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Hay una historia real y otra fantástica, pero ya casi nadie sabe cuál es cual. Es posible que la vida de Otilio Enrique Sayal haya sido el transcurrir de ambas a la vez o de una tercera, que sólo él conoció y que se llevó a la tumba en 2011, cuando ya había finalizado la cosecha.
“Entonces el Otilio agarró y se acostó en el suelo. Él solito puso sus manitos así (los brazos extendidos a los costados y las manos pegadas al cuerpo), como para no dar trabajo y que nadie tuviera problemas. Volví a llamar al doctor y le pedí que mandara una ambulancia o que viniera. Cuando regresé al lado del Otilio, ya se había cortado y al ratito se murió. Quedó acostadito así, como si hubiera pensado en el momento en que lo tuvieran que poner en el cajón”.
María habla de Otilio, el hombre del árbol, como si hubiera existido hace mucho en El Divisadero, San Martín.
Ahí están la escuela, una capilla y el centro de salud. La escuela por la mañana es la primaria Tupac Amaru y a la tarde es la secundaria 4-248. “La matrícula varía, porque muchos alumnos son hijos de trabajadores temporarios”, dice Mariángeles Yordana, profesora de Lengua, que con sus alumnos de segundo año hicieron un video hace tiempo para conservar la historia de este hombre, mitad cuerdo y mitad loco.
Los Sayal eran parte de las cuadrillas de obreros golondrina que llegaron en 1954. Padre, madre y 7 hijos que venían de Laboulaye. Eran de Santa Fe, pero en algún campo cordobés se asentaron y nacieron varios hijos.Los vecinos de El Divisadero dicen que Julio Sayal, el padre, había tenido una severa discusión por dinero en Laboulaye y que derivó en un duelo a cuchillo en el que Sayal mató a su rival, fue preso y pagó con varios años de cárcel. Graciela Sayal (43), sobrina de Otilio, dice que “hubo una disputa por las tierras donde vivían y mi familia se tuvo que ir, pero nunca se dijo que mi abuelo Julio hubiera matado”.
Otilio era un joven trabajador, pulcro. “Se vestía muy bien. Era muy buen bailarín y las muchachas se peleaban por él”, dice Olga Álvarez (63). Ella es enfermera. Llegó al Divisadero hace 25 años para atender en el Centro de Salud 167. “A pesar de que yo conocí a Otilio cuando ya vivía en el árbol, no recuerdo que haya olido mal. Era muy limpiecito y andaba siempre con el pelito bien cortado y peinado”. Dicen que era un lector compulsivo y que tenía novia.
Cierto día Julio Sayal debió ser internado en el hospital de San Martín por alguna afección. Otilio fue a ver a su padre, en moto. Al regresar, ya de noche, chocó contra un árbol. Después, el relato varía, según quién lo cuente.Graciela dice que regresó malherido a su casa y “estuvo unos días sin querer hacerse atender y una mañana se fue, solo, y sin que nadie supiera adónde”. María, la vecina que lo vio morir años después, apenas cree recordar “algo de un accidente” y prefiere sostener la versión que cuenta la mayoría de los habitantes de El Divisadero: “Se trastornó y se fue porque un hermano le quemó todos los papeles, todos los libros que tenía, que eran de magia negra en su mayoría”. Curiosamente, la mujer dice que sólo recuerda haber visto que Otilio había acumulado gran cantidad de ejemplares de Selecciones, de Reader’s Digest.
La ausencia de Otilio duró unos tres o cuatro años hasta que un buen día regresó solo, rapado y enfermo psíquicamente. “Le había agarrado como una locura”, cuenta Olga.
Los Sayal habían abandonado la zona y no había ni familia ni casa para vivir. Y fue ese el momento en que Otilio eligió uno de los dos enormes eucaliptus que están frente a la escuela, construyó una especie de plataforma a seis metros de altura donde el tronco se abre en robustas ramas, y ése fue su refugio. “Se subía al ocalito (sic) como nada. Es muy alto y nadie se puede trepar, ni los chicos de la escuela, pero él subía como si nada. Vivía ahí”, expresa Olga.
Graciela recuerda haber ido de chica a visitarlo. “Le llevábamos libros y revistas, porque lo que más le gustaba era leer. Era muy bueno en matemática y me explicaba cosas, haciendo cuentas en la tierra con un palito”.“Se había enamorado de una maestra y desde ahí arriba la miraba cuando ella llegaba y cuando se iba”, dicen los vecinos, pero no recuerdan el nombre de esa mujer.
