El bajo consumo de combustible hizo que la moto sea uno de los medios de transporte más utilizados en Mendoza. El Estado no tiene la capacidad de controlar este universo rodante, que se agigantó en los últimos años sin pausa.

Hay motos tan peligrosas como las que se usan para robar o matar

Por UNO

Por José Luis [email protected]

@jlverderico

Otra vez ponen la lupa sobre las motos, como hace algunos años. Me parece bien. Pero siempre y cuando hagan las cosas en serio.

Porque es cierto que las motos se han vuelto el medio de desplazamiento más rápido para la delincuencia, pero también es real y comprobable que es uno de los medios de transporte más económicos y más fáciles de estacionar, en esta Mendoza donde los precios de los combustibles aumentan sin pausa y el tránsito es un caos durante gran parte de la semana.

Un ejemplo que puede servir de referencia: años atrás, la callecita que separa la Escuela de Bellas Artes y el costado norte del Palacio Judicial estaba desierta y era únicamente peatonal; hoy, es una improvisada playa de estacionamiento de motos de empleados y funcionarios que se hartaron de tomar colectivos atestados a las 6.30 de la mañana, de ida, y a las 13.30, al regresar, o de ir en auto –por lo que gasta– y tener que dejarlo a merced de los delincuentes, estacionado por ahí.

Hasta los primeros meses de 2013 en Mendoza se vendieron motos como pan caliente y eso se nota en las calles: hay improvisados, imprudentes, desaprensivos y conductores correctos.

Hay quienes suben a la moto a dos y hasta a tres personas más, poniendo en riesgo la vidas de todos, incluso la propia.

Hay quienes se unieron a la moda de comprarse una moto y hasta se la prestan a sus hijos de no más de 8 o 9 años (hay fotos que documentan esta afirmación), que se pasean muy orondos a plena luz del día acelerando a todo lo que da y sin casco, y mucho menos habilidades ni edad reglamentaria para conducir ese motovehículo. Caso parecido al de los cuatriciclos, tanto o más peligrosos.

¿Y los controles? Bien, gracias.

La misma impunidad reina con esas motos, en su mayoría de baja cilindrada, que circulan sin chapa patente o sus conductores y acompañantes sin casco protector colocado en la cabeza y ajustado como Dios manda. O sin luces, lo que obliga a adivinar, especialmente de noche, la maniobra que el conductor quiso hacer.

Ando en moto y la Policía me ha parado varias veces y sin chistar he tenido que exhibir la licencia, el seguro, la tarjeta verde y hasta hacer demostraciones de que las luces estaban en perfectas condiciones de funcionamiento.

No me molesta ser controlado, pero cuando veo que nadie verifica ni pone freno a las motos que viajan a oscuras o aquellas guiadas por niños que no miden más de 1,30 metros me siento carne de algún vivillo y me pregunto qué tiene mi moto de diferente de las otras a tal punto de que sí pasa por el control policial.

Sabido es que un vehículo sin luces puede desatar una tragedia, especialmente durante la noche. Sin embargo, son muchísimos los que siguen su marcha a pesar de las flojas condiciones técnicas, y no me refiero a modelos, formas ni colores, sino a condiciones técnicas de circulación.

Ahora vuelven a poner la lupa sobre las motos, que gastan menos combustible y preservan el medio ambiente. Las mismas que inundan las calles por cuestiones ventajosas antes enumeradas.

No me opongo a los controles, siempre y cuando sean serios, para todos y para todas.