Fayad, en la historia de Mendoza, más allá de “su” Ciudad

Por UNO

Por José Luis Verderico [email protected]

@jlverderico

Víctor Fayad pateó el tablero siempre, como pocos. Cuando le cambió el sentido de marcha a la calle Morón para descomprimir el tránsito, cuando enrejó plazas para que dejaran de ser blanco de los delincuentes, cuando hizo la primera calle peatonal de Mendoza y hasta cuando se animó a multar a manifestantes que cortaban el flujo vehicular en el centro. El Viti, siempre. El mismo que siempre nos daba un título a los periodistas, a los editores de fotografías y a los cronistas.

Si habla el Viti seguro que hay título, así que vamos es la consigna que durante años se escuchó en las redacciones. Y el Viti no fallaba.

Ni cuando esgrimía esa verba filosa e implacable de siempre para “atender” a la oposición. Y mucho menos cuando tuvo su época de enfrentamiento a cara de perro con Julio Cobos, Alfredo Cornejo y su sucesor y discípulo Roberto Iglesias.

Le gustaba patear el tablero para avanzar, para salir de ese letargo en el que tantas veces caemos los mendocinos, en especial los que pueblan las clases dirigentes.

Como cuando instaló cámaras para controlar desde su despacho al personal municipal e incluso cuando se animó, allá por 1995, a aliarse con el Pilo Bordón para concretar el sueño –ya pendiente para siempre– de ser gobernador de Mendoza.

Transgresor, decidido, animal político, Fayad rompió el molde de la clase política local hasta para plantarse frente a las cámaras y los micrófonos para decir públicamente que tenía cáncer, sin titubeos ni entresijos. Y hasta para ir despidiéndose de a poco cuando dijo que no se estaba recuperando como esperaba.

Fuerte también para reclamar agilidad y decisión para gestionar y ejecutar porque el tren pasa y muchas veces no vuelve, como cuando en marzo de 2013, durante una entrevista, tras su operación pulmonar, dijo que el proyecto Potasio Río Colorado había fracasado porque la dirigencia tardó añares en decidir que comenzara de una vez por todas y de pronto el negocio ya no era tal.

Le gustaba la acción y renegaba de los tibios. Era implacable. Pícaro.

Vivió intensamente. Lo suficiente para quedar en la historia de Mendoza, más allá de “su” Ciudad.