el Hospital Naval fue la base de operaciones de la recepción de heridos. Los tiempos de aquella experiencia, la adrenalina de salvar vidas, la tensión de no saber en qué momento la guerra se extendía más allá de las islas les cambiaron la vida a Marisa y al resto de sus compañeras. Hoy, aunque le cuesta, puede contarlo. De todas maneras, la emoción le cierra la garganta y los recuerdos le calan los huesos. Por más que ha entrenado a su memoria para que no le devuelva demasiado seguido viejas y terribles fotos, aún no puede lograrlo del todo.Su trabajo, como el de muchas mujeres que no sólo suturaban, curaban, limpiaban, sino que enjugaban las lágrimas de los soldados, no ha sido reconocido. Hoy Marisa vive en Canadá, con sus tres hijos y un nieto en camino. Pero no sin sentir una honda nostalgia por el país que dejó atrás, y siempre deseando volver. -¿Recordás tus comienzos como enfermera?-Tuve la suerte de ingresar entre las postulantes de Mendoza para el Hospital Naval. Saqué el primer promedio de todo el país. Era 1980, tenía 18 años recién cumplidos. -¿Había otras mujeres en ese momento en la Marina?-No, fuimos las primeras, como curso piloto. Éramos conejillos de indias. Si no funcionábamos nosotras no iban a haber mujeres en la Armada. -¿Cómo les llegaron las noticias de la guerra?-En 1982 se empieza a hablar de guerra. Yo estaba estudiando, con mis compañeras no entendíamos nada. -¿El anuncio fue repentino como para el resto de los argentinos?- Fue de un saque, de un día para el otro. De estos días lo que tengo son vagos recuerdos, visiones, dolores. Cada vez bajaban más los requisitos para reclutar enfermeras. Pedían el secundario, y después ya ni eso. Incluso ingresaron chicas de 15 años. -¿Cuántas quedaron de tu grupo? -Cuarenta y cinco y 20 de mi grupo entramos en el conflicto. Trabajábamos en la Base Naval Puerto Belgrano, donde embarcaron los soldados. Allí vimos por última vez a muchos de nuestros compañeros que nunca volvieron. -¿Cómo fueron esos días del comienzo de la guerra?-Nos quedamos en la base. Traían a los heridos a la hora que fuera y nos levantaban. Recuerdo haber recibido al cabo Ernesto Urbina, que fue el primer herido de guerra. Yo lo atendí. Después de muchos años nos encontramos por las redes sociales y nos vimos, fue muy emocionante. -¿Cuál era la tarea de las enfermeras?-Todas. Fuimos las mamás, las novias, las amigas, las hermanas de los soldados, ¡Éramos unas niñas que no sabíamos que hacer! Los afeitábamos, los bañábamos, resistíamos los olores, sabíamos reconocer el olor de los quemados. No podíamos respirar. -Es una experiencia muy fuerte para una niña de 18 años-Claro. Yo ahora no tengo miedo a nada. Tengo tanta fuerza que aprendí lo que no hace un médico, que no sutura heridas, ni limpia la piel infectada. Las enfermeras sí lo hacíamos. -¿Cuánto tiempo pasaron así?-Los 70 días de conflicto y los 33 de batalla. Morían todos los días chicos de nuestras edades. Tengo una compañera que estaba de novia con un soldado que también era nuestro compañero. Él murió en la guerra, y ella nunca le pudo contar que estaba embarazada. Ese hijo tiene hoy 35 años y con el resto de las enfermeras lo fuimos hace poco a conocer. -¿Qué pasó después, Marisa?-Cuando terminó, todo fue doloroso y traumático, Muchas de nuestras compañeras no pudieron seguir trabajando. -Particularmente vos, ¿cómo seguiste?-Me dieron el pase al Hospital Naval, tuvimos que hacer rehabilitación con los pacientes amputados. Me acuerdo y me angustio. Lo hicimos de corazón con el grupo de compañeras.-¿Si pudieras elegir, volverías a pasar por todo esto?-Si me encontrara en una situación como aquella, lo volvería a hacer. Nadie que no lo haya vivido puede explicar lo que a una le ocurre cuando se da cuenta de que puede salvar una vida. Lo que se siente es una gran adrenalina.-¿Qué pasaba cuando no podían salvarlos? -Muchas veces debíamos mandarlos en un cajón envueltos en una Bandera y viva la Patria. Eso hacíamos. -¿Qué pensaban ustedes sobre la declaración de la guerra?-No sabíamos nada. Sólo que las islas eran nuestras, y en los años en los que se trató de recuperarlas no se pudo. Hoy pienso que la Argentina no estaba preparada para una guerra, no teníamos armamentos, nada. Nuestros armamentos eran de la Segunda Guerra Mundial. Era imposible encarar un conflicto bélico con una potencia como el Reino Unido y pretender triunfar. -¿Cómo fue que llegaste a Canadá?-En 1985 dejé todo para casarme. Mi novio no quería que siguiera en la carrera militar por todo lo que había pasado. Trabajé en distintos lugares: en Mendoza, Salta y La Pampa, donde nacieron mis hijos gemelos; Franco y Facundo, que hoy tienen 28 años. Antes había tenido una nena, Camila, que hoy tiene 29 y está esperando un bebé. En esos años, cuando mis hijos eran chicos, mi marido se vino a conocer Canadá. Me quedé sola con los niños tres años. Yo me fui por mi marido, pero él se volvió a Argentina. Nos separamos y yo me quedé en Canadá con mis hijos. -¿Volverías a vivir a Argentina?-No sé si a vivir, porque mis hijos tienen su vida acá. Pero extraño mi pueblo y quiero volver. Para eso me serviría tener un reconocimiento monetario por mi labor en Malvinas. Para poder ir y volver a mi país. Al igual que al resto de mis compañeras, nos hace falta ese reconocimiento. Mis hermanos viven en General Alvear. Está la casa de mi madre allá, muchas veces extraño todo eso. -¿Quedaste con algún trauma psicológico después de vivir esta experiencia siendo casi una niña?-Trato de no pensarlas. No quedé con traumas, para nada, pero sí mis compañeras. Yo me hice fuerte, no me gusta mucho recordar. Por ahí sí algunos sonidos, como los de una sirena, me generan angustia.

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