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El taller de calzado funciona en el amplio fondo de una humilde casa de Las Heras, justo al lado de un tupido vivero. Cualquiera que pase por allí nunca se percataría de que en ese domicilio se gesta en silencio la solidaridad. Esa es la base de operaciones de una ONG que ayuda a más de 30 pacientes oncológicos – mujeres en su mayoría– y otros tantos con VIH. Son ellos quienes fabrican calzado para una importante zapatería céntrica y usan las ganancias para pagar los costosos tratamientos. Ahora, buscando diversificarse, se nutren de las ventas del vivero y hasta se capacitan para reciclar botellas de plástico y fabricar escobas y cepillos cuya durabilidad duplica la de los productos del mercado.
“Al principio éramos un grupo de vecinas del barrio Molinero Tejeda, entre las cuales varias tenían cáncer de mama y por eso no podían trabajar; además se sentían un peso para sus familias porque tenían que pagar los tratamientos. Con ellas decidimos no esperar a que el Estado nos ayudara, y empezamos reciclando retazos de jeans y otras telas para hacer alpargatas y chinelas. Por el boca a boca se empezaron a sumar más y hoy somos unos 40 que trabajamos asociativamente capacitados por el zapatero Carlos Pérez, quien nos va guiando”, cuenta Mónica Zárate, la presidenta de esta ONG, que hoy padece los mismos embates que sus amigas, ya que le diagnosticaron un extraño tipo de cáncer, llamado histiocitosis X. En los 4 años que tienen de historia, la mayoría de los integrantes de la Asociación Integral Molinero Tejeda ya atravesó una quimioterapia, sufrió alguna amputación y hasta perdió a algún compañero en el camino, pero cuando se les pregunta por su emprendimiento desbordan ilusión, como si en ese pequeño salón atiborrado de máquinas de coser, restos de cuero y de suelas, se concentrase la mayor cuota de esperanza de vida. “Es increíble la dedicación y perfeccionamiento que ponen en cada par de calzados. Para que te des una idea, un amigo mío que vio un calzado de mujer de cuero se lo llevó a Estados Unidos y allí pasaron los exigentes controles de calidad. Lo mismo con los controles nacionales. Eso se entiende porque ellos acá se sienten más que útiles, ven que ese esfuerzo se materializa y aportan a los ingresos de sus familias”, dice el zapatero Pérez, un maestro del trabajo con el cuero que hace años descubrió una talabartería que había cerrado y trabajaba cuero de chivo, les compró el material y lo sumó a la ONG, por lo que hoy son los únicos en el país que emplean ese cuero de producción local. Tras varios intentos fallidos en los que presentaron proyectos para conseguir el apoyo estatal, esta asociación –con personería jurídica desde el 2011– consiguió en 2012 el dinero para adquirir una máquina para la fábrica de calzado que les permitiría producir unos 200 pares por día. “Nos faltan insumos, pensá que, por ejemplo, las hormas las tenemos que comprar en Buenos Aires y cuestan entre $150 y $180, y nosotros vendemos alpargatas de cuero en $250, así nos queda muy poco margen de ganancia. Necesitamos insumos, cuero y otra máquina troqueladora, que nos permitirían hacer otros siete proyectos distintos”, dice Mónica, y se ilusiona con fabricar juguetes de encastre, cinturones y hasta billeteras. Reciclar, la receta Prueba piloto que entusiasma. Mónica se capacitó en Mar del Plata en reciclaje de envases PET, y trajo a dos capacitadores que les enseñaron a fabricar escobas y cepillos de gran duración.



