Por Enrique [email protected]
Caminar sin prisa por el parque General San Martín en pleno otoño es una imagen idílica, tentadora, difícil de resistir, tanto para los mendocinos como para los visitantes. Andar por allí pisando hojas y lejos del ruido debería ser un paseo soñado. Nicholas Heyward (31) pensó eso seguramente, y no tendría que haberse equivocado.
Nick, como le decían su familia y sus amigos, había andado recorriendo el mundo los últimos 3 años y en la siesta del lunes 28 no había motivos para imaginar que ese paseo por el Parque significaría algún riesgo.
Había recorrido gran parte del continente durante ese tiempo. Incluso el año pasado se había afincado provisoriamente en México y realizado trabajo voluntario, enseñando inglés. Era fisioterapeuta, surfista y disfrutaba de la música, de la naturaleza y de conocer gente nueva y trabar amistad con cuantos se cruzaran en su camino.
Hace dos semanas, cuando llegó a la Argentina, decidió comenzar su recorrido por la Patagonia. Como la mayoría de los extranjeros imaginaba ese territorio como un lugar agreste, extremadamente lejano, misterioso.
Fue a Bariloche. Allí se alojó en uno de los tantos albergues para mochileros que hay en la ciudad. Recorrió senderos de montaña, costas de lagos, bosques y trabó amistad con un muchacho francés y una chica australiana que hacían lo mismo que él: conocer el mundo. Por eso decidieron coincidir en la gira argentina, al menos en la etapa siguiente.
El 26 de abril los tres llegaron a Mendoza y se alojaron en otro albergue, el hostel Itaka, en calle Arístides Villanueva. Como es casi siempre para estos turistas sin estructuras, no tenían un plan fijo. Estarían en la provincia lo suficiente como para visitar fincas, bodegas, montañas y caminar sin rumbo por allí, hasta que les dieran ganas de partir hacia un nuevo destino.
El lunes 28, después de almorzar, el trío decidió salir a caminar un rato. Les habían hablado del Parque, del Cerro de la Gloria, del teatro griego Frank Romero Day. Habían escuchado sobre la Fiesta de la Vendimia y no era mala idea ver el lugar en donde se hace todos los años la clásica celebración. Como todos los mochileros, no llevaron muchas cosas para el paseo: el pasaporte, las tarjetas de crédito, el dinero que tenían encima, la cámara fotográfica, una botellita con agua y algo de abrigo por si bajaba la temperatura. Más allá de la seguridad que ofrece cada albergue para guardar los objetos de valor, siempre es mejor tener esas cosas con uno. Y salieron a caminar.
Nick tenía tres hermanos. Él era el del medio. Todos nacieron en Nueva Zelanda pero vivieron también en Australia. Su madre murió en ese país en 1995, en un accidente automovilístico. Su padre, Ben, lo describió como un “ciudadano del mundo” por su pasión por viajar. “Era un buen hombre. Tenía un espíritu audaz. Le gustaba hablar con las personas, era un gran motivador y amaba a su familia y a sus amigos", contó a algún medio neozelandés.
Stefan, su hermano menor, lo definiría como su “ídolo, en el patio de casa y en nuestros viajes explorando el exterior, surfeando y viviendo la vida".
A las 15.30 del lunes Nick caminaba por la avenida Thays, en el Parque, sin imaginar que en un instante se transformaría en un recuerdo.
Al llegar a la calle Ruiz Leal, cerca del ingreso al Estadio provincial, los tres paseantes escucharon el ruido de una moto. No le dieron importancia.
Los siguientes 40 segundos no encajaron con ese pacífico paisaje otoñal. La moto paró junto a Nick. Dos muchachitos estaban en ella. El francés Pierre D'Amico, en un inglés fluido, los describió como jóvenes under twenty, menores de 20 años. La misma apreciación harían algunos otros paseantes que andaban por allí.
El que manejaba se quedó en la moto encendida, mientras el otro se abalanzó sobre Nick y tironeó de su mochila. Si Nick dejaba que se llevaran la mochila quizás hubiera sido un arrebato que no merecía ni un solo párrafo en los diarios del día siguiente. Pero Nick, después de miles de kilómetros recorridos lejos de su país, sabía que perder su pasaporte, sus tarjetas y las imágenes que guardaba en su cámara fotográfica significarían un trastorno enorme en su viaje. Y no soltó la mochila. Y el arrebatador le disparó, primero dos veces para vencerlo y después otras dos para rematarlo.
Y Nicholas Hugh Heyward murió tendido entre las hojas de una siesta otoñal mendocina mientras en su natal Nueva Zelanda era de madrugada.



