Es hora de terminar con esta pesadilla, por Luciana, Rosarito, Micaela...

Por UNO

Por José Luis [email protected]

@jlverderico

Vive justo enfrente de mi casa. Juega con amiguitas y a veces, sola. La veo ir y venir. Caminando o corriendo. Siempre sonriente. Con los cabellos enrulados al viento y a veces tapándole los ojitos achinados. Aprendiendo a andar en bicicleta, discípula de su hermano, de otras niñas de la cuadra y de los amigos de su hermano. Durante el año va a la guardería y se muestra orgullosa de sus trabajitos. Habla, y bastante, sin tapujos ni miedos. Siempre feliz. A veces me saluda desde la vereda de su casa. Antes lo hacía alzando una manito. Hace unas semanas le agregó mi nombre: “Hola, José”. Tiene 3 años, la misma edad que Luciana Milagros Rodríguez, cuyo asesinato a golpes ha sido la noticia de los últimos días desde Mendoza y para todo el país.

Impacta saber que una niña de tan corta edad haya sido muerta por mayores que tenían la responsabilidad de protegerla y ayudarla a vivir y crecer. Pero duele mucho más cuando uno toma real dimensión de lo que son tres años de vida mirando a otro pequeño de 3 años, como a la niña que vive enfrente de mi casa.

Por formación e historial, uno tiene internalizado que los niños de 3 años deberían estar jugando siempre, como esa pequeña de cabellos enrulados a la que conozco desde antes de que naciera. Pero la realidad y el ejercicio de la profesión periodística nos han mostrado y demostrado, cual bofetón inesperado, que los niños también son víctimas potenciales y concretas de las mayores crueldades cometidas por quienes deberían, insisto, protegerlos y ayudarlos a crecer y vivir.

Estupor y profesiónEmpecé a trabajar en periodismo en 1993 gracias a la generosidad del recordado Pedro Carlos Requena, quien me abrió no sólo las puertas de la revista de TV por cable que editaba, sino también las de su familia. Eran épocas de idealización, de notas destinadas a todo tipo de público, escritas y diseñadas para agradar. Sólo una parte de la realidad.

Años después, ya en la redacción de UNO, sentí por primera vez el estupor recorriéndome el cuerpo cuando me enteré de que el pequeño Yoryi Godoy no había sido robado del estacionamiento de un súper, como denunciaba y lloraba su padre desde una semana antes, sino que había recibido una paliza mortal de parte de ese mismo padre, quien horas después lo enterró a varios kilómetros de la casa familiar, y con la madre como testigo que no evitó nada.

Créame que fueron días interminables pensando primero en la “desaparición” de Yoryi, y semanas y meses tremendos después pensando cómo y por qué esa pareja había terminado con la vida del pequeño, y encima engañando a la provincia toda.

Antes, Mendoza se había conmocionado con el hallazgo sin vida de Valeria Henríquez en el Valle de Uco a manos de la familia cuidadora, elegida por la Justicia para rescatarla del desamor y el descuido de sus parientes originales.

Y si miramos por el espejo retrovisor nos encontraremos con el crádruple filicidio de Chapanay.

El 1999 terminó con otra tragedia con nombre y apellido: Rosario Belén Amitrano. A punto de cumplir un año, recibió un golpe que le perforó los intestinos y la mató en pocas horas. La madre, presa, juzgada y liberada, y el padre, en fuga desde que la niña agonizaba en el Notti (hasta que lo detuvieron hace un año en Entre Ríos). Otra pesadilla. Otros nombres. El mismo dolor. La misma pregunta, también sin respuesta: ¿por qué? Tiago Videla, Andrea Ávalos y Micaela Reina, entre otros niños, también sucumbieron a la violencia intrafamiliar.

El cuadro de su situación que esta semana se reavivó por el crimen de Luciana también tiene su correlato a nivel nacional: Candela Rodríguez y Priscila Leguiza, entre otras.

Ahora que las redes sociales arden, es el momento justo para buscar solución a este problema sin solución: padres que matan a sus propios hijos. Para que esta locura termine de una vez por todas. Para que sigamos viendo a nuestros niños jugar, sonrientes y felices, como la pequeña de ojitos achinados de enfrente de mi casa.