Otilio rondaba las casas de los vecinos en busca de algo de comida. “No podía trabajar. A veces le pedían que hiciera algún trabajito, pero él comenzaba y después lo abandonaba. Empezaba a hacer gestos y a decir cosas y se perdía”, cuenta Olga.
Solía aparecer en cuclillas, en el patio de alguna casa. Y esperaba. “Siempre le dábamos algo. Nunca quería entrar. Conmigo conversaba bien, pero cuando aparecía alguien más, se ponía tonto y empezaba a decir cosas que no se entendían, a mirar hacia arriba y a hacer señas”, dice la enfermera.
Nunca lo vieron bebiendo y menos, borracho, “pero sí fumaba mucho. Lo primero que me decía siempre era: ‘¿Tenés un cigarrito?’”, dice Olga. “Tenía lepoc (por EPOC) porque… ¡había fumado tanto!”, cuenta María.Dicen que Otilio “sabía qué yuyos tenía que usar para sanarse. Sabía mucho de esas plantas. Además, sabía lavar su ropa sin jabón. Usaba ceniza. Sabía mucho de esas cosas”, recuerda la enfermera. También cuenta: “No quería saber nada con los médicos ni menos de ir a un hospital. Una vez se pinchó un ojito con la rama de un chañar. Finalmente, perdió la visión en ese ojito y después usaba unos anteojos de sol muy oscuros con un solo cristal, que le tapaba el ojo malo”.
Verónica Vega es la celadora de la escuela sin nombre. “Otilio se venía cuando se daba cuenta de que estábamos por hornear el pan o hacer un chivito al horno. Me ayudaba a juntar leña y a hacer el fuego, y se quedaba al costadito, esperando que estuviera listo. ¡Siempre se agarraba los huesos más carnudos! A veces nos juntábamos a tomar mate y él se acercaba. Le gustaba mucho el mate, pero no tomaba con nosotros. Esperaba y cuando veía que ya habíamos terminado, preguntaba: ‘¿Ya está?’, y se empezaba a cebar y a tomar solo, hasta que se terminaba el agua de la tetera”.
Raúl, el marido de la portera, ha guardado otros recuerdos. “Por ahí venía conversando bien y después se ponía a hablar con los pájaros, hacía como que lloraba como un bebé. Para mí, se habría curado si lo hubiéramos velado vivo. Pero nadie se animó”.
Otilio vivió en ese árbol unos 8 años. “Los perros comenzaban a aullar cuando lo sentían venir. Por las noches, cuando escuchábamos que los perros lloraban, decíamos: ‘¡Ahí viene el Otilio!’. No sé, ¡la gente cree tantas cosas acá!”, recuerda Olga.
Un día abandonó su árbol. Quizás haya sido por la vejez. Se armó una tapera con ramas y latas, al norte de la finca Yánez. “Lo empezamos a ver más flaco, más cansado, tosía mucho a veces”, dice la enfermera.
María cuenta que “un día apareció en el patio de casa, como siempre, y no lo vi bien. Le dije: ‘¿Qué le pasa Otilio?’. Y él me contestó: ‘Nada, Mari, estoy bien…’, pero ya estaba malito. ¡Ay, qué pena tan grande! Le tiré un colchoncito dentro de una Estanciera desarmada que teníamos y me fui a buscar al médico de Tres Porteñas. Me llevó mi marido en el tractor. Le pedí al doctor que viniera. Pero no vino. Llamé a la policía, pero tampoco vino nadie.
“Cuando volví a la casa, el Otilio se sentaba en el colchón, como para respirar mejor, y se volvía a acostar. ‘No me pasa nada’, decía. Pero me parece que él sabía. Las personas sabemos cuándo nos vamos a perecer”.
“Entonces, en un momento, el Otilio agarró y se acostó en el suelo. Él solito puso sus manitos así, como para no dar trabajo y que nadie tuviera problemas. Yo volví a llamar al doctor y le pedí que mandara una ambulancia o que viniera. Cuando regresé al lado del Otilio, ya se había cortado y al ratito se murió. Quedó acostadito así, bien acomodadito, como si hubiera pensado en el momento en que lo tuvieran que poner en el cajón”.
La policía que no llegó antes, llegó. Un muerto en un patio es más importante que un loco moribundo.
La cochería Crocce, pagada por el servicio social de la comuna de San Martín, trasladó el cuerpo hasta el cementerio de Palmira.
“No viene nadie, creo. La verdad, no me he fijado”, dice Julio, el sepulturero, que tarda 40 minutos en ubicar la sepultura 63, cuadro 16, sector Z, del cementerio de Palmira donde Otilio calla su secreto desde el 27 de abril de 2011.



